Bernardo Atxaga, la memoria sin tiempo

El escritor vasco ha sido distinguido con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2019

El escritor vasco Bernardo Atxaga
El escritor vasco Bernardo Atxaga

Redacción / La Voz

«En mi memoria no hay tiempo», sostiene Bernardo Atxaga (Asteasu, 1951). El escritor vasco, que ha sido galardonado este lunes con el Premio Nacional de las Letras Españolas 2019, se refiere a que su imaginación establece vínculos íntimos entre el recuerdo, el sentimiento y el pensamiento. El resultado de este proceso es una escritura tan personal -como no podía ser de otro modo- como original, que le ha valido la distinción, convocada por el Ministerio de Cultura y que lleva aparejados 40.000 euros. Desde esa destilación de lo vivido y lo fabulado en escritura, Atxaga ha compuesto una obra que constituye una «contribución fundamental a la modernización y a la proyección internacional de las lenguas vasca y castellana». Lo ha hecho «a través de una narrativa impregnada de poesía en la que ha combinado de una manera brillante realidad y ficción», añade el fallo, y en la que destaca su obra Obabakoak, de 1988.

Aquel libro cogió por sorpresa a no pocos lectores y a su propio autor, que se vio reconfirmado en su arriesgada decisión anterior de dejar un trabajo seguro en una sucursal -«ya no soportaba trabajar en un banco», declararía cuando Obabakoak cumplió 25 años- y lo colocó ante un público que, en muchos casos, descubría que también se escribía en euskera. También lo condenaría a responder eternamente -«Me deben de haber hecho esa pregunta unas 800.000 veces»- a por qué escribía en una lengua minorizada: «Existe un 1 %, incluso dentro de la literatura, de gente que piensa, que razona. Pero también un 99 % restante que vive muy cómoda con sus estereotipos, que son como sillones mentales». «Al menos hay dos corrientes culturales y políticas. Hace mucho tiempo se impuso la corriente de literatura en una sola lengua y hay otra, que se ha notado últimamente por ejemplo en el Instituto Cervantes, que es la de que la literatura en España es plural. No solamente estoy de acuerdo con esta segunda corriente, sino que creo que me ha favorecido», declaró, según Efe, al poco de conocer la concesión del Premio Nacional. «El que diga que prefiere la monocultura que se vaya a vivir a un bosque donde solo haya pinos», ha añadido.

Atxaga ha combatido, con sus armas, que son las de la literatura, ese estereotipo. En su caso, el escritor se sitúa en el centro del mundo que crea, derribando las fronteras convencionales de la realidad -no en vano en el 2014 la Asociación de Escritores en Lingua Galega lo nombró Escritor Galego Universal- y estableciendo una nueva. Lo prueba la radical originalidad de Obabakoak, que se ha visto correspondida con su traducción a 26 idiomas, lo que le ha permitido ganar lectores en Japón o Egipto.

Aquella fluidez entre los anaqueles de la imaginación que Atxaga -cuyo verdadero nombre es José Irazu Garmendia- se reflejaba en la estructura a modo de puzle de Obabakoak, que reeditó en Días de Nevada, fruto de una estancia del escritor en Reno, uno de los estados norteamericanos con mayor vinculación con la diáspora vasca. Allí se encontró con las huellas del boxeador Paulino Uzcudun, un «fantasma» que lo ha acompañado desde la adolescencia, y que acabaría por entrar en el libro. 

Esa confluencia entre personajes que provienen de mundos rurales, tradicionales, y otros escenarios en teoría alejados -«Es una simplicidad propagandística pensar que lo rural y lo urbano son compartimentos estancos», defiende Atxaga-, como también la diversidad de géneros -cuento, ensayo, biografía...- que conviven en Días de Nevada. También revelan la tensión contra el cliché, incluso aquel que le granjea incomodidades. El autor ha defendido propuestas como la de la «ciudad vasca» frente a la noción del «pueblo vasco», una convivencia basada en los pactos sociales y no en los esencialismos, una posición que no siempre fue bien interpretada desde perspectivas ideológicas diferentes.

En este sentido, Atxaga también convivió con lo que fue el «peso tremendo» del tema de ETA -que aparece en su novela Un hombre solo-. «Los escritores, la literatura... con perdón, todos somos aquí un poco diferentes, unos hemos tenido más presión que otros, por decirlo suavamente. Para mí sí ha sido un cambio grande», recordaba en el 2014, cuando ya se podía hablar del fin de la banda terrorista. «Para otros supongo que no: ni tenían presión, ni la pretendían, ni se la hicieron, ni se la buscaron. La historia se contará de muchas maneras, pero aquí algunos hemos tenido mucha presión y otros muy poca. Para mí ha sido una liberación», añadía.

Atxaga no ha esquivado esos temas, desde la lucha armada o la tortura, temas por los que recibió muchas presiones, «de muchos lados, mucho tiempo». El fin de la violencia le ha aportado cualidades necesarias para escribir, como una mayor facilidad para aislarse y concentrarse. Factores que encuentran a un Atxaga distinto a aquel que deslumbró con Obabakoak. «Cada libro empiezo desde cero. No miro hacia atrás. Y ya no me gusta tanto mostrar los andamios. Hoy huyo de esa exhibición juvenil y procuro ser más sutil», admite. Eso sí, hay algo que no ha cambiado: «Tienes que seguir tu propia nariz».

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