Luis Ferrer i Balsebre: «Quevedo vivió en el cénit de la misoginia»

El psiquiatra realiza «la autopsia psíquica» del genial escritor


Redacción / La Voz

Francisco de Quevedo y Villegas (Madrid, 1580-Villanueva de los Infantes, 1645) es «un claro ejemplo de cuántas vidas caben en una vida sola», y aun así, pese a su brillantez, su existencia fue la de un hombre torturado. Como prueba de esta contradicción está el hecho de que constantemente durmiese y residiese en prostíbulos, de que su relación con mujeres se redujese prácticamente a las meretrices y de que, en suma, «vivió en el cénit de la misoginia». «¿Cómo entender entonces que le cantase al amor como le cantaba en su excelsa poesía?». Quien habla es el psiquiatra Luis Ferrer i Balsebre (Madrid, 1957), que reconoce que el gran genio del Siglo de Oro español le persigue desde hace décadas, cuando en los 80 le dedicó la tesina.

El próximo jueves pronunciará una conferencia sobre él, subtitulada Enfermedad, padecimientos y muerte. Será a las 19.30 horas, en la sede de la Real Academia de Medicina de Galicia, en la coruñesa calle Durán Loriga. En ella expondrá el fruto de sus investigaciones, a las que ha dedicado buena parte de los últimos tres años, enfrascado y decidido como está a escribir un ensayo sobre tan enjundioso asunto.

Quevedo era un auténtico calavera, un personaje sin escrúpulos, prosigue Ferrer. «Un broncas de taberna irredento, un espadachín imbatible, un putero, un jugador, un antisemita, un misógino... Sin embargo, también era alguien que tradujo al castellano a un buen número de clásicos, un alto consejero político, un fino espía, con una formación brutal en filosofía, filología, teología... En fin, un hombre que hablaba dieciséis lenguas», ensalza Ferrer i Balsebre.

Pero nació miope y tullido, patizambo, con unos pies deformes que lo convirtieron «en mofa y befa de todos en la corte». Ahí se halla el origen de que viviese atormentado por la pugna entre lo que era y lo que quería ser. Porque, aunque nació en palacio, su padre era el secretario de cuentas de la hermana del rey y su madre el ama de Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II. El joven Quevedo decidió firmemente ponerse a resguardo de esa angustia -arguye el psiquiatra- replegándose sobre sí mismo y entregándose a una afición furibunda por el estudio y la lectura. Un repliegue acrecentado, cuando aún era un niño, por la temprana muerte de su padre y de su único hermano. «Todo ello redunda en una estructura de personalidad muy neurótica, con unos rasgos obsesivos muy potentes», subraya.

El Quevedo canalla -matiza- aparece durante sus estudios en Alcalá de Henares, donde va constatando «la imposibilidad de construir su yo ideal. Se mueve entre nobles y reyes pero no es un noble. Busca el amor cortés, pero no lo alcanza». Es entonces cuando empieza a afilar su don para la ironía y la sátira, armas que emplea tanto contra sí mismo como contra los demás. «Más que pluma, lo que emplea es acero», certifica el investigador, que no se refiere precisamente a algunos de los lances con espada que acabaron con muertes y que lo obligaron a refugiarse con su amigo el duque de Osuna, virrey de Sicilia. Allí fue consejero, ministro de Asuntos Exteriores, espía... Y hasta se vio involucrado en la conjura española para tomar Venecia. «Se metía en todos los charcos», dice no sin asombro Ferrer, que recuerda cómo regresó a España y su vida fue un continuo peregrinar por cárceles, destierros y penas, porque Quevedo no se quedaba callado y ponía todo su empeño en la crítica y la denuncia de una gobernanza incapaz y deficiente que veía impávida cómo «el imperio se iba al tacho».

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