El SOS frustrado de Miguel de Unamuno para impedir la Guerra Civil

El investigador Raimundo García Paz rescata una carta que evidencia la clara y activa posición del pensador bilbaíno en los prolegómenos del conflicto, anticipando los riesgos

Detalle de un retrato de Unamuno tomado en 1921
Detalle de un retrato de Unamuno tomado en 1921

Durante mi investigación sobre El apoyo gallego a Unamuno, cuando fue desterrado a Fuerteventura -que está próxima a publicarse-, la casa-museo del filósofo vasco en Salamanca me facilitó la correspondencia que le fue remitida por su letrado Ángel Ossorio y Gallardo. Posteriormente hallé reproducido parte del citado epistolario en un artículo titulado Cartas de cuatro juristas republicanos a Miguel de Unamuno, publicado en 1998 por Iciar Fernández Marrón, en los Cuadernos de la Cátedra Miguel de Unamuno.

Ahora que vuelve a la actualidad la figura depensador bilbaíno, con motivo del estreno de la película de Alejandro Amenábar Mientras dure la guerra, dos de aquellas misivas de Ossorio y Gallardo nos acercan al pensamiento del rector de la Universidad de Salamanca en los prolegómenos de la Guerra Civil. Con la primera de dichas cartas, su letrado le remite un borrador de manifiesto que aceptará Unamuno, cuyas palabras estremecen por la clarividencia con la que anticipaban los sucesos que estaban a punto de fracturar España.

Desconocido para el gran público, Ossorio y Gallardo fue abogado y político del máximo interés. Gobernador Civil de Barcelona en 1907, durante la Semana Trágica, dimitió de su cargo tras oponerse a la declaración de «estado de guerra» en dicha demarcación. Ministro de Fomento con Antonio Maura en 1919, diputado y fundador de un partido de inspiración socialcristiana, ejerció como presidente del Ateneo de Madrid durante la dictadura de Primo de Rivera, quien llegó a encarcelarlo. Fue embajador de la Segunda República en Bruselas, París y Buenos Aires. Decano del Colegio de Abogados de Madrid entre 1930 y 1933, resultó expulsado de esta institución en 1939 por «pertenecer o simpatizar con la masonería». Una decisión revocada por esta última corporación profesional en el 2015.

«Respetando el entusiasmo ardoroso con que los dos sectores políticos que tienen dividido al país mantienen sus respectivos idearios, somos muchos los españoles que presenciamos acongojados la feroz tendencia de la contienda». Así comienza la declaración que Ossorio le propuso a Unamuno el 25 de enero de 1936, cuyo texto prosigue en los siguientes términos:

«Los beligerantes amenazan con revoluciones, golpes de Estado, etapas dictatoriales, vacaciones de la legalidad y agitaciones sangrientas. Este desbordamiento de la intransigencia en el área de la política general, tendrá en cada pueblo repercusiones de venganza privada y de prurito destructor.

Sin ilusionarnos demasiado con que tenga éxito un llamamiento a la serenidad y a la cordura, queremos hacerlo a nuestros compatriotas y, de modo señalado, a quienes tienen la responsabilidad del mando de fuerzas políticas. Lo que nos atrevemos a proponerles es sencillo: que detengan la propaganda en los linderos de la veracidad, de la decencia y del Código Penal; y que se comprometan lealmente a sacar las consecuencias de la victoria y de la derrota dentro del orden jurídico y de los hábitos de la civilización, sin destrozar a la nación con un período de violencias recíprocas».

Como puede apreciarse, el texto constituía un llamamiento a la serenidad, la tolerancia en la campaña electoral y a que se aceptase el resultado de las inminentes elecciones de febrero de 1936, en el contexto de la legalidad republicana.

 «El Gobierno -prosigue exponiendo el llamamiento- podría coadyuvar a este empeño, no tanto con sus resortes coactivos como con su fuerza moral. Y si hay en España una corriente de opinión que estime los valores humanos, los postulados espirituales y la riqueza creada, hará bien en manifestarse frente a los extravíos de la pasión.

Vemos a nuestro pueblo amenazado de una tragedia devastadora. Alguien ha de dar la voz de alarma y pedir socorro. Lo hacemos nosotros por nuestro alejamiento de los intereses en pugna. ¡Ojalá no seamos los únicos en el propósito!

En la carta que acompañaba a este pre-manifiesto, Ossorio le preguntaba a Unamuno: «¿Le parecería a usted bien que un núcleo pequeño y selecto (Azorín, Hernando, Marquina, Menéndez Pidal, Américo Castro, Castillejo, Madariaga, Posada, Río Hortega, Marañón, Bolívar, Maluquer, Bastos, Tapia y algunos más) firmasen una declaración como la del texto adjunto?».

Aunque desconozcamos la respuesta de Unamuno a esta sugerencia, Ossorio le informó en una segunda misiva fechada el 8 de febrero de 1936, es decir, 14 días después: «Se prestaron a suscribir el documento, además de Vd., los señores Azorín, D. Teófilo Hernando, D. Pío del Río Hortega, D. Manuel Bastos y D. Gustavo Pittaluga».

Y finaliza el extracto que realizamos de esta última carta: «D. Américo Castro, a quien no sólo había pedido su firma sino la intervención para lograr las de los Sres. D. Manuel Pidal y Castillejo, se negó a todo ello en una carta muy amable […] D. Gregorio Marañón no sólo me dijo que no quería firmar sino que, en una carta muy razonada, me pidió que desistiera de publicar el documento. […] Esperé unos días porque daba mucha importancia a la opinión de los Sres. Ortega y Gasset y Marquina. Pero a pesar de los muchos transcurridos, ni uno ni otro me han dicho nada».

En esta situación y contando sólo con las firmas indicadas, pienso que no debemos realizar el acto que con tan noble intención habíamos concertado».

Según este último párrafo y el contexto general de la correspondencia remitida por Ossorio desde Madrid a Salamanca, Unamuno fue plenamente partícipe del contenido de la declaración non nata aquí reproducida. Asimismo, cabe deducir que el abogado y su cliente pretendieron aglutinar como signatarios al mayor número posible de intelectuales y científicos. El manifiesto representa, en suma, un SOS fatalmente frustrado para evitar los acontecimientos que se avecinaban. Pero nos ilustra sobre cuál era la filosofía con que Unamuno encaraba el que sería dramático año de su propia muerte.

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