Adiós a Harold Bloom, el crítico literario que consagró el canon occidental

Su defensa a ultranza de la hegemonía de Shakespeare dejó en la sombra otras literaturas del mundo, entre ellas, la española, donde solo ensalzaba a Cervantes

Bloom, en un momento de una entrevista con Christa Whitney realizada este mismo año en New Haven
Bloom, en un momento de una entrevista con Christa Whitney realizada este mismo año en New Haven

Redacción / La Voz

Gran azote del canon occidental, el crítico Harold Bloom dedicó buena parte de su vida a demostrar y difundir la asombrosa superioridad de la obra de Shakespeare y, de paso, la cultura anglosajona. Con el convencimiento de que tal imperio era flagrante, en su amplia producción, marginó conscientemente a otras literaturas, en especial las que pertenecen a lenguas minoritarias o eran ajenas a su gusto y conocimiento. La misma literatura española salió mal parada de sus clasificaciones, antologías y ránkings, como el popular El canon occidental (1994), lista que incluía a los mejores 26 autores que más allá de Cervantes -al que, con Dante, situaba cerca del dramaturgo de Stratford-upon-Avon- solo dejaba en el español espacio para Borges y Neruda. La criba daba paso a únicamente cuatro mujeres (Jane Austen, Emily Dickinson, George Eliot y Virginia Woolf) pero también dejaba nombres que entonces sorprendieron como Montaigne, Samuel Johnson o la propia Eliot, y que hoy nadie osa discutir.

Lo que no puede negársele a Bloom, además de su brillantez y su erudición, y su fenomenal pluma, es su capacidad para la divulgación y para acercar a los clásicos al lector. Algunos de sus libros no solo se introdujeron en programas de estudios universitarios sino que también entraron en las nóminas de best sellers.

Bloom falleció el lunes a los 89 años en un hospital de New Haven, no lejos de la Universidad de Yale en que enseñaba (en la cátedra Sterling) y donde aún ofreció su última clase el pasado jueves, según dijo su esposa, Jeanne, a The New York Times, el rotativo que dio cuenta de su muerte.

Como buen neoyorquino hijo de judíos ortodoxos, no albergaba dudas sobre la hegemonía de los gigantes occidentales Shakespeare, Chaucer, Molière y Milton, blancos y hombres, reprochaban sus detractores, sobre escritores ensalzados por lo que tildaba de escuela del resentimiento, en la que englobaba a los que se posicionaban como multiculturalistas, feministas, marxistas, neoconservadores que, decía, traicionan «el propósito esencial de la literatura». En la polémica estaba cómodo.

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