Muere José Luis Cuerda, la mirada humanista del cine

Director, productor y guionista, retrató desde el humor y la honradez los engranajes complejos del alma, con Galicia como escenario privilegiado Opinión: El patriota electo, por Miguel A. Fernández. Participa: ¿Cuál es tu película favorita de Cuerda?


Si el arte aspira a retratar las complejidades del alma, José Luis Cuerda, fallecido este martes en Madrid a los 72 años tras sufrir una embolia, fue capaz de capturar con la cámara tanto los conflictos que inspiran los sentimientos más nobles junto a sus reversos cobardes como ese aparente absurdo que muchas veces encierra el humor pero que revela igualmente lo más profundo de la condición humana. Fue precisamente esa mirada humanista la que presidió la filmografía de Cuerda, fuese en dramas como La lengua de las mariposas o Los girasoles ciegos, fuese en títulos que escoraban del humor más clásico -El bosque animado- a una vertiente personal y absurda como Amanece, que no es poco, película que representa en sí misma el cine de culto.

Cuerda fue un director que, desde fuera, parecía haberse especializado en adaptaciones literarias -Fernández Flórez, Manuel Rivas, Alberto Méndez, escritores, y ese genio del guion que fue Rafael Azcona-, pero que entendía a la perfección el lenguaje fílmico y supo traducir en imágenes las narraciones literarias, sin caer en el acartonamiento que en ocasiones lastra algunas adaptaciones. En ese tránsito Galicia desempeñó el papel de escenario privilegiado, y no solo como un decorado hermoso pero decorado al fin, sino casi como un personaje más: fue marco de vocación atemporal, de hidalgos, bandidos y fragas, pero también campo de batalla donde se dirimieron luchas éticas. Fue el caso de La lengua de las mariposas. «Trata un asunto que me afecta mucho, que es el de la cobardía, el del instinto de conservación y el de la dignidad moral de las personas», declaró el cineasta a La Voz tras el rodaje.

También fue un ejemplo elocuente de la sensibilidad cinematográfica de Cuerda el hecho de que le diese la primera oportunidad a un joven Alejandro Amenábar y que le produjese sus primeros tres filmes -Tesis, Abre los ojos y Los otros-, en apariencia tan lejanos estéticamente de la propia trayectoria de Cuerda. Claro que como director es posible sentir debilidad por un Cuerda más surrealista -etiqueta que no le gustaba por lo que comportaba de automatismo- o más clásico. En esa dicotomía, Amanece, que no es poco asumió ese papel de película que muchos atesoran como una joya que se comparte en secreto con otros cofrades con los que se sintoniza en una frecuencia común. Fue tal el impacto de esa película que varias décadas después Cuerda filmó la que denominaría su «secuela espiritual», Tiempo después, cuyo desarrollo ya se vio afectado por la enfermedad de su creador pero que contó con el apoyo incondicional de sus seguidores, muchos de ellos del mundo del cine, como él.

Entre un piso ganado al póker y el vino de O Ribeiro

Los universos particulares que Cuerda llevó al cine exhibían esa rara cualidad que prolonga su vida en quien los ve más allá de las imágenes. También el propio cineasta en persona era como un iceberg que había vivido y pensado más de lo que quedaba a la vista. Pero cuando se explicaba abría ventanas tan personales y gratificantes como las de sus películas. En el 2017 le contó a Rodri García en La Voz el motivo de su traslado a Madrid desde su Albacete natal. «Mi padre le ganó a un constructor un piso en el Paseo de La Habana, a estrenar, y nos fuimos para allá», rememoró. Cuerda admitía que no tenía punto de comparación con su padre ante el tapete -«era de los mejores de España»- pero comprendía a la perfección las pulsiones del jugador. «A mí me parece el dinero mejor ganado y más honradamente porque tú lo que le ganas a otro es lo que él quiere ganarte a ti. No hay relación económica que sea más limpia», reflexionaba. Aquel piso lo vendieron luego por 73 millones de pesetas. En cambio, su padre no toleraba a los bebedores, pero Cuerda acabó por entender también el alma de los vinos y llegó a cultivar sus propias cepas en O Ribeiro, donde transcurrieron no pocas épocas de su vida. «Me recuerda cosas del mundo clásico romano. Creo que es el tipo de vida perfecta: el Beatus Ille de Horacio son determinados minifundios gallegos», era su opinión sobre su vínculo a esta tierra.

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