«Hoy sigue habiendo narcos en Arousa, pero sin la ostentación de los años 80»

El periodista José Ramón Alonso de la Torre novela los tiempos en que el dinero fácil de la coca mandaba en la ría


Redacción / La Voz

Cuando en 1981 llegó a Vilagarcía procedente de Extremadura, José Ramón Alonso de la Torre (Cáceres, 1957) se quedó muy sorprendido. «Yo no tenía ni idea. Elegí el destino como profesor buscando algo alejado de mi pueblo, quería conocer otros mundos diferentes. Y me quedé pasmado con lo que vi. Empezaba la heroína a tener fuerza, pero yo nunca había oído hablar de cocaína ni de caballo, ni de nada de eso». Mucha gente muere en los años siguientes, y ya queda la advertencia, la gente no olvidará el peligro, el daño que supone. Una década después el profesor se convirtió casi en una autoridad en el asunto de las drogas, tras los muchos reportajes sobre la vertiente social del narcotráfico que elaboró para La Voz de Galicia, tarea que compaginaba con el ejercicio de la docencia, donde también convivió directamente con los perniciosos efectos del comercio de estupefacientes en los jóvenes, enganchados al consumo y al dinero fácil del trapicheo o las descargas.

Fue así como decidió escribir una obra de ficción sobre el tema, que concluyó en 1998 pero que -tras presentarla al premio Herralde y quedar entre las diez finalistas- acabó en un cajón cuando poco después el autor concluyó su estadía gallega y regresó a su tierra natal. Casualidades, el editor David Matías (responsable del sello La Moderna) se cruzó en su camino y el texto está por fin en las librerías. Expediente Ojos de Orgasmo, bromea, no es una novela erótica sino que narra las peripecias de un narcotraficante de la ría al que apodaban de esta guisa por el peculiar brillo que caracterizaba su mirada.

La verdad de lo que sucedió

Tampoco es que sea una historia pasada, un tiempo extinguido, sino que tiene perfecta vigencia, asegura Alonso de la Torre. «Hoy sigue habiendo narcos en Arousa, pero lo ocultan, ya no se mueven con la ostentación de los años 80. Entonces se decían ‘‘si gano mucho dinero, si me meto en esto, y no voy a poder presumir con un BMW o un chalé con piscina, para qué coño lo hago’’. Ahora saben que no tiene que ser así, manejan el dinero de otra manera. En aquella época sacaban a los hijos de estudiar, hoy los mandan a estudiar a Inglaterra. Si la escribiese ahora, la novela sería de otra manera, pero lo que yo cuento es la verdad de lo que sucedió, su base es la realidad», subraya.

Alonso es consciente de que «series televisivas como Narcos o Fariña edulcoran, idealizan a los delincuentes. Con el ritmo de la narración, con la música, con todo aquello, han convertido a los narcotraficantes en figuras seductoras y banalizaban el mal». Él tuvo mucho cuidado con eso porque vivió personalmente aquella lacra, todos los días veía delante de su casa a una decena de yonquis tirados, «muchachos con el sida, totalmente colgados con la heroína», y algunos, alumnos suyos.

Ojos de Orgasmo consigue trabajo a la gente, ayuda a sus vecinos, en la aldea es un ídolo, como eran Pablo Escobar en Medellín o Sito Miñanco en Cambados, benefactores. «Arreglaba la iglesia del pueblo, subía el equipo de fútbol local a Segunda División B, daba trabajo a sus paisanos. Y, claro, la gente es muy práctica, había un pragmatismo brutal, sobre todo entre los hombres, y se aceptaba lo malo por las compensaciones que pudieran obtenerse», evoca el periodista. «Entonces todo se disculpaba socialmente, y no porque se viniese del contrabando de tabaco, sino porque -y pone un jugoso ejemplo- en la zapatería de las hijas de Oubiña te podías comprar por 1.500 pesetas unos Lottusse que costaban 5.000 en Pontevedra». En su novela, el narcotraficante seduce a una muchacha sencilla, mariscadora, para humillar a su madre. «Presento a un personaje con muy pocos escrúpulos, como eran ellos. En ningún momento Ojos de Orgasmo está tratado como héroe». Su relato, insiste Alonso, se centra en los hechos sociales, en lo que va pasando, lo que van haciendo.

«La gente me dice que apenas uso adjetivos, que parece un guion de cine. No hay demasiadas descripciones. Hablan. No opino. El estilo es periodístico. No creo que mi personaje sea atractivo, pero los juicios morales quedan para el lector. Como si fuese un reportaje, yo lo que hago es darle todos los datos», zanja Alonso de la Torre, que no se atreve a describirse como novelista: «Me siento un impostor, dirijo una escuela superior de arte dramático sin ser actor, escribo en un periódico sin ser periodista, me presentan como historiador sin ser historiador, y ahora... novelista».

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