El filme «In the Tall Grass», un buen Stephen King abre un festival de Sitges con sello Netflix

La película, dirigida por el realizador estadounidense-canadiense Vincenzo Natali, se podrá ver desde este viernes en la plataforma televisiva de «streaming»

El filme «In the Tall Grass», dirigido por Vincenzo Natali, adapta una obra del escritor estadounidense Stephen King
El filme «In the Tall Grass», dirigido por Vincenzo Natali, adapta una obra del escritor estadounidense Stephen King

Sitges / E. La Voz

A Stephen King le han correspondido las más variadas suertes en la interminable lista de adaptaciones de sus textos al cine y a la televisión. Comenzó por ver cómo sus textos se los rifaba la premier league del cine norteamericano de los años 70 y 80 -Stanley Kubrick, Brian de Palma, John Carpenter- para luego ir viniéndose a menos el currículo de los traductores en imágenes. Y para acabar, en muchos casos, en subproductos para la era de la televisión antes de que esta evolucionase hasta su actual edad de oro.

Esta 52.ª edición del Festival de Sitges inauguró este jueves con una de las más solventes conversiones del universo del escritor de Maine, In the Tall Grass. Será una de las contadas ocasiones para acceder a este macrocosmos de terror vegetal y mares de hierba en formato de gran pantalla porque el filme es una producción de Netflix, que tendrá su estreno este mismo viernes en la plataforma.

El modelo Venecia

En este sentido, en la línea de lo adelantado por el director del certamen, Ángel Sala, Sitges está por la flexibilidad ante los nuevos tiempos y formas de consumo -esto es, el modelo Venecia- y no por la batalla ideológica de Cannes. No en vano, alguno de los más esperados títulos del programa -como el estiramiento en cine de algunos de os personajes de la ya mítica serie televisiva Breaking Bad- y varios del concurso llevan sello Netlfix.

In the Tall Grass -desde la noche de este viernes en sus hogares- es la adaptación de la novela escrita a cuatro manos por Stephen King y su hijo Joe Hill en el 2012. Dentro del amplio espectro de fortunas corridas por el universo King en el cine es probablemente la mejor de las del género terrorifico de las llevadas al cine, al menos desde Cementerio de animales -en la versión de Mary Lambert- y Misery, de Rob Reiner. Y aún muy reciente el batacazo de la segunda parte de It.

Se interna la película -como sus cinco personajes- en un laberinto vegetal que no es el de Los niños del maíz -una de mis favoritas entre las producciones serie B sobre el escritor- y que parece remitir -sobre todo en su primera parte- a las atmósferas perturbadoras del M. Night Shyamalan de El incidente.

Ese espacio verde -el mar de hierba del que hablaba Elia Kazan- cobra vida propia, se adueña de los cuerpos y de las almas, de las leyes de la relatividad del tiempo. Y engulle a sus víctimas hacia su epicentro, una roca (o un monolito) bien asentada por Vincenzo Natali sobre las raíces del miedo.

Desde su eclosión como cineasta de culto con Cube -y la posterior y minusvalorada Cypher- apenas teníamos noticias de Natali. En realidad, de su capacidad para dominar las teclas el pánico ha venido rindiendo cuentas en los últimos tiempos en series del calibre de Hannibal y en la desigual pero interesante Westworld. Y aquí tenemos a Natali en In the Tall Grass -que es cine pero se consumirá en los domésticos sofás-, con Patrick Wilson como intermediario del Mal frente a los humanos en estas mansiones verdes de un horror tan bien filmado como -hasta cierto punto previsible- pero que es una más que digna inauguración para Sitges.

Stephen King ya no verá como se interesan por él los aristócratas del cine de este tiempo -los Paul Thomas Anderson, Tarantino o James Gray-, pero su atmósfera deudora de Lovecraft está bien digerida en In the Tall Grass y su plantación como mito ancestral del horror.

La última historia para no dormir

Se habló bastante, en su momento, de un proyecto inconcluso del gran Chicho Ibáñez Serrador, una nueva historia para no dormir que se le habría quedado en el tintero. Su hijo la ha retomado en Reality, que en realidad es solo un voluntarista proyecto que se sirve de la carátula de aquella serie que revolucionó nuestra televisión en blanco y negro para servir de pie a un breve relato apadrinado por Save the Children, en el cual el miedo generado por el amigo invisible del hijo de Belén Rueda es la carta urgente de denuncia de tantos niños como perecen en las gueras.

Y surgen testigos de lo que está sucediendo en Alepo, en el Congo o en Yemen no para sobresaltarnos con un latigazo de aquellos que con los que nos estremeció Chicho en sus relatos, sino como comprometido testimonio y recuerdo de los temblores que mudan la ficción en sangrante carne de informativo.

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