«Este país no puede ser normal solo en los mundiales de fútbol»

Almudena Grandes presenta la quinta y penúltima entrega de su ciclo sobre la memoria «Episodios de una guerra interminable»


redacción

Porfía Almudena Grandes (Madrid, 1960) en indagar en el pasado. Cree que queda mucho por hacer en un país desmemoriado como España, que hay, dice, que refundar. Lleva más de diez años embarcada en el ciclo Episodios de una guerra interminable. Un Premio Nacional de Narrativa y más de un millón de ejemplares vendidos después, el martes 4 de enero llegó a las librerías la quinta y penúltima entrega, «La madre de Frankenstein», que halla el motor del relato en un personaje real, la parricida gallega Aurora Rodríguez Carballeira, que en 1933 mató a su hija Hildegart de cuatro balazos, en medio de un arrebato paranoico aderezado con el credo eugenésico en que militaba.

-¿Qué fue lo que le sedujo del personaje de Aurora?

-Llevo treinta años dándole vueltas desde que cayó en mis manos el libro que reproduce su historia clínica analizada por un psiquiatra, Guillermo Rendueles Olmedo, que hizo la residencia en el manicomio de Ciempozuelos, donde estuvo encerrada Aurora. Aurora me interesa porque tenía todas las condiciones para convertirse en un modelo de la nueva mujer, muy inteligente, muy culta, autodidacta, rica y por tanto independiente, que no rehuyó la actividad pública, daba conferencias, escribía en los periódicos, fundaba sociedades... Habría tenido todas las papeletas para convertirse en una de esas mujeres que hacían falta en España en la época en que vivió. Y la enfermedad mental lo pervirtió todo, lo arruinó todo. 

-Y la convirtió en una criminal...

-Desde mi punto de vista no es una criminal, sino una enferma. Pero ha pasado a la posteridad como una criminal. Me fascina que incluso estando en el manicomio -y en la cárcel de Ventas antes- ella supiera más que los médicos que la trataban. Cuando decía que la natalidad se podía controlar por medio de la vasectomía, los médicos se reían porque no sabían lo que era. Cuando afirmaba que las mujeres se pierden por el sexo porque tienen una sexualidad mucho más poderosa e intensa que la de los hombres, en los años 40 eso resultaba un chiste. Ella sabía más de psiquiatría que los médicos que la trataban. La soledad de Aurora arrumbada en Ciempozuelos, el hecho de que cuando la República pierde la guerra se olvidaran de ella, años enteros sin anotaciones en su historial clínico, eso me cautivó. El hecho de que su historia clínica se contara en cinco líneas me impresionó un montón.

-Y están esos muñecos...

-La creación de los muñecos y su destrucción son acontecimientos reales. Ella crea los muñecos en su delirio de reformadora social, algo que parece que no es tan raro entre los paranoicos. Había venido al mundo a reformar a la humanidad, a redimirla, y por eso tuvo a Hildegart, para que fuera la primera nueva mujer y guiara a la humanidad en su destino. Cuando la mata, la meten en la cárcel y la llevan después al manicomio, ya no tiene oportunidad de crear otro redentor. Deriva entonces hacia la demencia y comienza a hacer unos muñecos de trapo grandes con un pene enorme. Estaba convencida de que se equivocó con Hildegart porque era mujer. Su próximo redentor sería un hombre. La encarnación de Frankenstein, sin tornillos. Ella se pasaba las horas muertas mirando los muñecos para transmitirles sus conocimientos, para darles alma, para llevarlos a la vida con su fuerza mental. Después llegarán el jardinero y unos celadores y se los destrozan, porque veían en ellos algo maligno. Y ahí se viene abajo. Aunque comprendo que cometió un crimen odioso y que debería repugnarme, me fascinó tanto la madre de Frankenstein que no consigo odiarla.

-¿La obsesión de la eugenesia tenía que ver con su enfermedad mental?

-No. Hoy nos parecería que sí, porque la eugenesia parece un delirio. Pero en aquella época era una teoría muy moderna. Había eugenistas de izquierdas y eugenistas de derechas. Aurora y Hildegart eran eugenistas de izquierdas. Están conectadas con los intentos de crear una nueva sociedad. Charles Fourier y los falansterios, el progreso de la humanidad, vivir de otra manera, en otras comunidades, seleccionar la raza, conseguir una humanidad sin enfermedades, sin personas débiles, donde todos los niños nazcan sanos… Eso forma parte del delirio progresista de la eugenesia. Para Aurora era un delirio, para muchos científicos y pensadores era una ideología, y muy peligrosa como demostró Auschwitz. El paraguas del bienestar de la humanidad es tan grande, un objetivo tan estupendo, que tapa cualquier cosa.

-¿Aurora llegó tan lejos?

-Aurora se creía con derecho a exigir al Estado que eliminara a los deficientes, con derecho a decidir quién tenía que vivir y quién tenía que morir, quién se podía reproducir y quién no. Si te arrogas el derecho a decidir sobre la vida de los demás, qué no serás capaz de hacer. Te has colocado en un pedestal por encima de la moral convencional. Es una ideología criminal y tuvo que ver en la actitud de Aurora, en esa naturalidad con la que asesina a su hija y se entrega. Es un aspecto extraordinario del personaje. Yo lo he novelado porque Aurora y su abogado no fueron a ver a un psiquiatra para pedirle opinión, pero ese día Aurora mata a su hija, se ducha, se viste, se arregla, coge la pistola, la envuelve en un pañuelo, sale de su casa, va a ver a un amigo abogado y dice: esta es la pistola con la que acabo de matar a mi hija.

-¿Acepta que ha cometido un crimen?

-No. A ella no le parece que haya cometido un crimen. «No sé por qué te extraña, yo soy como un escultor, a Hildegart la creé yo, ella está en el mundo porque yo quise que existiera. Igual que un escultor hace un boceto que no le satisface y lo destruye a martillazos para empezar otra vez», razona. Suena a ficción, pero es verdad. En esta novela todo lo más inverosímil es real, y casi todo lo verosímil es ficción. Ella no comprende por qué no la entienden, por qué la detienen, por qué la juzgan. «Lo que he hecho yo es lo más natural del mundo», piensa.

-Eso es la enfermedad mental...

-Claro. Llega a decir que cuando su hija expira nota como un golpe en el pecho, cómo parte de su espíritu vuelve a ella. Y es que el espíritu de su hija se lo había dado ella. Aurora era paranoica. Las dos características básicas de la paranoia son el delirio de grandeza, que lo tenía en un grado máximo: el hecho de que quisiera reformar la sociedad ya te da la medida. Y el delirio persecutorio. Van asociados. Tú piensas que eres importantísimo, piensas que te persiguen porque eres importantísimo, y como te persiguen tanto eres aun más importante. Es la pescadilla que se muerde la cola. Se alimentan mutuamente.

-¿Y Hildegart?

-Hildegart, al parecer, era una superdotada, igual que su madre. Pero era una persona que no tenía trastornos de ninguna clase. A su madre le dice, «me voy a ir de casa, que me han invitado a unas conferencias en Gran Bretaña». Y la madre le contesta, «¿cuándo nos vamos?». «No, me voy a ir sola». Además, parece ser, la prensa de la época lo exageró mucho, Hildegart estaba tonteando con un diputado del Partido Federal. Mi impresión es que no llegó a ser un noviazgo formal. Aurora vio que su hija estaba dispuesta a irse sola a Inglaterra, y que estaba flirteando con un hombre. Ella, que veía enemigos por todas partes, se dijo que eran las potencias internacionales que la querían separar de su hija, que la querían prostituir y entonces tiene que matarla para salvarla. Eso tiene que ver con la paranoia.

-¿No aceptaba su emancipación?

-No podía aceptarla puesto que, según ella, era un proyecto que era parte de ella, de su propiedad. Entonces vienen en su ayuda los delirios que le convienen y la mata.

-Ha habido muchos acercamientos a Aurora, entre otros, de Fernando Fernán Gómez, que hizo una película; de Fernando Arrabal, que le dedicó una pieza teatral y una novela; y del escritor austríaco Erich Hackl, que también la noveló. ¿Con cuál se queda?

-A Hackl no lo he leído. Hasta ahora la gente que se acercado a esta historia lo ha hecho con la convicción de que la importante era la hija. Normalmente, la protagonista de estas historias es Hildegart, más que Aurora, y el tema es el crimen. En mi novela el crimen es como el pasado y la protagonista es Aurora. A mí me interesa mucho más Aurora que Hildegart. Yo abordo esto desde un punto de vista distinto. Tanto Fernán Gómez como Arrabal parecen convencidos de que Aurora se escapó del manicomio, y de que estuvo viviendo con un nombre falso por el mundo. Yo la voy a buscar a donde estaba arrumbada y donde murió. Ella llegó al manicomio el 24 de diciembre de 1935 y allí murió el día de los inocentes del 56.

-Ella tiene un papel fundamental en la novela, pero más que como su protagonista ejerce como una especie de demiurgo que pone en marcha un universo de personajes. Y ahí emergen los dos verdaderos protagonistas… y un tercero, la psiquiatría.

-Con Aurora me pasó lo que con Clara Stauffer, en la anterior novela, que tenía que decir todo el rato que no era la protagonista. Sí, Aurora llama mucho la atención, pero los protagonistas son un psiquiatra y una auxiliar de clínica, las dos únicas personas del manicomio que tienen relación con Aurora. Ella es el vínculo entre ellos dos. Y también el vínculo de Germán Velázquez, el psiquiatra, con su padre y de Germán con el mundo del que viene. Germán logra exiliarse en el 39 un poco de carambola, se educa en Suiza, encuentra trabajo y en el 53 vuelve a España por una serie de circunstancias. Y descubre que vuelve a lo que cree que es su país pero no entiende nada de lo que pasa, aunque pertenece a esa ciudad, esa ciudad parece ignorarlo. Lo único que entiende inicialmente es a Aurora, un personaje de su pasado, que representa el mundo en que él se crio, el sueño republicano y lo que queda de él. La memoria que queda de ese mundo es una señora que está loca y toca el piano. Y que además al principio lo rechaza porque lo considera un enemigo.

-Y ahí está María.

-Germán solo consigue establecer contacto con Aurora a través de María Castejón. Es la otra narradora, porque en esta novela no hay narrador objetivo, sino tres narradores en primera persona: Germán, María y Aurora. María Castejón es una chica corriente y una chica excepcional a la vez. Es la nieta del jardinero del manicomio, ha nacido y vivido en un manicomio de mujeres, pero doña Aurora le enseñó a leer y escribir, la educó de una forma rara. Los protagonistas de la novela son María y Germán, aunque Aurora está entre ellos siempre, porque es el vínculo que hace posible que se conozcan. Para él, Aurora representa el mundo que ha perdido, y para María, la vida que ha perdido. Cuando era niña y entraba en la habitación de Aurora y había mapas y bolas del mundo, un piano y cosas extraordinarias, ella pensaba que el mundo era grandísimo y que iba a poder vivir en ese mundo. Pero de repente el mundo se encoge y se convierte en la fregona que le estaba destinada.

-Y está la psiquiatría…  

-La psiquiatría también, claro. La novela se desarrolla en un manicomio de mujeres, que es el margen del margen de la sociedad. Yo he querido contar la historia desde un lugar tan marginal, que creo que no hay otro más allá. Un manicomio que encierra mujeres y enfermas mentales, personas que no valen nada, que no cuentan para nadie. Pero ese microcosmos, en el que impera la moral nacionalcatólica, esa asfixia que hacía imposible respirar a la España de esa época, condensa y sintetiza la atmósfera del macrocosmos, que no es más sana. Cuando Germán llega de Suiza, el primer amigo que hace es otro psiquiatra que le cuenta cómo hay que vivir en España y le dice que son afortunados porque trabajan en un manicomio y no cambian de aires cuando salen de trabajar. España entera era un manicomio.

-Ese contraste entre dos seres puros, Germán y María, de algún modo, le sirve a usted para explicar la sociedad de aquella época. Alguien que se ha criado con una enferma mental y alguien que llega desde fuera, que se explican mutuamente lo que desconoce el otro.

-Germán llega a España desde Suiza en el 53. Su mirada es muy significativa, lo que sería una mirada de cualquiera de nosotros. Él viene de un país que es un Estado de derecho, democrático, con libertades, aunque es un país raro, pero similar al que él abandonó en España. Y no entiende nada. Esta novela habla de un terror distinto al terror físico que caracteriza los años cuarenta. Es el terror moral, un país donde la Iglesia y el Estado son la misma cosa, donde todos los pecados son delitos, más graves todavía por ser pecados. Y el Estado fiscaliza absolutamente la vida privada de la gente, hasta el punto de que hace muy difícil cosas que son elementales para que la gente sea feliz, como su relación con el cuerpo, que es un problema, y para las mujeres más.

-La sexualidad y el pecado.

-Llevar los brazos al aire en verano era pecaminoso, salir a la calle sin medias era pecaminoso, besar a tu pareja en público, incluso casados, era pecaminoso. Leer libros traducidos era sospechoso, y eso es algo de locura absoluta. Y como a una mujer se le ocurriera obedecer un impulso amoroso, lo más fácil es que acabara convertida en un desecho, que es lo que era María Castejón cuando la conoce Germán, una mujer marcada, una mujer arruinada para la que no hay vida posible más allá de la que los demás le quieran encomendar. Eso es terror. En el caso de María, ha tenido una vida muy distinta a la de él. Le impresiona que esté divorciado, es algo que le pone nerviosa. Representa para ella lo mismo que España para Germán, algo misterioso, incomprensible, el extranjero, otra forma de vivir.

-Le sorprende la naturalidad con que él habla de las cosas...

-Hay un momento que me gusta especialmente... Cuando escribí la primera pieza de Aurora, dice ella que el recién llegado, Germán, tienen que ser extranjero, no por la pinta sino por lo derecho que camina. En España ya nadie va derecho, ni con la cabeza levantada. Él va erguido. Y Aurora que está loca pero no es tonta, lo mira y dice: este no puede ser español.

-El ciclo novelesco que desarrolla... Premio Nacional de Narrativa, más de un millón de ejemplares vendidos, un monumento a la memoria reciente de España, ¿eso qué es?, ¿un acicate o una losa que ya va pesando demasiado?, ¿cuándo parar?

-Me queda solo una novela. Van a ser seis entregas. Las cosas hay que empezarlas y terminarlas. No pasa nada por terminar las cosas. Cuando un proyecto llega al final, se termina. Tengo una sensación agridulce. Me da mucha pena que me quede solo una novela porque yo he vivido muchos años muy feliz, doce años desde que empecé a escribir la serie, porque me había librado de la pregunta más terrible que se puede hacer un escritor, «qué voy hacer ahora». Siempre sabía lo que iba a hacer después. Me da pena desprenderme de esta comodidad. Por otro lado, estoy satisfecha porque cuando dije que iba a hacer una serie, a mi alrededor nadie se lo creía. Ni siquiera en mi editorial, me decían que no lo anunciase, que después me podía cansar, que iba a dejarlo y... Sabía que no me iba a cansar porque para mí la obra son las seis novelas. Porque además 25 años dan mucho de sí. Es un período muy largo, las novelas no se parecen, la historia de este país fue cambiando, no tanto como en los últimos 25 años [ríe], pero sí fue cambiando. Y en cada novela he ido cambiando tema, ubicación... En la próxima y última yo ya habré nacido: en 1964 tenía cuatro años. Por un lado, tengo la satisfacción de que dije que lo iba a hacer y lo hice.

-¿Esta última en qué fase está?

-Tengo la anécdota. Lo que tenía en todas antes de empezar. Por eso tienen título y subtítulo. Ya sé de qué van. La próxima será «Los topos de larga duración y la emigración interior». Es la historia de un topo que a mediados de los sesenta cuando llega un sindicalista desterrado a su pueblo va a conseguir dejar de ser topo. Será una novela en la que se funde el antifranquismo que viene de la guerra con el antifranquismo que va hacia la Transición. En los años sesenta surge una nueva oposición democrática, se funda CC.OO., UGT vuelve a estar presente en las fábricas, proliferan las asociaciones. Es como el comienzo real de la Transición. Por eso termina ahí el ciclo de novelas, en un arco temporal de 25 años y no de 40.

-Pero los partidos aún son ilegales.

-Aunque todos los partidos son clandestinos, la sociedad española se organiza en asociaciones de vecinos, de amas de casa, de todo... Y eso sí que fue la luz al final del túnel. Sé que voy a contar esto, pero no sé cómo. Tengo un año perdido por delante, el 2020, porque hasta que acabe la feria del libro de Madrid voy a estar dando tumbos por España y América. Después del verano empezaré a tomar notas para escribir la sexta novela, pero con calma. 

-Qué ocurre con la memoria en este país para que usted lleve doce años en la tarea?

-Tengo confianza en que se impondrá la sensatez. Este país es tan extraño que hay enemigos de la memoria que se empeñan en decir que hay que dejar de mirar al pasado. La memoria no tiene que ver con el pasado. La memoria es un ingrediente fundamental en la construcción de la identidad. Tiene que ver con el presente y con el futuro. Si no tienes memoria no puedes saber a quién te quieres parecer ni como quién no quieres ser.

-¿Pero dónde está la raíz del problema?

-La Transición se hizo de una manera anómala. Este país venía de una dictadura. Durante 40 años un paisano de Aurora había modelado el pensamiento, los sentimientos, las emociones, la idea del mundo de un país entero. Eso es más de una generación. Y cuando Franco se murió se decidió como que no había pasado nada. Vamos a mirar hacia otro lado y esto dejará de pasar. Pero esto no ha dejado de pasar. Como la Transición en los 70 salió bien pues se asumió que iba salir bien siempre. Que esa amnesia inducida fuera exitosa durante unos años en los que éramos tan modernos y tan guapos y salíamos en el New York Times, y teníamos Olimpiadas y Expos... La ingenuidad era pensar que la dictadura se iba a diluir. A estas alturas vivimos una crisis sistémica multiforme por mucho que haya políticos que salgan todos los días diciendo que la Constitución es ejemplar y no hay que tocarla. Este país en 40 años ha cambiado muchísimo.

-¿Y qué debe hacerse?

-Algunos políticos no se dan cuenta, pero España está llena de gente que ve la bandera, el escudo, el pasaporte… y siente que no tiene nada que ver con el país en el que vive. Esto no se puede aguantar mucho más, este país no puede ser normal solo en los mundiales de fútbol. Ese desapego, esa desafección por el propio país es un problema muy gordo. Yo creo que de una vez, antes o después, de una manera u otra, habrá que aceptar que las cosas son así. Y habrá que aceptar que la Transición no fue perfecta. Y que a toda esa gente hay que volver a vincularla a un proyecto común. Y habrá que abrir el diálogo, hablar de federalismo y de otra clase de soluciones. Hay que salir del hoyo.

-¿Está diciendo entonces que no es tanto que la Transición se pudiera hacer de otra manera como que hay que revisarla?

-La Transición es el proceso que honestamente hicieron unos españoles que creían que no había otra posibilidad de hacerla. ¿Cuál es el problema? Pues que cinco o seis años después eso se convirtió en una barrera infranqueable. Que esa generación no dejó que otra generación de españoles posterior hiciese lo que creían que tenían que hacer. Y que cuarenta años después todavía se considera que la Transición y la Constitución son un bastión inexpugnable. Probablemente en el 77 no se podría haber hecho otra cosa. Quizá algo más se podría haber hecho. Pero después del 23F, en el 81, con un Gobierno socialista con una mayoría de más de doscientos diputados...

-¿Cree que tras el golpe de Estado se debió aprovechar para provocar una inflexión?

-Si hubiera habido una inflexión en ese momento ahora mismo no tendríamos problema catalán y un montón de problemas más. No solo no se hizo sino que el inmovilismo se convirtió en un valor seguro para ir a elecciones. Y la derecha se ha aferrado al tótem sagrado de la Constitución y del espíritu de la Transición. Incluso el rey. Son discursos intercambiables con los de los padres de la Constitución. Y este país ha cambiado mucho en estos cuarenta años.

-¿Memoria histórica y Constitución están peleadas? ¿Qué hacer ante este impás?

-Hay que refundar este país. Refundar la democracia española, con memoria histórica y con Constitución. La Constitución del 78 en muchos aspectos fue ejemplar, lo que pasa es que no se cumple. Otra cosa sería que la Constitución se cumpliera, esos artículos que dicen que todos los españoles tienen derecho al trabajo y a una vivienda digna... 

-¿Y este Gobierno está en condiciones de afrontar una labor tan ambiciosa?

-No es que estemos en una coyuntura ideal, pero la única posibilidad de supervivencia de este Gobierno es la valentía. Tiene que ser valiente, valiente para hablar, para negociar, para explicarse… La garantía de bronca y de atmósfera invivible ya la tiene, por lo que ha llegado el momento de tener un Gobierno de izquierdas que no esté acomplejado. Porque hasta ahora la izquierda ha gobernado con la sensación como de que no le tocaba. Un Gobierno aparentemente tan frágil, que tiene que negociar con los independentistas, debería hacer de la necesidad virtud. Creo que hay una oportunidad, pero es verdad que yo nací muy optimista.

-Esta misma España con problemas de memoria parece que tiene que defender a Galdós en el centenario de su nacimiento. ¿Por qué necesita aún hoy Galdós legitimación? Tolstói, Balzac o Dickens no lo necesitan en sus países y literaturas.

-No lo sé. Esto es una anomalía española más. Galdós, que la República repartía ediciones baratas de los «Episodios Nacionales» entre sus soldados en las trincheras, que representó España para el exilio… Es impresionante, conmovedor, cómo lo exiliados de la edad de plata de la literatura española, los representantes del momento cultural más brillante que España había vivido en siglos, se mantienen unánimemente fieles en su amor por Galdós. Luis Buñuel llegó a reconocer que no tenía otra influencia que Galdós. Luis Cernuda escribió un poema que se llama «Díptico español», que es probablemente el homenaje más grandioso que se le puede hacer a un escritor. Max Aub adoptó el modelo de los Episodios para contar la Guerra Civil en su ciclo «El laberinto mágico». Rafael Alberti lo editó. Y sin embargo los segundones que se habían quedado aquí dictaminaron que Galdós era un escritor costumbrista, polvoriento, corto de miras, hasta el punto de que lograron convertir al referente progresista por antonomasia del siglo XIX en un escritor que parecía hasta reaccionario. ¿Cómo es posible que el prestigio de Cernuda y de Buñuel no valieran nada contra las tertulias del Café Gijón? Es algo que sinceramente no entiendo. Galdós es una de las cumbres de la novela del siglo XIX en Europa y es un escritor imprescindible. Yo no me puedo creer que una persona a la que le gusta leer novelas, lea «Misericordia» y no le guste, lea «Tristana» y no le guste, lea «Miau» y no le guste. No me lo puedo creer. Le han mantenido en el ostracismo, pero no entiendo por qué.

-¿Lo suyo con sus Episodios es un homenaje al escritor? ¿Es Galdós una inspiración para usted? ¿Quiere emularlo de algún modo?

-Cuando me di cuenta de que tenía material narrativo para escribir seis novelas y contar 25 años de la dictadura, pensé: «¿qué forma le voy a dar? Ya está, pero si tenía el modelo». Galdós cuenta el siglo XIX en los «Episodios Nacionales», Max Aub cuenta en «El laberinto mágico» la Guerra Civil con el formato de los Episodios, y para mí fue irresistible no continuarlos. Me dije, voy a contar la posguerra. Es un homenaje y una reivindicación, pero sobre todo la felicidad y la suerte de poder engancharme a una tradición, para mí, muy querida y admirada. Y si hubiera sido valiente, como le pido al Gobierno que sea, y que yo no fui, lo hubiera titulado «Nuevos Episodios Nacionales». Podía parecer una osadía, pero si no lo hice fue sobre todo porque «nacional» en la época de Galdós no significaba lo mismo que ahora. Franco acaparó el término.

 «Aurora Rodríguez Carballeira era gallega, muy gallega»

 Aurora Rodríguez Carballeira es gallega como indica a primera vista su apellido, corrobora Almudena Grandes. Y de Ferrol, como Franco...

-Y como Pablo Iglesias [ríe]. Es que Ferrol lo tiene todo. Sí, era gallega, muy gallega. Se vino a Madrid porque para su proyecto de engendrar a la redentora de la humanidad prefería vivir en una ciudad donde no la conocieran porque su familia era muy conocida en Ferrol. Su padre era un hombre muy culto, probablemente masón, vinculado a la progresía gallega.

-Y ella lo adoraba...

-Aurora adoraba a su padre, y su padre, según ella, la adoraba a ella también. Igual que María se abre al mundo en el cuarto de doña Aurora, Aurora se abrió al mundo en el despacho de su padre. Donde se celebraba una tertulia a la que su padre le dejaba quedarse y donde podía leer todo lo que quisiera, sin control.

-¿Y el padre de Hildegart?

-Era marino, al parecer. En Ferrol Aurora escogió un hombre para la fecundación.

-¿Nunca llegó a casarse?

-No. Parece ser que eligió un hombre que era sacerdote y marino mercante, que tenía todas las condiciones para no reclamar al niño. Ella andaba en la treintena, tenía claro lo que quería. Y cuando se quedó embarazada se fue a Madrid, donde no la conocía nadie. Cuando llegó ocupó un chalé de La Prosperidad, un barrio alejado, para estar tranquila. Y ahí tuvo a su hija. Luego se instaló en Argüelles, en la calle Galileo, una zona bastante céntrica.

-Había criado antes a un sobrino.

-Antes de decidirse, había criado a otro niño prodigio, a su sobrino Pepito Arriola. Y había hecho varios proyectos de reforma de la humanidad. Estaba preparada. Pero, insisto, era muy gallega. Tanto que una de las broncas más gordas que tuvo en la cárcel de Ventas, donde estuvo dos años, ocurrió cuando un grupo de folclore gallego llegó para actuar y ella se empeñó en que debía recibir a sus componentes y en que los bailarines y los músicos la conocieran. «Yo soy gallega y vienen por mí. Porque además soy una celebridad», insistía. Las funcionarias se enfadaron y ella acabó en aislamiento.

-¿Pero olvidó su galleguidad?

-No. Hacia el final de su vida, en el año 48, cuando estaba desorientada y demente, según los psiquiatras, pero tocaba maravillosamente el piano, se plantó en el despacho del director del manicomio y le dijo que ella estaba condenada a 15 años de reclusión y que ya habían pasado. Y, agregó, «es año santo compostelano, quiero que pidan el indulto para mí». No solo eso, escribía cartas a las asociaciones gallegas de América para ver si querían acogerla, delirando con su salida del manicomio. Ella fue muy gallega y lo llevaba muy a gala. La primera biógrafa de Aurora, además, es Rosa Cal, una profesora gallega.

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