Peter Handke, un escritor tan arriesgado como incómodo

El premio Nobel acercará al público una obra compleja y un autor difícil y al que además persigue la polémica política desde su apoyo a Serbia en la guerra de los Balcanes

Peter Handke
Peter Handke

Redacción / La Voz

No es un autor cómodo Peter Handke (Griffen, Austria; 1942) ni tampoco de lectura fácil o complaciente, quizá el premio Nobel consiga acercar su literatura al público y aleje esa aura de autor de culto, más allá del personaje político conflictivo. «Es como si el trabajo que uno ha creado ahora quede expuesto a la luz», celebró ayer desde Chaville, población cerca de París en la que vive. «No soy un ganador, han confiado en mi trabajo pero no tengo madera de ganador», dijo para confesarse «en paz y tranquilo, con una extraña sensación de libertad, como si fuera inocente».

No es cómodo Handke como tampoco era cómoda la última galadornada austríaca, Elfriede Jelinek, que recibió la distinción de la Academia Sueca en el 2004. Quizá complejidad y oscuridad sean el sino de estos hijos menores de Thomas Bernhard, la gran figura de la literatura de este país en el siglo XX, que se erigió además en azote de Austria, a la que sentía como cárcel claustrofóbica cuyo pasado de connivencia nazi seguía pesando como una losa. No está la obra de Handke exenta de este legado de culpa. Al contrario, se halla bastante presente en sus preocupaciones narrativas.

Como Bernhard, es uno de los autores en lengua alemana más laureados y traducidos y que, curiosamente, han recibido un mayor reconocimiento editorial y de público en España (siempre en términos relativos). Ha escrito poesía, novela, viajes, ensayo, memoria, teatro, artículos periodísticos y hasta guiones cinematográficos y de televisión. Lo del cine —donde incluso ha hecho sus pinitos como actor— tuvo mucho que ver con que en 1966 conociese a Wim Wenders, con el que ha colaborado en filmes como El miedo del portero al penalti, Falso movimiento, El cielo sobre Berlín y —la última, en el 2016— Los hermosos días de Aranjuez, en la que se pone frente a la cámara, como también Nick Cave, cuya presencia ya cobraba relevancia simbólica en El cielo sobre Berlín. Handke dirigió además La mujer zurda, basada en su novela; El tiempo de la muerte, sobre un texto de Marguerite Duras y que también protagonizó; y La ausencia, con guion propio y en la que aparecía Eustaquio Barjau, su traductor al castellano por excelencia.

Aclamado ya tempranamente por su teatro de vanguardia —y en 1973 recibió el premio Georg Büchner, una especie de Cervantes a la alemana al que después renunció—, su escritura muestra una clara inclinación hacia el experimentalismo y un cuidado del lenguaje que hacen su literatura, si no perfectamente reconocible, un ejemplo de amor por la palabra. Como ocurrió con la novelista, poetisa y ensayista rumano-alemana Herta Müller (Nitchidorf, Timis, 1953), premiada en el 2009, una personal visión poética baña la lente con que trabaja Handke y resulta clave en sus ritmos, expresión y percepciones, como en su originalidad. Aunque en su caso su escritura quede más en la órbita de lo que en otro tiempo puso ser un pensador.

Como personaje público, no siempre fue bien comprendido, y causó polémica en los 90 su postura proserbia en las guerras de los Balcanes. Incluso le retiraron premios por su apoyo a Milosevic. Esto, sumado a otros malos entendidos, contribuyó a que Handke se fuera encerrando en su silencio. En el Ensayo sobre el cansancio (1989) ya apuntaba esta filosofía de observar y callar cuando aludía al arte de narrar como «la forma de hablar más generosa y que originariamente está más libre, casi siempre, de las opiniones del que narra».

Nacido en la región de Carintia de madre de la minoría eslovena y padre alemán, Handke es un viajero de los de antes, de los de soledades, cayado y bloc de notas, y esta vocación ha hecho crecer un vínculo con España que comenzó allá por 1972. En su obra el lector puede hallar textos en que se describen paisajes de Soria, la sierra madrileña, el pirineo catalán o Fisterra. Así ocurre en La pérdida de la imagen, Por la sierra de Gredos y Los hermosos días de Aranjuez. Su Ensayo sobre el cansancio (1989) lo escribió en Linares; el Ensayo sobre el jukebox (1990), en Soria; y la novela En una noche oscura salí de mi casa sosegada (1997) hace referencia a un poema de San Juan de la Cruz. Este idilio, así como lo que ha dicho en ocasiones sobre lo mucho que le ha dado la literatura castellana y, por supuesto, su obra, fructificó en la investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá.

El miedo del portero al penalti (1970), Carta breve para un largo adiós (1972), Desgracia impeorable (1972), La mujer zurda (1976), El chino del dolor (1983), La tarde de un escritor (1987), La ausencia (1987), Ensayo sobre el cansancio y El año que pasé en la bahía de nadie (1994) son algunas de sus obras más destacadas.

En España su editorial de referencia ha sido y es Alianza, pero otros sellos han visitado su obra como Nórdica, Alpha Decay, Alfaguara, Debate, Tusquets o Barral. En gallego, Sotelo Blanco publicó en el 2006 Don Xoán (contado por si mesmo) en traducción de Luis Fernández Rodríguez.

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