Adiós a Camilo Sesto, la voz que nos hizo morir de amor

El artista, que fue definido por algunos críticos como el Bowie español, se había convertido en las últimas décadas en el alma de la fiesta. Sus hits de los setenta ya son eternos


Camilo Sesto fue Dios, fue el primer artista español capaz de interpretar a Jesús en un musical cuando todavía, en el año 1975, los piquetes lo acorralaban a la entrada del teatro cada noche que iba a interpretar la ópera rock Jesucristo Superstar, junto a Ángela Carrasco y Teddy Bautista, el de la SGAE, que por cierto hacía de Judas. Camilo tenía ese cielo de las estrellas que brillan incluso cuando se vive en el infierno interior.

El artista de Alcoy, que falleció esta madrugada en el Hospital Universitario Quirónsalud Madrid a los 72 años, a causa de un fallo renal, no fue precisamente un niño bien. Era el menor de cuatro hermanos, su padre era electricista y desde su pueblo natal soñaba de niño con ser Joselito o jugar al fútbol. Claro que antes, y eso pocos lo saben, fue pintor. Y su natural inquietud por la estética lo dibujó muy pronto como un cantante peculiar, original y único, que llegó a cumplir los 70 años usando prácticamente la misma talla que de adolescente. Su personalidad andrógina y su aspecto delgadérrimo, su pelo largo, sus ojos azules y su piel de porcelana, lo modelaron ante la audiencia en un equilibrio de características masculinas y femeninas. Y esa excentricidad hizo que pronto se convirtiese en el David Bowie español. «Le ayudó, como a Miguel Bosé, el no tener vergüenza a la hora de ponerse la ropa que se ponía y de hacer las canciones que hacía», afirmó en una ocasión un guitarrista de su banda.

En esa primera época adolescente fue cuando formó en su tierra el grupo Los Dayson, en las que versionaba a sus admirados Beatles, y después llegó a Madrid, a los 17, donde grabó un disco con la banda Los Botines. «Era 1966 y a veces incluso podía comer pollo», confesó el cantante en una de las entrevistas que publicó este periódico. Los inicios no fueron fáciles, pero solo con volver a escuchar su primer éxito, Algo de mí, de 1971, se sabe que Camilo fue desde el primer día un clásico. Fue el artista que supo darle voz al amor (sobre todo al desamor), que él interpretaba con el desgarro del amante que lo vive en su propia carne. Camilo cantaba y sentía sus letras con la emoción a flor de piel, y eso enseguida le hizo descubrirse ante el público como un artista enorme, al que cayeron rendidos millones de fans, tanto en España como en Latinoamérica. Fue el primer español en conseguir un disco de platino, y hoy se estima que, con más de 40 producciones discográficas y gracias a su frenética actividad en las décadas de 1970 y 1980, es uno de los intérpretes con mayor cantidad de números 1 en la lista de Los 40 principales, con ventas que superan los 175 millones de discos.

¿Por qué se puso Camilo Sesto?

Él, que había nacido como Camilo Blanes, se puso primero el nombre artístico de Sexto, así con x, porque era ese el lugar que ocupaba en su familia, contando a sus tres hermanos mayores y a sus padres. Pero el Sexto tuvo que evolucionar enseguida a Sesto para evitar temas legales, después de que cambiara de compañía discográfica al inicio de su carrera; esa misma que se inició espectacularmente de la mano de Juan Pardo, que le produjo su primer disco, en el que ya estaba Algo de mí. Después llegaron muchos más hits: Algo más, Ayúdame, Quieres ser mi amante, Melina, Mi buen amor, además de El amor de mi vida, que se convirtió en otro gran éxito. 

Las letras de las canciones de Sesto, intensas, crepusculares y grandiosas, se han transformado con los años en baladas universales que han calado en todas las generaciones posteriores, que han repetido y repetido estos temas como parte de su memoria. Porque Camilo Sesto, que además de cantante, fue también compositor y productor de sus trabajos, desde hace un par de décadas resurgió como el alma de la fiesta. No hay noche de baile en la que no estén sus míticas canciones, las del Camilo que es derroche y es melancolía, el Camilo que mola mazo: «Jamás, jamás he dejado de ser tuyo/Lo digo con orgullo, tuyo nada más», «Perdóname/ Perdóname/Perdóname/ Si hay algo que quiero eres tú»; «Me acostumbré a tus besos y a tu piel color de miel /A la espiga de tu cuerpo, a tu risa y a tu ser...»; «Siempre me traiciona la razón y me domina el corazón, no sé luchar contra el amor»... Todos versos imborrables. 

Es verdad que paralelamente a su éxito, la vida de Camilo Sesto estuvo salpicada de  excentricidades y extravagancias. Después de triunfar en el Madison Square Garden y de su éxito hispano al otro lado del Atlántico, comenzó su relación con la mexicana Lourdes Ornelas, con la que tuvo un hijo en 1983, Camilo Michael, del que reconoció su paternidad tras algunas tensiones entre la pareja. En 1987 lo trajo a España sin consentimiento de la madre y se retiró de la vida pública para dedicarse a su crianza: «No todos los padres tienen la posibilidad de estar con su hijo, pero yo sí la tenía y decidí no ser un padre que se enterara de lo que hace su hijo por teléfono», confesó a La Voz en el 2004.

En el 2013, el artísta sufrió un robo con violencia en su chalet de Torrelodones. A pesar de que posteriormente se detuvo a los delincuentes, hubo voces que sembraron la duda ante un posible asalto fingido por parte del cantante, ya que sobre sus hombros pesaba una orden de embargo de 200.000 euros. Con una salud delicada, debido a un trasplante de hígado hace ya más de una década, y una reciente operación estética que lo había momificado, la imagen de Camilo se deformó en los últimos años. Él alimentaba ese frikismo y a ese monstruo lleno de ternura. 

 Cortinas blancas tanto en la limusina de lujo como en el camerino y la habitación del hotel, cerveza en abundancia, cócteles, cajetllas Malboro Light son algunas de sus exigencias cuando emprendía una gira para promocionar su disco. Pero quienes lo han conocido personalmente aseguran que no era nada divo y que esa afectación que lucía en las entrevistas televisivas desaparecía en las distancias cortas. «Al principio de mi carrera la gente solo veía a un cantante guapito y eso era una desventaja -confesó en este periódico-, porque basaban mi éxito en el pantalón que llevaba y en mi cara». Nada que ver con la trascendencia de Camilo Sesto, al que numerosos artistas han arropado en el final de su carrera, desde Alaska a Pastora Soler, Ruth Lorenzo o Mónica Naranjo. La revisión de sus canciones, a fondo sinfónico, fue el último proyecto de su carrera, un modo maravilloso de valorar a un artista gigante. «Es terminar -confesó Camilo- con un broche de oro, con fuegos artificiales, como buen valenciano que soy». Así era él, pura pirotecnia. La llama que nos hizo morir de amor.

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