Valle-Inclán, el «intérprete» sublime

CULTURA

17 ago 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Se lee mucha novela histórica. Es un hábito que nunca he comprendido. Quizá porque he tenido mala fortuna con mis lecturas y ese género literario siempre me ha parecido un fraude: ni historia, ni literatura. Prefiero a Gibbon y a Kovaliov para leer los hechos de Roma que todas las recreaciones, de éxito notorio, que cronifican sin imaginación ni prístino lenguaje cualquier pretérito. Digo esto porque el genio Valle-Inclán también escribió novela histórica, a su manera, como todo en él. Lo digo porque regreso a El Ruedo Ibérico y encuentro la historia «esperpentizada» con la autoría de un escritor que ha marcado cimas nunca alcanzadas. Valle es diferente a todo y a todos. La multiplicidad y variaciones de sus obras no han tenido parangón en la diacronía literaria. Su originalidad no la ha superado nadie. Escribía en sonata, con ritmo armónico, y fue capaz de crear su propio mundo al margen de criterios y reglas. Un heterodoxo en sentido estricto que, incluso argumentando a personajes históricos y su tiempo, fue capaz de trascender a los personajes históricos y al tiempo.

El Ruedo Ibérico fue un proyecto que se quedó lejos de su medio camino. El genio quería conformar una trilogía, edificada cada una de sus series en tres partes, pero solamente llegó a conformar la titulada El Ruedo Ibérico. Los Amenes de un Reinado. E incluso la última parte, Baza de Espadas, llega a nosotros fragmentada (solo conocemos el episodio titulado Vísperas Setembrinas). Por lo tanto es la menos estudiada, toda vez que La Corte de los Milagros y Viva Mi Dueño poseen una extensa bibliografía y erudición en sus entornos. Sin embargo, su interés no es menor que el de las dos predecesoras. Apenas hay acción, ni trama, pero hallamos el lenguaje del genio danzando incólume y altivo en cada página. En realidad estamos hablando de cuadros, impresiones, sobre los protagonistas de la revolución de 1868. La primera parte cuenta el desasosiego que se vive en Madrid en vísperas del levantamiento. Luego viajamos a Cádiz. Más tarde subimos al buque Omega que nos lleva hasta Londres. Después habitamos Londres con Prim y con el pretendiente al trono. Finalmente regresamos a Andalucía y hasta tenemos tiempo de volver con Prim, pero esta vez transitando Vichy y Calais. ¿Argumento? Ninguno, en realidad. Valle-Inclán se apropia de la historia para recrearla con su prosa casi enfermiza (por vibrante y febril). Y aquí radica su grandeza: interpreta los hechos para adueñarse de ellos y edificar una impar obra artística, literatura en suma. Por eso nos sigue interesando Prim e Isabel II, Narvaez y el Padre Claret. Era, y es, un escritor sublime.