Y entonces llegó «Luces de Bohemia»


Estamos ante la obra clave que vertebra y explica la evolución literaria y dramatúrgica de Ramón María del Valle-Inclán. La escribió en 1920 y la difundió en entregas semanales. En 1924 la rehízo y amplió, ya como obra de teatro con referentes históricos. El resultado fue -y es- una visión crítica e inclemente de la realidad que le tocó vivir y que él bautizó entonces como «esperpento». Una tragedia desgarrada en la que Valle-Inclán expone los males de su patria. Es decir, los males de la España de comienzos del siglo XX, plagada de miserias y corrupciones.

En este sentido, hay que decir que Luces de Bohemia es un prodigio dramático en el que literalmente la tragedia ya no es tragedia sino esperpento, con los héroes clásicos desfigurados en espejos cóncavos. El propio autor estaba seguro de que «el sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Y esto lo afirmaba un escritor gallego convencido de que el orgullo era su mayor virtud. Un escritor seguro de sí mismo e inabatible por las dificultades que le deparaba el entorno, que no fueron pocas.

Valle-Inclán murió en Santiago de Compostela en enero de 1936, en vísperas de la Guerra Civil, completamente convencido de que «le había fallado su época», porque sus contemporáneos no habían sabido entenderlo ni reconocerse en su obra. Y estaba en lo cierto, como no tardó en demostrarse. Menos de tres décadas después, las obras de Valle-Inclán empezaron a tomar posesión de los escenarios en España, destronando a los triunfadores de viejo cuño. Y el nombre del dramaturgo gallego empezó a extenderse por el mundo, con estrenos a cargo de los más destacados directores (el sueco Ingmar Bergman dirigió Divinas Palabras en 1950), que percibieron su formidable riqueza crítica y dramática.

De este modo, el implacable acusador gallego -el gran «inadaptado» de su tiempo- fue emparentando el resultado de su talento con el de los dramaturgos más vanguardistas y relevantes del siglo XX (Henrik Ibsen, Bertolt Brecht, Michel de Ghelderode, Arthur Adamov, Eugène Ionesco y Samuel Beckett). Porque a Valle-Inclán le había fallado su época, cierto, pero a él no le falló su visión de la modernidad crítica que alboreaba enfebrecida en su cabeza. En este sentido, el gran crítico de teatro José Monleón, creador y director de la revista Primer Acto, acertó al subrayar que «a cuenta del teatro de Valle, sin ninguna violencia, se pueden exponer la mayor parte de las ideas fundamentales del teatro contemporáneo, cosa que no ocurre con ningún otro autor español». Así era y así sigue siendo, sin decadencia a la vista.

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