Lev Tolstói, entre la filosofía, el aforismo y la predicación

Traducida por Selma Ancira, el sello Acantilado rescata la obra última del gran autor ruso, «El camino de la vida», una pieza testamentaria inédita hasta ahora en castellano

Retrato en color de Lev Tolstói en la propiedad de Yásnaia Poliana, realizado por Prokudin-Gorskii en mayo de 1908
Retrato en color de Lev Tolstói en la propiedad de Yásnaia Poliana, realizado por Prokudin-Gorskii en mayo de 1908

Redacción / La Voz

Lev Tolstói (Yásnaia Poliana, 1828-Astápovo, 1910) era hombre de abarcarlo todo, no solo en su literatura, también en su vida, una persona apasionada, tormentosa, intensa, nunca de medias tintas, que a lo largo de sus procelosos días atravesó severas crisis de fe. Pasó por todas las fases, y en su última época se entregó a la filosofía, tras el secreto de una buena existencia, que además quería transmitir a los demás, al pueblo. Ese es, por ejemplo, el motor de El Evangelio abreviado, un proyecto que desnudaba las trampas de la religión y la Iglesia, que quería ahondar en el verdadero mensaje de Cristo, que consideraba socialmente útil. Despojaba así las escrituras de lo que consideraba tergiversación interesada y dogma.

Ese es en buena medida el Tolstói que el lector hallará en El camino de la vida, obra de publicación póstuma -apareció en 1911, unos meses después del fallecimiento del autor de Guerra y paz en la estación ferroviaria de Astápovo-, con carácter nítidamente testamentario, inédita en castellano y que ahora rescata Acantilado de la mano de Selma Ancira. Y nadie mejor que la traductora mexicana, quien conoce muy bien el universo del genial narrador ruso, del que, por cierto, preparó la monumental edición de su correspondencia y de sus diarios. Ancira advierte de que el libro es su «último trabajo de amplia envergadura y largo aliento» y que el propio autor lo consideraba la expresión más completa de su pensamiento religioso y moral.

«Lo que se debe hacer»

«Para que el hombre pueda llevar una vida de bien, es necesario que sepa lo que debe y lo que no debe hacer. Para saberlo, debe entender qué es él mismo y qué el mundo en el que vive». Con este indisimulado ánimo pedagógico inicia Tolstói el breve prolegómeno que abre El camino de la vida, una obra en la que pretende condensar el pensamiento de «los hombres más sabios y más buenos de todos los pueblos». Porque, a su entender -anticipándose de algún modo al mitólogo estadounidense Joseph Campbell-, más allá de sus procedencias, culturas y religiones, todos coinciden en lo esencial, también «en lo que a cada ser humano le dicen su razón y su conciencia».

La naturaleza de este libro de Tolstói resulta, a priori, un tanto ajena al lector de hoy. Hay que entender que el escritor pretendía reunir el pensamiento de los grandes sabios, ya fueran Confucio, Lao-tse, Emerson, Epicteto, Marco Aurelio, Buda, Pascal, Kant o el Evangelio, algunas de sus principales referencias. Y para ello no duda en recopilar frases, ideas, sentencias y expresiones extraídas y anotadas de sus más variopintas lecturas, incluso de los almanaques (de ahí la forma que le da en 31 capítulos que evocan los días del mes). Muchas veces se olvida de consignar la procedencia o el autor de estos aforismos, otras los recicla, los toma de traducciones dudosas... Le da igual, porque él solo quiere viajar hacia el corazón del pensamiento para llevarlo hasta sus paisanos, como si fuese un predicador, y que estos puedan perfeccionar el desarrollo de su espíritu. Como ejemplo, un proverbio que incluye en el día décimo dedicado al mal de la avaricia: «La riqueza es un pecado muy grande a los ojos de Dios; la pobreza lo es a los ojos de los hombres». La hondura moral y la sencillez con la que habla Tolstói pueden con cualquier prejuicio que sitúe como anacrónica la intencionalidad del libro. La sapiencia y la pasión que ponía el autor de Anna Karénina en su escritura y su obra -y su poderosa voz- elevan El camino de la vida a pieza mayor de la literatura.

Y especialmente interesante resulta este volumen para quien quiere saber más sobre quién es ese joven universitario juerguista, urbanita de vida licenciosa agobiado por las deudas de juego, soldado que tienta a la muerte en la guerra, literato de éxito, que se transforma en frugal vegetariano, renuncia a las relaciones sociales, reniega del artificio de la novela, se vuelca en mejorar la vida de las clases oprimidas, aboga por un cristianismo anticlerical que debe refundar la concepción religiosa, y se convierte en un moralista que juzga frívola la ciudad y se entrega a una existencia en contacto con la naturaleza. La complejidad de esa metamorfosis halla su fundamento en estas hermosas páginas.

El camino de la vida llega este miércoles a las librerías.

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