Irene Vallejo: «La decisión de leer es, al fin, un acto de insobornable libertad»

«Contamos historias para sobrevivir al caos, ordenar el mundo, comprender las pasiones que nos mueven, y para entendernos con íntimos y extraños», dice Irene Vallejo, autora del ensayo «El infinito en un junco», que explora el origen y la historia de la escritura y el libro

Irene Vallejo participa este martes en la coruñesa Fundación Luis Seoane en el ciclo «Pensamentos urxentes: mirar, pensar, escribir», que coordinan Javier Pintor y Luis Paz
Irene Vallejo participa este martes en la coruñesa Fundación Luis Seoane en el ciclo «Pensamentos urxentes: mirar, pensar, escribir», que coordinan Javier Pintor y Luis Paz

Redacción / La Voz

La escritora Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) llega a Galicia con su libro El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo (Siruela, 2019), que en apenas un mes ya ha alcanzado su tercera edición. Este martes, a las 20 horas, visita la Fundación Luis Seoane de A Coruña, para participar en el ciclo Pensamentos urxentes: mirar, pensar, escribir. Vallejo viaja en su ensayo a la arcilla, el junco, la seda, la piel…, a las raíces de la escritura y el libro, al pasado. Hace, diríase, arqueología (casi como quien hace novela), porque el libro es ya un invento muy antiguo. Pero la autora confía en su futuro.

-Es un invento muy antiguo que se ha mantenido vigente a lo largo de milenios. Pocos hallazgos humanos han mostrado tanta capacidad de supervivencia: la rueda, el martillo, las tijeras, el vaso... Diría que, frente a lo efímero de las modas, los libros han sido modernos durante más tiempo que nadie, y siguen cargados de futuro.

-Usted indaga los orígenes. ¿Cuál fue el primer libro conocido?

-Los libros más tempranos permanecen en la frontera entre la prehistoria y la historia, en un territorio en penumbra. Las inscripciones en piedra o las tablillas se consideran precursores, los primeros libros propiamente dichos fueron los rollos de papiro del antiguo Egipto, que copiaron griegos y romanos. Y aunque parecen cosa del pasado, podrían estar esperándonos en el futuro. Las grandes compañías desarrollan prototipos de pantallas enrollables para móviles y televisiones que prevén comercializar en los próximos años. En esa dirección, tan antigua, avanza la innovación tecnológica.

-¿La aparición del objeto libro coincide con el nacimiento de su condición espiritual?

-Como narradora, siempre me ha interesado la importancia decisiva del cuerpo en nuestras vidas. En esta investigación he partido de una idea similar: la materialidad del libro es la carne de las palabras que contiene. En el pasado, cuando había tan pocas copias de cada libro, una obra perduraba si sobrevivía el soporte que la contenía. Nuestros antepasados debieron de sentirlo así, porque reconocían un aura casi sagrada a los libros en cuanto objetos. Los judíos aún mantienen la tradición de tratar con la máxima reverencia el rollo de la Torá: lo embellecen, no lo dejan caer, lo preservan de cualquier daño y no lo tocan excepto cuando es absolutamente necesario.

-¿Pero para qué insistir con el pasado?, ¿qué podemos hallar en las tablillas de Mesopotamia que diga algo al humano del siglo XXI globalizado y cibernético?

-En las tablillas de Mesopotamia hallamos la primera expresión de un afán universal, conmovedor y absolutamente contemporáneo: el deseo de desafiar a la destrucción y el olvido. Seguimos inmersos en la misma batalla.

-¿Cómo decirle a alguien que tiene en la mano el smartphone, que está enganchado a las serie de televisión «Narcos» o a «Big Little Lies», que se autorretrata en Instagram, que apague la pantalla y coja un libro?

-Big Little Lies fue libro antes que serie. En todo caso, a nadie se le pide que renuncie a las pantallas, los formatos conviven ampliando el abanico de experiencias posibles. ¿Qué encontramos en los libros que no nos dan las pantallas? Voces desnudas que hablan de tú a tú, sin envolverse en fogonazos, imágenes hipnóticas o bombardeos publicitarios. Una invitación a la libertad y a la lentitud bien empleada. No todo el mundo se siente cómodo en este vivir acelerado, hay quien necesita tiempo para sí mismo, reflexión y sosiego. Algunos ansiamos el viejo encanto de las palabras silenciosas que cuentan una historia en la que habitar durante días o semanas.

-Este es un libro pensado, de algún modo, para personas que ya aman los libros. Pero, ¿cómo dirigirse a los que los libros no les dicen nada, de qué manera seducirlos?

-Para mí la lectura siempre ha significado placer. El placer no se impone. La seducción solo es posible si hay algún tipo de respuesta, por recóndita que sea. Hemos logrado una formidable conquista histórica: los libros están al alcance de todos, no son un lujo de privilegiados. Me parece un logro maravilloso: nadie tiene vedada la lectura. Se puede intentar que los niños desarrollen su imaginación a través de los cuentos, poner en sus manos libros deslumbrantes. Pero la decisión de leer es, al fin, un acto de insobornable libertad.

-¿Quizá hablándoles en primera persona, como hace usted, les resulte el libro un problema, un universo más cercano?, ¿no temió que lo personal, lo confesional, reblandeciese el valor de la investigación realizada?

-Me apetecía desafiar la imagen fría, objetiva, distante que tenemos del ensayo. Una investigación tan larga es un acto apasionado. Siempre hay razones íntimas para dedicar tiempo, vida y energía a la búsqueda de respuestas. El especialista suele esconder este factor humano, pero yo he decidido hacer justo lo contrario. En sus breves apariciones, mi personaje en primera persona explica los motivos biográficos y las experiencias que alimentan mi entusiasmo, indagando de dónde viene esta temeraria obsesión por las palabras y los libros.

-A lo mejor hoy si uno no trata el ensayo como un cuento que se pueda leer en voz alta, el ensayo no encuentra compradores. ¿Qué buscaba realmente?

-Quería experimentar. Quería explorar territorios limítrofes entre el ensayo y la narrativa. Quería transmitir ideas y conocimientos gozosamente. Las ventas son siempre una incógnita con la que no merece la pena obsesionarse.

-Con esa narrativa heterodoxa, ¿pasará su ensayo la prueba académica del algodón?

-En el ensayo anglosajón ha habido siempre una corriente de divulgación rigurosa que no por eso renuncia al pulso narrativo, el disfrute, el lenguaje cuidado, el amor por las historias, el gusto por rescatarlas y contarlas. Grandes especialistas cultivan este estilo apasionante de investigación, para placer del público no especializado. Como lectora curiosa, agradezco que exista. Me he inspirado en maravillas recientes como El giro, de Stephen Greenblatt, o La edad de penumbra, de Catherine Nixey.

-¿O es que viajar tan lejos en el tiempo, más allá del rigor científico, exige dar paso a la imaginación sí o sí?, ¿y quizá favorecer la suspensión de la incredulidad?

-En este ensayo, aviso al lector siempre que recurro a la imaginación para llenar lagunas. En un índice final enumero las fuentes que he utilizado, capítulo por capítulo, para abrir la puerta a la consulta directa de los documentos. Creo que de esa forma respeto el pacto implícito de confianza. Además, prefiero hablar de solidez científica, porque la palabra rigor me suena severa y áspera. No creo que el placer del lector esté reñido con el conocimiento; todo lo contrario: el goce potencia la adquisición de saber.

-Lo que parece claro es que su libro ha encontrado lector, sus ventas son sorprendentes. ¿Cuál cree que ha sido la tecla?

-Es difícil saberlo, en mi caso no ha sido una estrategia premeditada. A la luz de la acogida de El infinito en un junco, deduzco que las personas que amamos los libros hemos sufrido un excesivo chaparrón de pronósticos pesimistas durante los últimos años. Es posible que muchos añorasen una defensa apasionada y esperanzadora del futuro de los libros, basada en el relato de su supervivencia pasada. Una reivindicación cálida y enérgica de una determinada forma de ser y vivir, frente a los que nos acusan de ser raros o anacrónicos. Al menos, esos son los mensajes que estoy recibiendo de parte de los lectores.

«Son los libros que he leído los que me han salvado»

Vallejo admite que escribir este libro ha tenido consecuencias benéficas para su estado de ánimo y su salud, mucho más que un mero bálsamo, hasta el punto de que dice que le ha salvado la vida.

-A decir verdad, son sobre todo los libros que he leído los que me han salvado. En la infancia sufrí acoso escolar. Para sobrevivir a esa violencia en una edad tan vulnerable, hacen falta muchos salvavidas. Me aferré al afecto de la familia y de los amigos fuera del colegio. Pero siento una especial deuda hacia las novelas de Jack London, Charles Dickens y Joseph Conrad, que me trajeron esperanza. Me enseñaron que existen muchas formas de ser, pensar y sentir, y la normalidad que se predica es solo un disfraz. La fantasía y la creatividad se convirtieron en mi refugio. Ahora, muchos años después, he escrito este ensayo en otra época dolorosa de mi vida. Y, una vez más, la lectura y la creación me han vuelto a salvar del naufragio anímico.

-Asegura usted también que quiso homenajear aquellas noches de su infancia en que le leían cuentos. ¿A esto de los libros hay que entrar por la infancia o no se entra?

-El cerrojo de la puerta no se cierra nunca, se puede entrar a cualquier edad. Pero es cierto que los descubrimientos infantiles se viven con una gran intensidad y son imborrables. Por eso, en el libro doy las gracias a mis padres, que renunciaban a su tiempo de libertad y descanso para leerme cuentos todas las noches. En esas lecturas descubrí el universo de palabras que me habitan y construyen.

-¿Puede aún recordar algunos de los cuentos que le leían que le sirvieron de puerta de acceso?

-Los que más huella dejaron fueron los mitos griegos: Ulises, Calipso, Hércules, Jasón y los argonautas, Dafne, Ariadna.

-Habla usted precisamente de que en el Egipto rural combatían el aburrimiento y la falta de contertulios con la lectura, ¿la necesidad de historias por parte del ser humano es el alma y el fundamento del libro?

-Sí, esa necesidad es el hilo conductor del libro. Contamos historias para sobrevivir al caos, para ordenar el mundo, para comprender las pasiones que nos mueven y para entendernos con íntimos y extraños.

-¿El paso de la oralidad al testimonio escrito es la clave de la evolución de la cultura de un pueblo de popular a sofisticada?

-La cultura popular sigue viva, muy viva, no ha sido sustituida o arrumbada por la literatura escrita. Todo lo contrario, la alfabetización ha salvado del olvido romances, canciones, coplas, sainetes y chistes nacidos en la esfera de la cultura popular. Para mí la escritura es, precisamente, sinónimo de esperanza de vida para las palabras. Todo lo que escribimos puede viajar a través del espacio y del tiempo.

-¿El libro, como la escritura, siempre ha estado asociado al prestigio, a una especie de comportamiento de clase?

-Durante muchos siglos, el libro fue un privilegio de aristócratas y gente rica. Por eso me interesaba rastrear desde la antigüedad la labor revolucionaria de las escuelas, las bibliotecas públicas y las librerías para cambiar el signo de los tiempos. Esa tarea sigilosa ha transformado el mundo.

-Supongo que la aparición de la imprenta, además de una bendición democrática y una garantía de supervivencia, supuso la pérdida de algún valor para el libro, ¿o no?

-Todos los avances tecnológicos, desde la invención de la escritura hasta los ordenadores, han levantado una oleada de críticas de este tipo: se pierden las esencias, se deprecia el saber, todo degenera, etcétera. La imprenta no fue la excepción. Pero si hoy alguien como yo, sin títulos de nobleza ni rentas, puede convertir la lectura y la escritura en su oficio, es gracias a ese fabuloso trayecto hacia la democratización del saber. ¿Cómo no voy a sentir gratitud?

«Veo rebeldía en la desobediencia mansa de quienes hacen algo tan insólito como abrir un libro»

La lectura fue durante mucho tiempo un distintivo de algo, social o académicamente. Pero quizá exista hoy una comunidad de lectores más o menos exclusiva, quizá frikis, quizá gente crítica.

-En la comunidad de lectores puede integrarse quien quiera, no es exclusiva ni está cerrada. Eso sí, diría que la lectura es sinónimo de una cierta rebeldía. Veo rebeldía en la desobediencia mansa de quienes dejan a un lado los cantos de sirena del consumismo, los móviles y la prisa, para hacer algo tan insólito como abrir un libro. Gente que elige el silencio, la intimidad y la calma. O que acude a un club de lectura para practicar, en compañía de otros, sin el espejismo de las pantallas, una forma sana de conversación y pensamiento.

-De la sociedad española, en pleno ascenso de la ultraderecha, invocante de la vieja España partida en dos, incapaz para el pacto y el diálogo, con una Cataluña incendiada… ¿qué dice la lectura?, ¿o dice sencillamente que la sociedad española no lee o lo hace muy poco?

-Me interesan las tesis de la filósofa Martha Nussbaum, premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales. En su ensayo Sin fines de lucro afirma que la democracia necesita de las humanidades. Sostiene que el arte en general, y en particular el teatro y la narrativa, nos enseñan a ponernos en la piel de otros y entender el complejísimo juego de intereses contrapuestos que coexisten en las sociedades abiertas. Si atacamos todo aquello que no es lucrativo, corremos el riesgo de alimentar los egoísmos y erosionar el sentido de comunidad.

-¿Se puede esgrimir un libro contra quien levantada barricadas en Cataluña?

-Soy prudente, no quisiera idealizar los libros. No todos los libros son pacíficos, hay textos incendiarios, injuriosos, instigadores de violencias. Las palabras se pueden utilizar para construir un diálogo que nos acerque o para instigar un ataque que ahonde el abismo. La otra cara del enorme poder del lenguaje es la responsabilidad de emplearlo bien. Ojalá prevalezcan al final los discursos apaciguadores.

-Parece que la lectura no sirve mucho a esta civilización últimamente empeñada en aduanas y aranceles. ¿Hay que insistir? Recomiende un libro a estas gentes defensoras de las fronteras.

-Claro, hay que insistir. A los partidarios de las fronteras les recomiendo leer las Historias de Herodoto. El griego Herodoto fue un asombroso viajero que, en su sed de observación maravillada, anticipó la mirada del reportero y del antropólogo sobre culturas ajenas. Nunca desarrolló prejuicios chovinistas, siempre contempló con sincero aprecio los logros ajenos.

«La gran ventaja del libro de papel es su desconexión permanente»

Se habla mucho de la extinción del libro de papel, se reflexiona sobre los defectos que lo llevarán a la tan augurada desaparición, y sobre cuáles son sus virtudes. Vallejo mantiene sus esperanzas intactas.

-Creo que el libro en papel no tiene ningún inconveniente grave. Como afirmó Umberto Eco, es un invento casi perfecto. Tal vez el único problema que padecemos los lectores apasionados es la dificultad de almacenar libros en nuestras pequeñas viviendas. Los electrónicos ofrecen una solución imperfecta a ese problema. Se gana espacio, pero se pierde libertad. Como escribe Jorge Carrión en Contra Amazon: «El pasado Día del Libro, Amazon reveló cuáles fueron las frases más subrayadas durante estos cinco años de la plataforma Kindle. Si lees en el dispositivo, lo saben todo sobre tus lecturas. En qué página las abandonas. Cuáles concluyes. A qué ritmo lees. Qué subrayas. La gran ventaja del libro de papel es su desconexión permanente. El Gran Hermano no puede espiarte».

-¿Pero desaparecerá el libro de papel o no?

-Me atrevo a responder que no. Esta no es la primera vez en la historia que conviven varios formatos de libro. Eso es lo que creo que está sucediendo. Queremos conservar en una bonita edición de papel los libros a los que nos une un vínculo afectivo, pero nos parece cómodo irnos de vacaciones con un ligero dispositivo cargado de lecturas. El que aún tiene que demostrar su utilidad y eficacia a largo plazo es el libro electrónico.

-¿Usa libro electrónico? Dígame qué obra no leería nunca en un libro electrónico.

-No uso el libro electrónico porque trabajo muchas horas frente al ordenador y, al acabar la jornada, necesito dejar descansar la vista. ¿Una obra que nunca leería en versión electrónica? Los ensayos de Montaigne. Por algún motivo, la voz cálida de Montaigne, que parece entablar conversación con sus lectores, me parece inseparable de la experiencia sensorial del libro.

-Estos días acoge Santiago de Compostela una exposición que reúne libros importantes en la historia de Galicia como la Biblia Kennicott, el Códice Calixtino, el Libro de las Invasiones, el Cancionero de la Vaticana o el Itinerario de Egeria. ¿Qué debe buscar uno en estos viejos libros?, ¿identidad?, ¿fetichismo?, ¿belleza?

-Representan, sin duda, una aportación a la belleza. Pero me interesa destacar que no solo eran hermosos objetos concebidos para el placer estético. Los monjes medievales elaboraban estos maravillosos códices en durísimas condiciones. En anotaciones al margen hablan del cansancio, los calambres, el dolor de espalda, de la mordedura del frío durante las largas horas dedicadas a la copia. Crear estos manuscritos era un sacrificio que tenía una honda dimensión espiritual. Por otro lado, las bibliotecas de las abadías protegieron auténticos tesoros del conocimiento durante siglos de guerra y saqueos. Si no hubiera sido por la red de bibliotecas monásticas y sus intercambios para la copia de ejemplares, habríamos sufrido tristes pérdidas. Estamos hablando de los centinelas de un valioso caudal de palabras e ideas.

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Irene Vallejo: «La decisión de leer es, al fin, un acto de insobornable libertad»