Otoño de 1935, la travesía gallega del gran narrador argentino Roberto Arlt

El escritor reportó a un periódico bonaerense las historias de las gentes y los pueblos de Galicia y España

El escritor Roberto Arlt
El escritor Roberto Arlt

Buenos Aires / E. La VOz

Tan criticado por su forma de escritura basta como alabado por la pureza de sus textos, Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) alcanzó el título máximo para un escritor: el reconocimiento. El autor de novelas como El juguete rabioso o Los siete locos se embarcó en el barco Santo Tomé el 14 de febrero de 1935 con destino a España. En una aventura apasionante con el fin de radiografiar a la sociedad española, describir los lugares y disfrutar de las festividades para reportar sus impresiones después al diario bonaerense El Mundo (1928-1967), el genuino periodista alcanzó tierras gallegas en septiembre de ese mismo año.

El viaje de Arlt se recoge en el libro Aguafuertes españolas, aunque, además del paso por la Península y Canarias, también visitó el norte de África. Entre tantos lugares que retrató con lápiz, papel y fotografía, el novelista comenzó, ya en zona peninsular, por relatar las formas de vida del sur, que después contrastaría con las diferencias del norte. Durante el periplo, además de la visión de quien acude a un territorio diferente pero con la misma raíz cultural, aflora la percepción de lo que estaba a punto de suceder en el país, y que finalmente desembocó en la Guerra Civil.

El 19 de septiembre de 1935 se publicó en el diario la primera pieza del cronista en Vigo. El último relato que apareció en el periódico, antes de continuar su trayecto por rutas asturianas, fue el 3 de noviembre. En ese mes y medio, Arlt se dedicó a describir en 27 textos las peculiaridades de una tierra singularmente conocida en su lugar de origen, debido a las descripciones de los inmigrantes, y a los ciudadanos gallegos, a quienes entre otras dedicó las siguientes líneas: «He insistido en que me llamaba la atención la seriedad del gallego, pero la seriedad a la que me refiero no es la del ceño fruncido, sino esa gravedad reflexiva, disuelta en la expresión del semblante, por el hábito de la meditación». 

VIGO

La ciudad impoluta. Al entrar en la ciudad percibe el abrumador cambio, puesto que venía de visitar en esos días a los gitanos del Sacromonte. «Ambulo, doy vueltas; paso al Vigo antiguo; observo cómo la gente charla, y en realidad estoy buscando la razón de ese contraste social tan enorme que Galicia ofrece con Andalucía. Porque la ciudad andaluza, en sus barrios obreros, está atestada de basura, y aquí, en Galicia, los barrios obreros son limpios». Sin denostar la idiosincrasia del sur, escribió sobre el territorio, donde quedó fascinado de una manera peculiar. 

PONTEVEDRA

Triste y solitaria. «Pontevedra es triste y solitaria a pesar de sus recovas antiguas, en las que retumba el mazo de los toneleros, mientras los cordeleros, inclinados en sus cuevas, entretejen las mallas de las redes». 

SANTIAGO

Taciturna y medieval. «Digo que Santiago de Compostela enfría el corazón. Calles oblicuas y en pendiente con nombres taciturnos: Angustia, Lagarto, Pescadería Vieja, Ánimas, Sal-si-puedes, Calderería. El Pórtico de la Gloria sorprende tan inesperadamente al visitante, que este se detiene, dudando si es posible que dos manos de carne terrestre hayan labrado tal masa de mármol. El Pórtico de la Gloria…». 

A CORUÑA

Cafés abarrotados. «Un Madrid pequeño, vivaracho, cosmopolita, cuya jovialidad contrasta rudamente con la reposada gravedad de Vigo, y el taciturno empaque de la Compostela medieval. Desde las once de la mañana los cafés se abarrotan de personas. Las muchachas pasan hacia las playas. A la una y media de la madrugada aún se pasea por la calle Galán y, sin embargo, corre una brisa fresca que recuerda nuestros días otoñales».

El narrador argentino empatizó con los gallegos que habían cruzado el charco, sintió la melancolía que debían sentir quienes abandonaron su casa y a los pocos días del transcurso de su travesía por la región escribió: «Cómo se les ha de encoger el corazón cuando, en un momento de soledad, se acuerdan de estas aldeas tan bonitas, tan envueltas en cortinados verdes, y cuando se acuerdan de la caída de la tarde, y del sol en el río, y de las voces de las gaitas, y de los bailes en los calveros, y de las vacas que atadas con una cuerda llevaban a beber a un río, y de los viñedos tan tupidos, y de sus casonas suspendidas sobre los abismos…».

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