El viaje de ida y vuelta de la «Santa»

La historia fue caprichosa con la singular escultura de Francisco Asorey

La figura salió del taller de Asorey en 1926
La figura salió del taller de Asorey en 1926

redacción / la voz

«Nuestro inspirado escultor Paco Asorey envió a Madrid, a fin de que figuren en la Exposición Nacional de Bellas Artes, una magnífica escultura policromada de San Francisco de Asís. Dentro de ocho días remitirá otra, también policromada, que se titula La Santa». El 25 de marzo de 1926 La Voz informaba de las novedades salidas del taller del artista en Caramoniña en Santiago. Se iniciaba también la caprichosa historia de la representación femenina del escultor, que tras casi setenta años en Uruguay ha regresado a su tierra de origen para formar parte de la exposición Galicia, un relato en el mundo.

En 1926 Asorey ha depositado unas esperanzas en las piezas que exceden lo meramente artístico. «Reconoce en una entrevista que si gana la primera medalla se irá a París, cuna de la vanguardia escultórica del momento en Europa, alejándose de ese Santiago que lo ahoga», explican Carmen Asorey Abelleira y Vicente Pérez Otero, de la asociación cultural que lleva el nombre del artista. Ambos han investigado la intrahistoria de La Santa y las circunstancias que la llevaron a cruzar el Atlántico. Asorey gana la primera medalla -con su visión de San Francisco- pero renuncia a sus planes: «Los lazos familiares quizá influyeron también la decisión, ya que a los pocos meses nace su segundo hijo, Pepe», relatan Carmen Asorey y Vicente Pérez.

 

La página de La Voz con la reseña de la exposición de Madrid y la carta de agradecimiento de la Casa de Galicia de Montevideo
La página de La Voz con la reseña de la exposición de Madrid y la carta de agradecimiento de la Casa de Galicia de Montevideo

El «gran Asorey»

Según los organizadores de la muestra que ha propiciado el regreso de la escultura, La Santa fue recibida en Madrid con «gran sorpresa y amplio debate sobre su representación del cuerpo de la mujer». En La Voz, un crítico que firma tan solo como B., lo tiene claro: tras censurar la deriva mediocre del certamen, solo salva la representación gallega, de la que destaca la contribución del «gran Asorey», «con sus tablas policromadas, más que con el San Francisco, con La Santa». Curiosamente, fue el religioso y no la mujer la que le dio una victoria que en Galicia se debió de celebrar por lo alto, a juzgar por el homenaje que en junio de 1926 se le brindó a Asorey en la Casa de Galicia de Madrid por su «triunfo» en la Exposición.

No obstante, Carmen Asorey y Vicente Pérez analizan ambas obras en conjunto: «Asorey representa a dos santos de la pobreza, uno que la elige y otra impuesta». «Frente al misticismo de San Francisco, la Santa es la pura representación de Galicia». En este sentido, los especialistas sostienen que el pañuelo identifica a la Santa como gallega y que el yugo «representa el peso del trabajo duro en el campo, del trabajo en el cuidado de la familia y de la soledad de la emigración de los hombres que marchaban a América para buscar una vida mejor y abandonaban a la familia, muchas veces para siempre». El propio escultor parece reafirmar esa galleguidad cuando en una entrevista explica que la talla nace de madera de castaño: «A árbore da que está a saír a obra aínda deu castañas ese ano».

Sin embargo, Asorey no quedó contento con la reacción a su obra, según los investigadores. «Lo frustrará el escaso reconocimiento del público y consideró que marcará el devenir de su obra, que se volverá más sobria en la representación y menos innovadora, más clasicista». La Santa entra un período de ostracismo. «La obra pasa más de dos décadas olvidada en el taller del artista, abandonada a una suerte esquiva por los prejuicios de la clase adinerada que rehúye de ella e incluso de los propios intelectuales de la época, que no ven en la obra de Asorey la maestría de ejecución y lo vanguardista del concepto», sostienen Carmen Asorey y Vicente Pérez.

Por mediación de sus amigos médicos Ángel Baltar y Manuel Varela Radío, contacta con la Casa de Galicia en Montevideo, a quien intenta vender La Santa, aunque finalmente acepta las 20.000 pesetas que le ofrecen en concepto de gastos de envío. La directiva del centro emigrante le escribe para agradecerle lo que considera una «real donación», merced a su «altruismo y generosidad». No es para menos: han conseguido «una auténtica joya de arte en lo escultural y en lo anímico», según la carta que le remiten el 11 de diciembre de 1951. Han pasado 25 años desde que La Santa salió de Santiago para Madrid, regresar y marchar a Montevideo, de donde ahora ha vuelto a su lugar de origen de forma temporal.

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