La genial neurosis de Quevedo, según el psiquiatra Luis Ferrer

El médico ofreció una conferencia magistral sobre el escritor


A coruña / la voz

Al genio superlativo de Francisco de Quevedo le dedicó su tesina el psiquiatra Luis Ferrer i Balsebre en los años 80 y este jueves, a medio camino entre el desapego clínico, el rigor investigador y la pasión por el personaje, pronunció el médico una conferencia en A Coruña que remató bajo una foto de la tumba del escritor -«dos tibias, un húmero y seis vértebras»-; los versos finales del celebérrimo poema de amor -«su cuerpo dejará, no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado»- y el aplauso cerrado del público que lo escuchó en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Galicia, muchos de pie y no pocos entregados al envolvente recitado de media docena de sonetos con que Ferrer fue hilvanando el relato.

Terminó también con el análisis de la misoginia irreductible de un hombre que vivió a caballo de los siglos XVI y XVII, que teniendo casa y señorío «durmió toda la vida en prostíbulos y lupanares», que huyó de un matrimonio convenido, que pasó años amancebado con la prostituta Ledesma y que, entre feroces críticas «a todas las edades y apariencias femeninas», escribió «mujer que dura un mes se vuelve plaga».

Porque en la misoginia de Quevedo observa el psiquiatra una continuación, o la más clara expresión del cisma que quebró la existencia del gigante del Siglo de Oro, criado en palacio entre nobles, pero sin serlo, tullido y desbocado por «una pulsión irrefrenable» que lo hará descarrilar como matón de taberna, canalla indomable que se satiriza a sí mismo, tan cruel con la espada como con la tinta, «cómo sería -cuenta Luis Ferrer- que acaba comprando la casa de Góngora para desahuciarlo cuando Góngora ya era anciano, para dejarlo en la calle y quemarle los muebles».

En Quevedo «la mujer idealizada (él escribe de Isabel de Portugal, la mujer de Carlos I) es tan brutal que esa idealización la hace inalcanzable y entonces solo se da al amor degradado», entiende el psiquiatra, que señala el posible influjo de la madre en su misoginia. La madre que antes de morir entrega sus ahorros para comprar al hijo un señorío que lo aproxime a la nobleza pretendida. «Es algo que vemos en la clínica -sostuvo Ferrer-: cuando hay Edipos muy potentes es fácil que deriven hacia la prostitución o la homosexualidad».

A Quevedo le tocó en suerte levantar acta de una época que comprendió tres reinados (los Austrias menores, Felipe II, III y IV) y resultó «tan fascinante y contradictoria como él mismo». Marcada por el fanático catolicismo de la Contrarreforma y la Inquisición, fue la época del «rey planeta», el mismo rey pasmado que delegó en un valido porque sus saltos de cama en cama no le dejaban tiempo para gobernar, la época en la que no había un palmo de tierra en el mundo sin una tumba española, y otro valido, el duque de Lerma, inauguraba la corrupción política a golpe de pelotazo inmobiliario. De esa época, y perseguido por la angustia y el sentimiento de culpa, dio cuenta el neurótico Quevedo, que llegó a vivir dos meses bajo el campanile de San Marcos de Venecia disfrazado de mendigo para salvar el pellejo, el poeta afilado que sufrió cárcel, eminente teólogo, ducho en 16 lenguas, perfecto conocedor del alma humana, la obsesión que habita en su «Soy un fue, y un será, y un es casado».

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