Ricardo Darín: «En Noruega quizá están contentos de pagar impuestos, pero allí un maestro gana más que un diputado»

El actor protagoniza junto a su hijo «La odisea de los giles», una película sobre el corralito que en Argentina ha batido en taquilla a Tarantino

EFE

Ricardo Darín (Buenos Aires, 1957) cuenta que «gil» en argot lunfardo es un término que se utiliza con ironía y que vendría a ser algo parecido a nuestro «pardillo», alguien ingenuo, confiado, que cree que jamás le van a hacer daño. La odisea de los giles, que en Argentina ha batido en taquilla a Tarantino, está ambientada en el 2001, cuando el corralito acabó con los ahorros de los ciudadanos, giles que tuvieron que quedarse de brazos cruzados. La venganza llega de manos de los habitantes de un poblacho de mala muerte, que reúnen dinero entre los vecinos para montar una cooperativa y el banco se lo birla. Cuando averiguan que sus dólares han caído en manos de un abogado que los esconde en una cámara secreta, emprenden la tarea de recuperarlos robando al ladrón. La película, programada en la sección oficial fuera de concurso, le permite a Darín trabajar por primera vez con su hijo, Chino, el más perseguido en San Sebastián estos días junto a su novia, la actriz Ursula Corberó.

-La odisea de los giles ha provocado una catarsis en Argentina.

-Ojalá fuera una catarsis. Esto es un cuentito, una fábula que puede ayudar a sentir cierta reparación emocional. De ahí a una catarsis. Los ciudadanos del mundo no somos muy respetados, siempre estamos soportando embestidas. Y uno acumula y acumula. Por eso estas historias inflaman el espíritu, porque es lo que sentimos todos.

-¿Cuáles son esas embestidas?

-Voy más allá de la autoestima, el amor propio y la dignidad, que también son pisoteados. Hay gente que perdió la vida en el corralito, ancianos que vieron desaparecer todos sus ahorros y sentían tanta amargura que se morían. Hubo exilios y se destruyeron familias.

-¿Todavía quedan giles en Argentina?

-Todos somos giles, en Argentina y en el mundo. ¿Vos cumplís las normas todos los días? ¿Pagas tus impuestos, el peaje de la autopista? ¿Por qué? En Noruega quizá están contentos de pagar impuestos, pero es que un maestro gana más que un diputado. Yo también los pagaría feliz allí. Nos enteramos de que un senador tiene treinta y tantos asesores y en dos años no presentó ni un proyecto. Estamos alimentando un ejército de incapaces, lo sabemos y nos reímos.

-Seguimos teniendo fe en el sistema.

-No lo sé. Nadie quiere alterar el orden. Cómo procesamos la información es fundamental. Nos olvidamos todo el tiempo de que nuestros gobernantes son nuestros empleados. Les pagamos el sueldo con nuestros impuestos. Deberían estar las veinticuatro horas del día velando para que nuestras vidas sean mejores, en cambio estamos detrás de ellos para ver si les pillamos en sus cagadas. Cambiar el sistema nos da miedo, mejor lo malo conocido.

-Las crisis financieras a lo mejor se explican mejor con una comedia así que con un sesudo documental.

-Todos queremos que nos cuenten un cuento bien contado, desde que nacemos hasta que nos morimos. Todo se reduce a eso. Y después está la comedia, no hay nada más difícil de hacer. Peter O'Toole decía en una película algo que se me quedó grabado: «Life is easy, comedy is hard» (la vida es fácil, la comedia es lo complicado).

-Ahora se cuentan muchas historias que no son verdad.

-Luchamos contra la inmediatez. Antes los datos se maduraban y cotejaban, ahora se multiplican de manera astronómica en las redes y no hay manera de frenarlo. Tú ahora dices que alguien es pederasta y ese tipo se va a pasar su vida tratando de limpiarlo. Aquello de «miente, miente, que algo queda» hoy es más verdad que nunca. El negocio más grande de nuestro tiempo es la información, quien la controla tiene el poder.

-Ha trabajado por primera vez junto a su hijo. ¿Qué ha aprendido de él?

-Tiene una procesadora de datos mucho más avanzada que la mía, adaptada al tsunami de información de los últimos tiempos. Ha nacido en esta era. Me ha ayudado mucho.

-Viene mucho a España a hacer teatro. ¿Cómo ve el país?

-Para el que llega a un país que no es el suyo, el foco de atención siempre está puesto en lo que funciona, sobre todo si viene de un lugar con carencias de ese tipo. No puedo dejar de reconocer respecto a España, o a las Españas de las que quiera hablar, que ustedes tienen una decena de puntos básicos mínimamente acordados: convivencia, salud, educación. No lo valoran porque están acostumbrados a eso, pero en otros lugares se tienen que conseguir. Veo los bares y comercios de Madrid atestados. Me llama la atención que todo el mundo está consumiendo.

Sylvester Stallone: «No dejo salir a mis hijas sin una flota de guardaespaldas»

María Estévez
EFE

Estrena a sus 73 años la cinta «Last Blood», la quinta entrega de la saga Rambo; pero el héroe de acción siempre pierde en casa: «Es imposible estar rodeado de cinco mujeres y no entender que vas a perder cada vez que abras la boca»

Sylvester Stallone es un actor incombustible. A los 73 años continúa rodando películas de acción. Dispuesto a estirar la historia de Rambo hasta su verdadera jubilación, Stallone estrenaahora Last Blood, la quinta entrega de una saga que empezó en los ochenta con Acorralado. Lanzada en 1982, la primera cinta presentaba un exsoldado de las fuerzas especiales marcado por sus experiencias en la guerra de Vietnam, que termina librando una enorme batalla de un solo hombre contra las autoridades en un pequeño pueblo al norte de California. La película fue un éxito de taquilla, recaudando 125 millones de dólares y conduciendo a una secuela en 1985, Rambo II. Después llegaría Rambo III en 1988. Tuvieron que pasar veinte años para que el director, actor y guionista retomara el personaje en John Rambo, una película tan violenta como divertida. Ahora llega «Last Blood», que presenta al personaje de Sly enfrentándose con los carteles mexicanos después del secuestro de su sobrina.

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