Tributo al «novecentista» Donald Sutherland

El gran intérprete canadiense recibió uno de los premios Donostia en el Festival de San Sebastián, donde además presentó su último filme, «Una obra maestra»

Sutherland, este jueves en San Sebastián, en cuyo festival presentó «Una obra maestra», un «thriller» dirigido por Giuseppe Capotondi
Sutherland, este jueves en San Sebastián, en cuyo festival presentó «Una obra maestra», un «thriller» dirigido por Giuseppe Capotondi

San Sebastián

No hacen falta excusas para rendir homenaje a un actor inconmensurable como Donald Sutherland. El festival lo hizo ayer -le entregó uno de los premios Donostia de esta edición- y proyectó The Burnt Orange Heresy [Una obra maestra], una de esas tramas de crimen tan perfecto como endeble, que recientemente clausuró Venecia. Es verdad que Sutherland no ha tenido un buen envejecer artístico. Que su década de oro fue la de los años 70 en Hollywood. Y su figura aviesa y su perfil perturbador fascinaron al mismo tiempo a Fellini y a Bertolucci para los que fue en 1976, respectivamente, Casanova y Attila, quien pasa por ser la encarnación del rostro del fascista icónico en aquel fresco hoy irrepetible llamado Novecento. Desde esa cima, a medida que nos alejamos de ella, y sobre todo ya con el nuevo siglo, la industria lo ha relegado a papeles alimenticios hasta el punto de que los millennials a quien conocen es a su hijo Kiefer, siempre en frenética pose en la serie televisiva 24. A sus 84 años, el padre sigue en activo y nosotros lo recordaremos aplastando contra una pared la cabeza de un gato bolchevique y agonizando en un campo de la Toscana asaeteado por los partisanos.

La sección oficial desgranó también ayer su última baza. Y no negaremos que existe un alivio en el cese de hostilidades en que ha llegado a convertirse la competición de esta 67.ª edición. Hay ahora una patata más que caliente, encontrar una película de entre todas las vistas que tenga percha para una Concha de Oro. El filme que cerró el concurso, Rocks, lo firma la británica Sarah Gavron, autora de la temible Sufragistas. A la vista del populismo simplificador de esa referencia, la incursión de Gavron en el cine social de menores atribulados por el abandono familiar y la exclusión en Rocks se ve sin daños colaterales. Es algo así como un Ken Loach suavizado por la filosofía Sundance. Aburre lo justo, te genera distancia, la olvidas de inmediato. Hay mucho cine que borrar del disco duro de la sufrida memoria de estos ocho días de pasión donostiarra.

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