Manolo Sicart, el único español que puso el pie en el Festival de Woodstock

El comunicador lucense recuerda los detalles de aquel evento histórico de música y rebeldía de hace 50 años

Manolo Sicart, ante la Domus del Mitreo de Lugo
Manolo Sicart, ante la Domus del Mitreo de Lugo

lugo / la voz

En cualquier parte del mundo acaba apareciendo un gallego. Y en el mítico festival de Woodstock, celebrado entre el 15 y el 18 de agosto de 1969 a 150 kilómetros al norte de Nueva York, apareció Manolo Sicart. Un inquieto lucense que pasa incluso por ser el único español conocido que asistió a aquel evento histórico. «Fuimos dos jóvenes matrimonios en una autocaravana. Llegamos varios días antes y no tuvimos problemas para entrar. Pero poco después aquello se colapsó porque la organización esperaba entre 40.000 y 50.000 personas y realmente hubo medio millón. Se desbordaron todas las previsiones, se tiraron las vallas del perímetro y se extendió la fiesta por las zonas colindantes. Las infraestructuras fueron insuficientes y hasta se colapsó la autopista del norte y quedó cortada y llena de coches a lo largo de cien kilómetros, con jóvenes que iban al festival en sus coches», recuerda Sicart.

El lucense había entrado en los Estados Unidos cuatro años antes. «Llegué en el 65 y me marché en el 75. Viví aquella década que yo llamo prodigiosa, porque en ella ocurrió la guerra de Vietnam, el Watergate, la caída de Nixon, Kennedy, el asesinato de Luther King y la rebelión de los negros, además de toda la movida hippy. Yo me dejé llevar por los ríos de la vida y lo vivía todo de muy cerca, o incluso desde dentro si podía». Con esa filosofía, Manolo Sicart tenía que estar en el mítico Woodstock.

 De A Pontenova a EE.UU.

Este joven aventurero, nacido en el municipio lucense de A Pontenova, se marchó a estudiar Filosofía y Letras a Santiago, y luego a Granada. Allí conoció a una joven judía, hija de ricos americanos, de 18 años con la que se casó en Gibraltar e inmediatamente se marchó a Estados Unidos. Cuatro años después, en el 69, ya se había casado con otra mujer, con la que asistió a Woodstock. Sicart recuerda que el festival fue realmente una gran reunión hippy, «en donde todo era amistad; te invitaban aquí y allá todo el día; tu pareja desaparecía y no la veías hasta el día siguiente, había mucha maría y LSD... en aquel concierto tan especial nació el ‘sexo, droga y rock and roll’».

Sicart recuerda todo el sentimiento de protesta que se venía produciendo en el país contra la guerra de Vietnam, con la constante llegada de féretros de soldados; y las injusticias y represión contra los negros, que tras la muerte de Luther King provocó -recuerda- la quema de unos 300.000 pisos en el Bronx. «Había una especie de rebelión que cristalizó en Woodstock a través de la música y del movimiento hippy. Fue una especie de sublevación de los universitarios contra la guerra de Vietnam y contra el sistema»

Un país injusto

Manolo Sicart disfrutó hasta la extenuación aquellos años históricos y siguió viviendo en Nueva York aún cinco años después de Woodstock, pero nunca quiso la nacionalidad americana porque le parecía un país injusto, y en 1975 volvió a España y puso fin a su década prodigiosa. Quizá porque Sicart llevaba en sus genes la rebeldía: era hijo de un odontólogo catalán y republicano que se refugió en la recóndita Pontenova para pasar desapercibido.

 Cuando el himno americano sonó a guerra en la guitarra de Hendrix

«Jimi Hendrix tocó Barras y estrellas de una forma que no le gustó nada al establishment, pero que recogió perfectamente la desilusión de aquella generación de gente joven que quería otra cosa. Y que costó cambiar porque, paradojas de la vida, la muerte se llevó por delante a Jimi Hendrix justo un año después del festival, y también a Janis Joplin». Así recuerda Manolo Sicart la actuación de Hendrix, que él presenció, en la mañana del 18 de agosto, cuando despertó a la multitud congregada en el festival con una versión del himno americano tocada por su guitarra acústica aplicándole grandes distorsiones, de tal manera que el sonido parecían vuelos de aviones y bombazos en plena batalla. Aquella utilización del himno americano como la banda sonora de una guerra fue tomado por el gobierno de Nixon como una provocación.

Sicart, aunque trabajaba como profesor del Queens College de Nueva York, e incluso realizó un máster en la universidad de Columbia, siguió siendo un joven contestatario, con la filosofía de Woodstock. Su rebeldía le llevó a hacer cine, con un papel en una película llamada Prisionero de guerra, en 1973, y luego incluso en la película erótica Hot Channels, bajo el seudónimo de M. Tracis (Sicart al revés). Por la participación en este filme, el gobierno conservador de Nixon les empezó a vigilar de cerca. El carácter inquieto de Sicart le hizo dejar América, la enseñanza y el activismo cultural para volver a Lugo, donde trabajó en la radio. Hizo diversos programas, novedosos e incluso arriesgados, hasta el punto de que en 1980 le concedieron un premio Ondas y acabó trabajando en Madrid.

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