Gong Li, espía fatigosa en el Shanghái de «Saturday Fiction»

La propuesta de Lou Ye aporta un tinte negativo a la segunda parte de la Mostra de Venecia


venecia / e. la voz

Hay en la Mostra dos festivales en uno. El primero ocupa los cinco días iniciales y en él se concentra -por fuerza, porque inmediatamente comienza el Festival de Toronto, el gran mercado de la industria norteamericana- el desembarco de Hollywood. El otro viene después del primer fin de semana y -por contraste- el Lido parece, adentrado en él, la viñeta de los náufragos de Forges. La lista de vips, la proteína de la alfombra roja, decae casi hasta el encefalograma plano. Vamos, que si aterriza aquí Santiago Segura le montan un homenaje. El pasado año, las cuadernas de la nave se resintieron menos por esta fractura porque la calidad de la competición fue tan extremadamente elevada que las emociones que el cine destila por sí mismo -sin necesidad de que Brad Pitt llegue para contar sus crisis de masculinidad- embriagaron el ambiente general. En esta 76.ª Mostra no estamos teniendo esa fortuna. Es como si todo el esfuerzo de planificación de los jefes de todo esto se hubiera centrado en el aluvión de cine mayúsculo -el de Ad Astra, Joker o, en menor medida, Marriage Story-, elevado además al cielo mediático por sus estrellas. Y lo que estamos sufriendo ahora es cine malo o muy malo. Y una sensación de vacío, a la espera de que por aquí todavía se pasen Johnny Depp - y dicen que Mick Jagger- y que del cine del francés Guédiguian o del colombiano Ciro Guerra nos llegue alimento fílmico.

De momento toca apechugar con el islote. Ayer tocó el filme chino Saturday Fiction, firmado por el siempre relamido Lou Ye. Se ambienta en el Shanghái de los días previos al ataque a Pearl Harbor. Esta ciudad franca, ante la inminente y muy cruenta ocupación japonesa, vivía los estertores de una edad dorada como todos los paraísos del espía: la Viena de Graham Greene o la Casablanca de Michael Curtiz. También está Shanghái en la memoria de infancia del gran J. G. Ballard, luego popularizada por Spielberg en El imperio del sol. Y, claro, en los ensueños de Josef Von Stenger. Pero Lou Ye, por no dar, no te da ni la hora en su insufrible película. Ni asomo del glamur oriental que, al menos, podría animarte los sentidos. No sé si por molestar, está filmada en un blanco y negro empastado. Y su guion es una trama con espía doble, triple o globalizada: una historia que no hace más que presentarse en la pantalla como un burdo cliché y torturarte durante más de dos horas. La dama de este Shanghái de Lou Ye es Gong Li, musa difuminada de la perestroika del cine chino. Si hay quien cuestiona si Brad Pit, a sus 55 años, esté para ser el hijo de un astronauta, qué vamos a decir de la veterana Gong Li, que en Saturday Fiction va como de Nikita de armas tomar.

El sadomasoquismo de los programadores de esta segunda parte de la Mostra -¿serán los mismos que los de la primera o habrá tomado el relevo un equipo de reformatorio, algún genetista de la isla del doctor Moreau?- se hace aún más extremado en Babyteeth, película australiana de la debutante Shannon Murphy. Parece que para ponerle honestidad al drama de su protagonista -chica adolescente con enfermedad terminal- va a tirar de humor negro: sus padres -y también su novio- son una banda de politoxicómanos que le dan a la morfina como quien se toma un mentolín. Pero qué va. La castigadora nueva cineasta australiana se aferra al drama de emotividad pegajosa. Y si no te saca la lágrima a lo Love Story te muerde el calcañar hasta que te rindas o huyas de la sala.

La única buena noticia vino de la sección Oriizzonti, donde el español afincado en Chile Théo Court cuenta con el grandísimo actor Alfredo Castro para sumergirte en Blanco en Blanco en una atmósfera negrísima hasta en la nieve, como fotógrafo mirón de niñas púberes y testigo de la aniquilación de los nativos en la Tierra del Fuego.

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