Penélope Cruz, agente cubana en «La red avispa» e icónico premio Donostia

El cine español, favorito para los premios que se otorgan hoy

Penélope Cruz
Penélope Cruz

San Sebastián

Creo que existe una coherencia sustantiva en el hecho de que el festival de San Sebastián -cuyo contrafuerte es, cada vez de forma más acusada, el cine español- haya seleccionado a Penélope Cruz como imagen icónica de su 67.ª edición. Pertrechado en su incontestable dominio sobre la industria de nuestro cine, el certamen reafirmaba ayer esa naturaleza con la actriz entronizada en el Kursaal. Lo hacía con La red avispa, el filme estimable e injustamente ninguneado del francés Olivier Assayas sobre un grupo de inteligencia cubano como quintacolumnista en Miami. Es un giro que define -como el pasado año lo hizo Todos mienten, a las órdenes del iraní Asghar Farhadi- el intento de Penélope Cruz por encauzar su carrera hacia rumbo autoral, a la vista de que la generosidad de Hollywood con ella, en términos de trabajos de verdadero prestigio, es perfectamente descriptible.

La franquicia de los piratas caribeños de Johnny Depp, los cameos en desastres como el remake de Asesinato en el Orient Express o los papeles de italiana postiza en Nine o como la Donatella Versace del American Crime de HBO, maquillan el lugar secundario que ocupa en el star-system norteamericano. Que no hace justicia a su fuerza expresiva, esa que exhibe para enriquecer el cine de Almodóvar. Ejerce Hollywood sobre Penélope un vampirismo poco fecundo para el desarrollo de su genio porque alimenta su perfil latino en jaula de oro, algo no muy diferente de lo que hace con Javier Bardem. A ambos les han dado un Óscar como carísimo alpiste -y no dejo de escuchar a los actores mejor pagados en Hollywood que admiran mucho a Bardem- pero EE.UU. pone plomo en las alas de ambos. Volver a Europa, retornar al cine sensible, sería una decisión sabia para ellos que viven -como los personajes de La red avispa- en tierra ajena con sus libertades creativas restringidas por el showbiz.

Ternurismo bobo

Nunca he comprendido las virtudes que algunos hallan en el cine de Daniel Sánchez Arévalo. Firmó una ópera prima salvable: AzulOscuroCasiNegro, por cuyo título debería pagarle derechos de autor Pedro Sánchez, ya que lo usa el socialista desde que se lo guionizaron en abril, de manera machacona, como gag supuestamente ocurrente, para describir la posición ideológica de Rivera. Luego una tragicomedia en short cuts, Gordos, de freakismo mal medido. Y después ya una ristra de estomagante cine de cursi culto a la institución familiar. Lo último que sabía de Sánchez Arévalo como cineasta es que dirigía spots de fuet.

No es buena noticia su reaparición en el penúltimo día del festival con Diecisiete. Anclado en sus grandes o pequeñas familias españolas, entiendo que debería conmoverme esta historia de dos hermanos, algo así como un rain man en clave de road-movie cántabra y con perro como epicentro sentimental. No me cansaré de repetir el aviso de un genio en el control de las emociones como Hitchcock: «Nunca ruedes con perros, con niños ni con Charles Laughton». Pero esto de Diecisiete va de buenrollismo -las feel good movies- y las palmas echan humo en este Kursaal que todo lo aplaude, antes y después. Confío en que Sánchez Arévalo vuelva a promocionar embutido.

Se festeja mucho Chicuarotes, horripilante ejercicio de dirección del excelente actor y mejor persona Gael García Bernal. Aunque en su drama suburbial, una secuencia utiliza como gag la violación de uno de los chamacos protagonistas por dos mujeres policía. ¡En el país donde la violencia homicida contra la mujer alcanza ruta de sangre irrespirable desde Ciudad Juárez al Yucatán¡

Todo apunta a que hoy, el jurado que preside Neil Jordan premie mucho al cine español. Es posible que les estimule como defensa de los derechos humanos el topo de La trinchera infinita. Confío en Bárbara Lennie y en Mercedes Morán. Que valoren el dolor honesto que exhalan La hija del ladrón o la alemana The Audition, con Greta Fernández y Nina Hoss. O el sentido del riesgo en la apariencia pequeña de las dos obras latinoamericanas, la mexicana Mano de obra, del debutante David Zonana, y la chilena Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, del siempre desafiante Jose Luis Torres Leiva.

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