Tres obras maestras en los Óscar: ¿Y si al final del sobre sale «Jojo Rabbit»?

Las películas de Tarantino, Scorsese y Todd Phillips enaltecen los premios, en la cúspide de una cosecha de cine que semeja un espejismo de la edad dorada de los setenta


Hacía demasiados años que la ceremonia de los Óscar importaba menos que cero. Era la vacua representación de ese cine desarbolado de ramajes y de raíces de grandeza, ese con el que Hollywood se ha ido achicando hasta devenir artísticamente diminuto. Si echo un vistazo a la lista de los filmes ganadores del Óscar a la mejor película desde la edad de oro de los 70 del siglo pasado encuentro que de entre esos cuarenta títulos solo me han generado motivos de emoción Spotlight, Argo, En tierra hostil, American Beauty, El paciente inglés y dos obras maestras de Clint Eastwood: Million Dolar Baby y Sin perdón.

No sé a qué telúrica conmoción o a qué viraje del destino le debemos la fortuna que este 2019 cobre tintes revolucionarios. Hollywood como espejismo que parece devolvernos, en el vértigo de una evocación, la década del desbocado Nuevo Hollywood de los Coppola, De Palma, Cimino, Friedkin, aquella rebelión de los creadores insumisos. En estos meses, Quentin Tarantino, Martin Scorsese -quien fue ya parte esencial de aquel motín creativo de hace medio siglo- y Todd Phillips me han movido el piso. Me han reconciliado con el cine yanqui. Lo que Érase una vez en Hollywood, Joker y El irlandés agitan, hasta generar ondas expansivas en los grandes lagos de la memoria, es nada menos que el curso del tiempo. Las tres -sin haberse complotado- se encabalgan para desplegar un mapa de idealización o de pesadilla de una década que latía al ritmo de los corazones vivísimos de Sharon Tate, de Jimmy Hoffa o del padre de Bruce Wayne.

La resurrección de la actriz cándida que voló sobre Cielo Drive; la del líder sindical cuyo ego no cabía en un camión, antes de desaparecer para no volver jamás; la del papá del superhéroe que nunca llegó a reinar en Gotham porque el Joker le montó el Gran Escrache y el resacón. Las tres conforman esa común mirada metacinematográfica hacia un pasado renacido y recauchutado para mostrarnos que la pantalla posee la capacidad de reescribir o enderezar la Historia. Para que, con Tarantino, nos sintamos como aquellos espectadores que salían refulgentes de la sala tras la primera proyección de Qué bello es vivir. Para que los goodfellas de Scorsese expiren el último hurra antes de convertirse en espectros o en hologramas. Para que alguien pregunte dónde están los payasos. Y estos atiendan la llamada, tomen el metro y las avenidas en un elogio de la locura como partera de la historia en la más cruenta y populista sociedad del espectáculo. Para que Hollywood, en definitiva, reimprima en el 2020 su leyenda, cuando ya todos le habíamos dado matarile a la fábrica de sueños.

 

La dimensión colosal de estas tres piezas maestras que euforizan ensombrece lo que es la lista completa de candidatas al Óscar a mejor película. Entre ellas hay otro título con cariz de excepcionalidad. Que Parásitos -¡un filme coreano!- haya logrado lugar entre las 9 nominadas es la constatación de cómo Bong Joon-ho ha franqueado barreras hasta ahora inasequibles con su cruenta reformulación de un Arriba y abajo asiático, un órdago contra el todo en el mundo caníbal de las cada vez mayores desigualdades sociales. Un cruce de Viridiana y El sirviente con humor sardónico que no cauteriza el catálogo de espantos que nos expone este microcosmos donde el ascensor social lleva al cadalso o al No Future.

1917, esa trinchera infinita de Sam Mendes, sería como ganadora del Óscar una pésima noticia y, sin embargo, no descartable. Sus méritos de planificación fílmica, ese plano-secuencia sostenido, no son en modo alguno comparables con el valor absolutamente catártico de los filmes de Scorsese, Tarantino y Phillips.

Me parece muy estimable que los académicos hayan tenido la sutileza para incluir en esta lista una cinta a priori tan poco oscarizable como Le Mans 66, que se trata de la película revelación de la temporada. Y es un reconocimiento a un tipo tan interesante como su director, James Mangold.

Y entra dentro de lo cabal que el aggiornamento vigoroso y brillantemente coral de Mujercitas servido por Greta Gerwig tenga también su espacio.

No conecto en absoluto con los padecimientos de desamor de Scarlett Johanson y Adam Driver en Historia de un matrimonio. Tengo ya pesadillas en las cuales el ubicuo Driver -¿no descansará este tío?- es un juez de MasterChef. Comparo esta exmatrimoniada cool con la infinita tristeza que me generaba la quiebra de corazones del Dos en la carretera de Stanley Donen. Y descubro que es muy mala señal que lo mejor de un drama de desamor sea la abogada bizarra y cañera de uno de los cónyuges.

El 9 de febrero Hollywood vivirá su año de resurrección premiando la película de Tarantino. O la de Scorsese. O bien Todd Phillips. También puede pegarse un tiro en el pie, hacer salir al escenario a Faye Dunaway y Warren Beatty. Y que saquen del sobre a JoJo Rabbit.

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