«Oliver Laxe no pertenece a lo humano; si me lo pide él, hasta haría otra película»

Protagonista de «O que arde», esta mujer de 83 años, que no sabe de fronteras, recibió el viernes la Medalla Castelao


lugo / la voz

Benedicta Sánchez Vila desprende libertad. Tiene 83 años y vive en Manán, en O Corgo, a diez kilómetros de Lugo. Desde la N-VI se puede vislumbrar a una mujer de pelo blanco con mandil y botas de goma, que destaca en el medio de lo que parece una huerta. Es Benedicta. Libre. Imparable. De bailar una muñeira en Cannes tras el rodaje del filme O que arde a quitar las silvas de su finca. Y sin pestañear. Vive sola en su casa y no tiene miedo, porque tenerlo implicaría «falta de curiosidad», explica. Ella es una mujer con historia y sin tabúes. Una adelantada a su época, una pionera, una visionaria. Nunca se había puesto delante de una cámara, pero lo hizo sin dudar. Y triunfó. Ganó la Medalla Castelao el año en el que todas las premiadas son mujeres. No pudo ser casualidad porque Benedicta es una luchadora nata.

-¿Cuál es su historia?

-Yo nací a un kilómetro de aquí, en San Pedro Félix [O Corgo]. A los cinco años nos vinimos a esta casa. Mis padres emigraron a Cuba por la guerra, y luego regresaron. Yo iba a la escuela a Manán. Por problemas políticos, a mi padre lo llevaron preso y estuvo en la cárcel cuando yo quería estudiar. Mi madre se quedó sola con mi hermano y conmigo y yo tuve que quedarme con las ovejas. A los 14 años mi maestra le dijo a mi padre que yo tenía que estudiar, y me llevó un año para su casa. Después me fui a una pensión y conocí al que se convirtió en mi marido. Nos casamos en San Pedro a las siete de la mañana porque no había dinero. En los años 60 nos marchamos a Brasil y yo regresé en el 79. Volví separada, aunque no legalmente, y con una niña.

-¿A qué se dedicó y cómo surgió su incorporación al cine?

-Trabajé de autónoma haciendo fotografía social. A mi hija le gustaba filmar y un día me dijo que había un casting en Navia y que buscaban a una mujer mayor. Yo me fui a conocer Os Ancares porque nunca había estado allí. Vi que Oliver se asomaba y me miraba, conectó conmigo porque tengo lengua de trapo, y dijo que me escogía si me dejaba el pelo largo. Fue su única condición. La grabación fue muy bonita. Para mí, Oliver no pertenece a lo humano, va más allá.

-¿Cómo fue su regreso a España?

-Volví sola con la niña y la registré como soltera cuando ella tenía ocho años. No quería que su padre la reconociese porque me negaba a aceptar que mandaría en las dos. Yo necesitaba el permiso de mi marido para todo y no quería que eso continuara. Me negué a aceptarlo.

-Tuvo que ser una niña rebelde.

-De pequeña me rebelaba contra todo y mucha gente me decía que parecía un niño. No podía ir a nadar o andar en bicicleta porque decían que eso dañaría mi virginidad. Había muchas cosas que no podía hacer por ser una niña. Lo más triste es que los chicos me aceptaban y respetaban, me veían como a uno más y las que me criticaban eran las otras niñas. Yo estaba enfadada con el mundo. Me dejaba el pelo corto, parecido al de un hombre, y me daba igual.

-Usted no come carne desde hace mucho tiempo.

-Ahora soy vegana porque ya nada es como era y ya no se trata de mi vaca ni de mi leche. Un día les dije a mis padres que no llevaba más chorizos para Lugo y les pedí dinero para comprar naranjas. Y desde entonces.

-¿Diría que sí a una futura película?

-Estoy al servicio de Oliver Laxe, a él le diría que sí. Por eso no dejé que me tocaran el pelo aunque a mí me guste tenerlo corto porque es más práctico.

-Bailó una muiñeira en Cannes.

-A mí me salió así. Como también me salió descalzarme cuando me dolían los pies, y no fui la única que lo hizo. Nunca me habría imaginado en un festival.

 «Para salir de Brasil tuve que dar por desaparecido a mi marido» 

Benedicta Sánchez Vila ha viajado por medio mundo. Aun cuando las convicciones de la época la señalaban, nunca dudó en ejercer la libertad que sabía que merecía y necesitaba como mujer.

-¿Había estado en Cannes alguna vez?

-Sí, pero no en un festival. En Brasil trabajé en una librería llevada por argentinos y, aunque yo no podía viajar sin la autorización de mi marido, intenté solicitar la salida del país en el consulado, pero no lo conseguí porque mi marido apareció cuando estaba abandonando las oficinas. Volví a los pocos días y decidí publicar una desaparición falsa de mi marido en dos periódicos para que así un juez me autorizase para poder salir de Brasil. Ese era el requisito, publicarlo y tener la esperanza de que él no lo viera para que saliese en el boletín oficial.

-¿Qué pasó después?

-Después, solo necesité dos testigos. No quería involucrar a nadie y tuve la suerte de que un policía se ofreció y firmó.

-Entonces empezó su aventura.

-Poco después me concedieron el pasaporte para viajar a España y, como mucho, a Portugal, pero no podía moverme por Europa. De aquellas, yo tenía una amiga con la que conectaba por gustos y pensamientos, de la peña vegetariana de la que formé parte. A través de ella, y gracias a sus contactos en la policía, conseguí el pasaporte para viajar a todos los lugares del mundo, salvo a Rusia. Estuve viajando por Europa desde el año 64, formamos un grupo al que nos apasionaba el alpinismo y la naturaleza. Yo era una persona rara. Entre otros recuerdos, tengo memorias horrorosas en Siria como mujer. Viajábamos con mochila, haciendo autostop y durmiendo en tiendas de campaña.

-¿Le costó regresar a Galicia?

-Mucho. Aquí se me negó siempre todo y pensaba que Galicia no me quería. Volví con una niña, y soltera, y me dieron ganas de desaparecer del mapa.

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