Proust, «ese inmundo pervertido»

Este martes se cumplen cien años de la concesión del premio Goncourt al genial autor francés por «A la sombra de las muchachas en flor», lo que generó un gran escándalo

Retrato de Proust a los 21 años realizado por el pintor Jacques-Emile Blanche en 1892, un óleo que se conserva en el parisino museo d’Orsay
Retrato de Proust a los 21 años realizado por el pintor Jacques-Emile Blanche en 1892, un óleo que se conserva en el parisino museo d’Orsay

Redacción / La Voz

«Es evidente que un hombre de su extraordinario talento, de su fecundidad, de esta poderosa originalidad, habría alcanzado, sin nuestro galardón, la mayor notoriedad, celebridad, incluso más; pero le facilitamos el camino hacia los laureles eternos y hacia la fuente de la juventud. Esto es lo que no nos perdonan -afortunadamente- los fracasados de la industria del libro y de la crítica, cargados de amargura, como un palosanto podrido». Quien con esta contundencia se manifiesta en 1920 es el escritor, periodista y académico León Daudet, que un año después del fallo aún se veía en la obligación de justificar el premio Goncourt que habían concedido el 10 de diciembre de 1919 a Marcel Proust por su obra A la sombra de las muchachas en flor -la segunda entrega de su gran ciclo novelesco En busca del tiempo perdido-.

Tras esta insistencia está la incomprensión general que derivó en agrias polémicas, ataques personales en la prensa y hasta protestas pública protagonizadas por colectivos que se sentían agraviados, desde excombatientes hasta reaccionarios, pacifistas y revolucionarios.

Tras investigar y estudiar correspondencias, documentos inéditos, periódicos de la época, el ensayista Thierry Laget publica Proust, premio Goncourt. Un motín literario, cuya traducción al castellano ha traído a las librerías el sello barcelonés Ediciones del Subsuelo. El ensayo muestra cómo Daudet cree que de no ser por el Goncourt, Proust continuaría años después arrumbado: «Todavía seguiríamos silenciándolo o diciendo las sandeces con las que por ejemplo se recibió al desafortunado Arthur Rimbaud; y ¡sería una vergüenza!».

Roland Dorgelès, el perdedor

Porque Proust no fue bien entendido por su época, y en este caso, cuando se alzó con el prestigioso premio Goncourt, las simpatías viajaron del lado del vencido, Roland Dorgelès, que se quedó a las puertas con su novela Las cruces de madera, «de filosofía idealista y reconfortante», que entonces aprovechó aquellas circunstancias de supuesta injusticia para una campaña propagandística que le daría unas excelentes ventas y muy buenos réditos. Hoy nadie recuerda aquella obra. Pero entonces se consideró elevada su visión del drama bélico, en un momento en que el país debía tener presente el dolor, el daño y la muerte causados por la Gran Guerra.

«Señores de la Academia Goncourt, ustedes no estuvieron en la guerra. Tienen un gusto de lo más delicado, y les habría aplaudido si hubiesen premiado a Proust en 1913. Pero, ¡es así!, ha habido una guerra, con toda la poesía de la guerra», reprocha el escritor y periodista Binet-Valmer

El escritor y periodista Binet-Valmer reprocha el fallo con esa motivación y enorme grandilocuencia: «Señores de la Academia Goncourt, ustedes no estuvieron en la guerra. Tienen un gusto de lo más delicado, y les habría aplaudido si hubiesen premiado a Proust en 1913. Pero, ¡es así!, ha habido una guerra, con toda la poesía de la guerra. Estamos impregnados de ella, oímos voces, queremos escucharlas, por esto nos gusta Dorgelès [...]. Es por esto, porque la guerra ha renovado la poesía».

Las reservas hacia su literatura no eran un hecho nuevo ni aislado. El mismísimo André Gide había rechazado publicar la primera entrega de Proust, Por el camino de Swann, en la revista La Nouvelle Revue Française y la novela apareció finalmente en Grasset en noviembre de 1913. La edición fue financiada por el propio Proust, lo que le causó un grave quebranto económico. El autor de Los monederos falsos confesaría después su responsabilidad y atribuiría su decisión al puro prejuicio social y a una negligencia en el análisis de la obra, que solo habría mirado por encima. Tras admitir su error y autohumillarse, apoyó la aparición por entregas en las páginas de La Nouvelle Revue Française de A la sombra de las muchachas en flor, que publicó definitivamente Gallimard (que de inmediato rescató para sí los derechos del primer volumen).

Para salir del marasmo fue decisivo el respaldo de Daudet en el Goncourt. Todavía dos años más tarde lamentará que se les recrimine las opciones políticas y religiosas del premiado, «considerado, por sus conserjes y vecinos del barrio, un reaccionario y un hombre de derechas». Es una versión edulcorada, observa Laget, de las palabras que se ponen en boca de Daudet cuando, en 1932, replica a quienes le reprochan haber promovido la novela Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, un escritor que insulta a la patria: «La patria, digo ¡a la mierda! cuando se trata de literatura».

Viejo, rico, mundano, loco

Pero los males que se achacan a Proust en relación a la concesión del Goncourt son de índole muy variada, como anota el autor del ensayo: a sus 48 años era demasiado viejo para este reconocimiento -en el origen, en su testamento, hablaba Edmond de Goncourt de la juventud como una de las condiciones del premiado-; demasiado rico para merecer los 5.000 francos pese a que su situación económica real era bastante lastimosa; era demasiado mundano aunque vivía recluido en su quinto piso sin ascensor de la calle Hamelin -y, más precisamente, en su cama-; demasiado frívolo; demasiado hablador -¡una novela de más de cuatrocientas páginas, continuación de otra!-; demasiado loco...

El propio Proust se lo toma con humor, por ejemplo, cuando comenta los efectos balsámicos que ungen al candidato fracasado: «Los amigos del señor Dorgelès [...] deberían estar satisfechos ya que él ha conseguido el segundo premio y se ha beneficiado del primero mucho más que yo». Y se propone insistir ante la pregunta «¿por qué escribe?» que el cuestionario de la revista dadaísta Littérature plantea: «Por qué escribo.... pues ¡para que se hable del señor Dorgelès!». La respuesta no se publicó.

Meses después, Proust, en vísperas de la concesión del Goncourt 1920, y consciente de que la prensa atacaría de nuevo con las comparaciones despectivas, parodió el texto periodístico que probablemente leería: «Este veredicto es muy distinto al del año pasado, cuando ese inmundo pervertido de Proust, por cierto casi centenario, se impuso, con artimañas, intrigas y cualquier otro medio vil con los que el Populaire está seguro de que corrompe fácilmente a Élemir Bourges y a Rosny [miembros del jurado]».

Cien años más tarde, Marcel Proust es uno de los mayores orgullos de las letras galas y también del premio Goncourt. Precisamente, hace unas semanas, se publicó «Le Mystérieux correspondant» et autres nouvelles inédites, un volumen que reúne un hatillo de relatos hasta ahora desconocidos del autor de A la sombra de las muchachas en flor.

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