Manuel Vilas: «La alegría es un sentimiento superior a la felicidad, más atávico, primitivo»

El escritor se proclama finalista del Planeta con una novela sobre la búsqueda vital de un hombre de mediana edad

Vilas, durante su intervención en el premio Planeta
Vilas, durante su intervención en el premio Planeta

Barcelona / Enviado especial

Manuel Vilas (Barbastro, 1962) ha sido finalista del Planeta con una novela sobre un hombre de mediana edad titulada Alegría, un concepto que, advierte, difiere del de la felicidad. «La novela narra la maduración de un hombre en torno a la búsqueda del significado de la vida. En la juventud no te preocupa, vives y ya está. Pero a partir de los 50 te haces estas preguntas. Y se da cuenta de que el sentimiento que mejor determina lo que es la vida es el de la alegría, que a mi juicio es mejor que la felicidad, que es algo muy social, algo muy vinculado a las redes sociales, esos estados de maravilla. Pero la alegría es un sentimiento superior, más atávico, primitivo, que viene de la contemplación de la naturaleza, de la relación del cuerpo en movimiento con el mundo», reflexiona.

-Felicidad tiene un antónimo claro, infelicidad, pero los opuestos de alegría son más complejos.

-Tienes más dificultades para encontrar antónimos. También es verdad que a mí me gustan los títulos de una sola palabra. Alegría es una palabra que suena tanto en español y al ser también poeta las palabras me entran por el sonido. La historia que quería contar es la de un hombre que busca desesperadamente la alegría, que en todo lo que ve necesita encontrarla. En un mundo donde reina la desesperación colectiva, como es el actual, recordar la existencia de sentimientos como un patrimonio moral de la gente frente a tanta agresión política, me parecía importante. Vivir es un éxito, partamos de ahí. Ese es el mensaje.

-Ha mencionado esa dimensión colectiva. ¿Su personaje encarna ese momento social?

-Sí, creo que estamos en un momento bastante terrible. Hay otra palabra también, que es desmoralización. Vivimos un momento de desmoralización de las clases medias y tiempos, sobre todo en España, de una mediocridad política importantísima. Ya no hablo de izquierdas o derechas. La ciudadanía no siente que sus problemas se solucionen a través de la vía política.

 -Reivindica también el humor, que no es tanto una manifestación externa de jovialidad, sino un mecanismo de autodefensa.

-Es un mecanismo de autodefensa y de inteligencia. Yo con el humor siempre me entiendo bien. Es una mano tendida al otro, una forma de comprendernos, de parar las agresiones. Es importantísimo. Este es el país de Cervantes y de Berlanga, tengámoslo presente, porque nos puede ayudar un poco, y más en los dramas últimos que vive la sociedad española. La políca no sabe traer a la cultura para desenredar todo el horror que tenemos. Convendría que tuviéramos políticos que hubieran leído más literatura española y que hubieran visto cine español. Da igual de izquierda o derecha, pero tendrían que ver cincuenta veces El verdugo, de Berlanga. A ver si se dan cuenta, en fin, del humor y de cómo es este país. Los políticos de los 80 tenían más cultura. Leían más libros o veían más cine. Pero cuando oyes hablar un político te das cuenta de que no ha leído nada, no sabe nada.

-Su anterior libro estaba muy centrado en su familia, y aquí también hay una presencia importante. Y, al contrario de la famosa frase de Tolstoi y las familias felices, aquí lo emparenta con la alegría.

-Lo que hace Tolstói es poner a la familia como centro del discurso literario. Yo eso lo hice en Ordesa y lo hago con Alegría. Lo hago por una cuestión muy fácil de entender: creo que es el sitio donde el capitalismo tiene dificultades para entrar. Donde las relaciones humanas no están presididas bajo la idea del interés. En cualquier otro tipo de relaciones son mercantiles, las profesionales, incluso las sentimentales o de amistad. Muchas veces la amistad son coincidencias en los intereses. Yo quería ver el sitio donde es puro todo. Evidentemente, también hay familias trágicas, pero quería ver esa fuerza biológica de padres y madres hacia sus hijos, primitiva, atávica, que hace que el capitalismo no pueda entrar ahí. Aquí no compramos ni vendemos, solo estamos.

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