Hermann Hesse y Thomas Mann, una sólida amistad entre «el ermitaño y el hombre de mundo»

La amplia correspondencia entre ambos autores alemanes muestra su temprano rechazo al nazismo y es un fiel reflejo de aquel convulso tiempo, ya desde la época de entreguerras

Hermann Hesse y Thomas Mann, en febrero de 1932, retratados en Chantarella, cerca de la localidad suiza de Saint Moritz
Hermann Hesse y Thomas Mann, en febrero de 1932, retratados en Chantarella, cerca de la localidad suiza de Saint Moritz

Redacción / La VOz

«El verano pasado, un joven de Königsberg me llegó a enviar un ejemplar carbonizado de Los Buddenbrook, arguyendo que yo había dicho algo en contra de Hitler. Añadió asimismo (la carta era anónima) que quería obligarme a consumar la tarea destructiva. Sin embargo no lo hice, y he guardado cuidadosamente los restos negruzcos para que algún día testimonien del estado espiritual del pueblo alemán». Esto escribía en diciembre de 1932 Thomas Mann en una carta enviada a su colega Hermann Hesse. Son dos grandes de la literatura alemana y europea. Y mantuvieron una estrecha amistad en un momento, además, en que su país -y el mundo- pasaba por horas muy convulsas.

Son Herman Hesse (Calw, Selva Negra, Alemania, 1877-Montagnola, Tesino, Suiza, 1962) y Thomas Mann (Lubeca, Alemania, 1875-Zúrich, Suiza, 1955), que dejaron testimonio de esta relación en una correspondencia que -como aquel ejemplar renegrido de Los Buddenbrook- es fiel reflejo del tiempo de plomo que les tocó vivir, los años de entreguerras, el nazismo, el exilio, el Tercer Reich y, ya después, la posguerra. El sello Stirner acaba de recuperar y actualizar la traducción que Juan José del Solar hizo de estas cartas para el editor Mario Muchnik en 1977, siguiendo el trabajo de investigación de Volker Michels y Anni Carlsson, que han ido añadiendo desde entonces algunas cartas inéditas y nuevas anotaciones.

El libro incorpora además el excelente prólogo que para Muchnik redactó Josep Maria Carandell, que celebraba que Hesse y Mann, «el ermitaño y el hombre de mundo», «el campesino del sur y el señor del norte», se entendiesen pese a que sus obras fuesen prácticamente incompatibles. Tras diferenciar el valor y la consideración casi pública que los autores centroeuropeos y nórdicos conceden a la correspondencia -en contraste con el ámbito mediterráneo-, Carandell dota un poco de contexto para las literaturas de Mann y Hesse, que vincula de manera especial con el naturalismo y el expresionismo, respectivamente. Ambos se conocieron en 1904 por la mediación de su editor, Samuel Fischer, por cuya indefensión ante el nazismo, muchos años más tarde, Hesse mostrará constante preocupación en sus cartas.

La colección epistolar empieza, en buena medida, por los intentos infructuosos de Mann para que Hesse regrese a la Academia Prusiana de las Artes. Pero enseguida es el Tercer Reich el que acapara el protagonismo. Nada más llegar Hitler al poder, Mann comienza a percibir «golpes cargados de odio y hostilidad» desde la patria, hasta le confiscan en Múnich sus «activos líquidos». Hesse, en julio de 1933, observa «un ambiente de guerra y de pogromo», asimilable a los estados anímicos, dice, de 1914, pero sin la ingenuidad de entonces: «Costará sangre y muchas cosas más: hiede ya bastante a maldad».

El carácter profético de sus advertencias no impide que tras la Segunda Guerra Mundial se le reproche a Hesse haber vivido en la comodidad de su retiro suizo.

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