María Magdalena, la santa del MeToo

La historiadora Manuela Mena investigó la iconografía de esta figura en el arte, desnuda, muy bella, que la Iglesia reivindica ahora como mujer en pie de igualdad con los apóstoles

Detalle de una de las primeras versiones de Tiziano de la «Magdalena penitente» (circa 1530), un óleo que se conserva en el florentino palacio Pitti. «Noli me tangere» (c. 1525), de Correggio, y «Magdalena penitente» (1641), de José de Ribera, ambas obras forman parte de la colección del museo del Prado
Detalle de una de las primeras versiones de Tiziano de la «Magdalena penitente» (circa 1530), un óleo que se conserva en el florentino palacio Pitti. «Noli me tangere» (c. 1525), de Correggio, y «Magdalena penitente» (1641), de José de Ribera, ambas obras forman parte de la colección del museo del Prado

Redacción / La Voz

María Magdalena no es una santa al uso. Y eso se percibe especialmente en el modo en que ha sido representada por pintores y escultores. Desnuda, pelo rubio, bellísima, prostituta, digna, en pie de igualdad con los apóstoles, con una gran personalidad, tratando casi de tú a tú a Jesús. «Es única», refrenda la historiadora Manuela Mena (Madrid, 1949), jefa de conservación de la pintura del siglo XVIII y de Goya del Prado. A sugerencia del profesor Francisco Calvo Serraller, Mena investigó su figura y su evolución en la iconografía, y este jueves (20 horas) expone sus conclusiones en la sede coruñesa de la Fundación Barrié, donde inaugura un nuevo ciclo de conferencias promovido por la Fundación Amigos del Museo del Prado -Porque me has visto, has creído. El Nuevo Testamento en el arte- y que el crítico madrileño dejó planificado poco antes de su fallecimiento, del que se cumple un año el próximo día 15.

Podría bien ser la santa del movimiento feminista MeToo, y, de alguna manera, en su condición tan actual, la Iglesia la reivindica en los últimos tiempos -a partir de 1996, pero sobre todo con el papa Francisco- en un esfuerzo por dar de nuevo importancia a los casos de santidad femeninos. También están el pecado y el valor de la redención, pero «pesa más eso de ver cómo una mujer está al lado de los apóstoles, una mujer importante, la primera persona en el mundo a la que se aparece Cristo salido del sepulcro, que elige para manifestarse ya resucitado a una mujer», ensalza Mena.

«Un valor muy moderno»

Una mujer con esa fuerza, con esa personalidad, con su pasado vital, emancipada… «Es un valor muy moderno, muy actual. Sí. Su historia me pareció fascinante -admite la estudiosa-. Además, observándola, se va viendo cómo cambian las cosas políticamente a lo largo de la historia y cómo los artistas están dentro de esa percepción cambiante, reinterpretándola».

Su desnudez es un hito especial en la pintura religiosa. Hay alguna otra santa que, en el martirio, aparece ligera de ropa, «pero nada como la Magdalena, que incluso va más allá de la desnudez al mostrarse medio tendida, con la mirada hacia arriba y la boca entreabierta, sugiriendo otras cosas», anota. De hecho, ella misma es una invención magistral. Su figura es acuñada en el siglo VI d.C. por el papa san Gregorio, que en una homilía funde tres mujeres que aparecen en los Evangelios: «María, la hermana de Marta y Lázaro; María de Magdala, una mujer bastante rica; y una prostituta que no tiene nombre de la cual Jesucristo expulsa siete demonios», reseña Mena, que señala que, a partir de ese sermón de Gregorio Magno, serán una sola, sobre todo, la mujer prostituta y arrepentida, a la que llama María Magdalena.

No es hasta el siglo XIII cuando se consolida de la mano del obispo de Génova Jacopo della Voragine y su obra La leyenda dorada, que compila relatos sobre santos, realmente leyendas, y entre ellas la de la Magdalena. «La hace llegar desde el norte de África por mar hasta Marsella, y allí empieza a convertir personas, como si fuera uno más de los apóstoles, apóstol de apóstoles, como la llama Jesucristo en unos evangelios apócrifos. Hay ahí una relación muy intensa entre Magdalena y Jesús -subraya la historiadora-. En algunas miniaturas aparece ella predicando a los apóstoles. Predica a todo el mundo y se erige en una santa fundamental, que muere y es enterrada en el sur de Francia, donde se conserva su reliquia más importante, la cabeza».

Cuando dejó de predicar, vivió treinta años retirada como eremita, haciendo penitencia, y perdió toda su belleza. «Es entonces cuando la iconografía la convierte en una mujer bellísima, la prostituta retirada para orar en el desierto, la santa que aparece como eremita perdiendo toda su belleza y representada casi desnuda». Esta iconografía se fragua en el siglo XVI con Tiziano y en el XVII con Caravaggio, Rubens, el Greco… Tiziano, subraya Mena, es el que «la muestra de una forma muy atractiva para el señor veneciano que quiere tener en su casa, en el oratorio, una imagen religiosa pero que al mismo tiempo le recuerda otras cosas, sobre todo esa belleza femenina tremenda».

La «Venus cristiana» y el martirio de San Sebastián

Hay otras iconografías de María Magdalena que evitan una desnudez tan atrevida y que responden a que el personaje concita figuras distintas del Evangelio, «la de la prostituta, la de la mujer que en un convite ungía con los ungüentos más especiales los pies y el pelo de Jesucristo, María de Betania, la María que junto a la Virgen está a los pies de la cruz, que se la representa vestida de rojo y con un vaso de perfumes, y la mujer primera a la que se aparece Cristo resucitado», enumera Manuela Mena. Son las imágenes que fundamentalmente uno puede hallar en un templo de culto.

«La desnudez no está pensada para ser exhibida en iglesias -incide la historiadora-, pero sí va al altar de un oratorio, para disfrute privado pero con unos usos religiosos. La desnudez es así parte de una demanda del propietario que encarga la obra, pero también una opción del artista que imagina así a la mujer retirada en el desierto, sin alimentos ni vestidos». Esa Magdalena que, por tales razones, ha sido apodada la Venus cristiana. Hay en la representación de la figura una clara exaltación de la belleza, pero, ahonda Mena, «es algo que ocurre también en la imagen de san Sebastián, por ejemplo, ese hombre desnudo, bellísimo, como un Apolo antiguo, con las flechas cruzándole el cuerpo en torsión, asaeteado, y que aparte de su santidad tiene un atractivo sexual evidente. Son casos bastante paralelos», concluye.

«María Magdalena: una “venus” cristiana»

Sede coruñesa de la Fundación Barrié (jueves 7 de noviembre, 20.00 horas).

La historiadora Manuela Mena inaugura el ciclo «Porque me has visto, has creído. El Nuevo Testamento en el arte», organizado por las fundaciones Barrié y Amigos del Museo del Prado.

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