Gerardo Herrero atraca el banco de talento de Maribel Verdú en «El asesino de los Caprichos»

El director madrileño imagina a lo mejor que es cosa de niños reeditar a David Fincher en «Seven», pero su filme se queda en un producto desganado y falto de argumento

El actor Daniel Grao, el director Gerardo Herrero,  la productora Mariela Besuievsky y las actrices Maribel Verdú y Aura Garrido, este lunes en Sitges, donde presentaron el filme «El asesino de los Caprichos»
El actor Daniel Grao, el director Gerardo Herrero, la productora Mariela Besuievsky y las actrices Maribel Verdú y Aura Garrido, este lunes en Sitges, donde presentaron el filme «El asesino de los Caprichos»

Sitges / E. La Voz

Decir de Maribel Verdú que es un talento sin fin, una actriz que se ha sabido reinventar en más de treinta años de carrera para alimentar la pantalla con composiciones de personajes memorables, parece una obviedad. Este festival de Sitges le rinde tributo con el premio Máquina del Tiempo en atención a todo esto. Otra cosa es que el vehículo con el cual Verdú llega al festival barcelonés tiene algo más que el motor trucho.

En El asesino de los Caprichos, el realizador Gerardo Herrero nos quiere colar como cine de fórmula una buddy-movie de mujeres policía -la Verdú y Aura Garrido- en persecución de un ejecutor que asola los barrios altos de Madrid, donde roba a coleccionistas de los Caprichos de Goya -en la película tan fuera de frame que parecen viñetas de Forges- y los mata de forma exhibicionista, remedando negras imágenes goyescas. Supongo que Herrrero pensará que es cosa de niños reeditar a David Fincher en Seven.

Es de tal nivel la desgana con la que está dirigida, tan malo el montaje, tan lamentable el argumento donde tan pronto parece que la presidenta de la Comunidad de Madrid es una serial killer como se orquesta una especie de complot coral del Barrio de Salamanca. Qué más dará, qué le va a importar a estas alturas a Gerardo Herrero, este productor heroico, desprendido, generoso, este altruista que nunca ha estado pendiente de una subvención y que siempre ha primado a la cultura sobre su situación monetaria.

Nadie mejor que Herrero -adorado Robin Hood- para contarnos una de atracos. Aunque si para ello tiene que emborronar un homenaje a Maribel Verdú con esto llamado El asesino de los Caprichos... pues ya es otro cantar.

Orgía de gastronomía y violencia darwiniana extrema

Frente al foco y a la alfombra roja que este lunes ocupó esta nueva trapacería de Gerardo Herrero, tenía todas las bazas de pasar poco menos que en el anonimato la película vasca El hoyo, ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia.

Pero su propuesta -la de una cárcel atípica e infinita diseñada como una plataforma por la cual los alimentos van descendiendo en una gran mesa para ser banquete común, de forma que a los de abajo solo les llegan los desechos- logra sostenerse con cierta fuerza, más allá de sus bien evidentes valores de metáfora social. Y hay algunas intervenciones en medio de la orgía de gastronomía y violencia darwiniana extrema que parecen apelar directamente a este convulso octubre español.

Sion Sono, más allá del bien y del mal

Al japonés Sion Sono creo que no se le ha terminado de situar en el lugar que su obra merece. Quizás se deba mucho a las reglas indigestas y políticamente más que incorrectas de su cine que desafía a todos los órdenes establecidos y es una innegociable llamada a la insurrección y a cualquier convencionalismo.

Muy buena prueba de que Sono sigue en su trinchera subversiva la da The Forest of Love, cuyo título es justamente contrapuesto a lo que se desarrolla: un surrealista y descarnado grupo salvaje de hombres y mujeres entregados a rodar una película que ensalza a un estafador y cantante macarra de egomanía psicopática, un maltratador de seres humanos que -sin embargo- goza de su pleitesía.

En tiempo tan dado a banales películas sobre gurús o chamanes -en los 40 años de los asesinatos de Charles Manson y sus sangrientas groupies-, Sono es capaz de sublimar cualquier previsión y de viajar desde las raíces de un amour fou lésbico y adolescente hacia las ramas de una secta de adoración del hombre-chivo. Y ello, mientras la Quinta Sinfonía de Mahler nos eleva a los territorios donde este inclasificable y fascinante director japonés se mueve como nadie: en los dientes de sierra de las pasiones más allá del bien y del mal.

Mesianismo en la selva

También tiene como epicentro al líder chamánico todopoderoso de un grupo de campesinas sojuzgadas la cinta colombiana Luz, de Juan Diego Escobar. Sobre su mesianismo en la selva parecen querer apuntarse ecos de la ola evangélica que amenaza a todo el continente como nuevo poder ultraconservador o de la violencia de la espiral de la guerrilla y el terrorismo de Estado.

Pero las imágenes de Luz caen en un preciosismo innecesario y parecen aureoladas por una atmósfera de politeísmo bastante molesta y mal acompasada por esos clarinetes del quinteto de Mozart que desafinan en la floresta y en el llano violentos.

Escobar no es Sion Son. En puridad el japonés es criatura única, irrepetible, un rara avis que merece mimo y preservación, aunque este The Forest of Love, tan bárbaro y desasoegante, lo haya avalado Netflix, que ya compra hasta al Hombre del Saco.

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