Óliver Laxe, premiado en Cannes

El director gallego fue distinguido con el premio del jurado por su largometraje O que arde y suma con sus tres películas premios en la Quincena de la Crítica, la semana de Realizadores y ahora en Un Certain Regard


Cannes / E. La Voz

Óliver Laxe continúa agrandando su espacio de autor esencial del festival de Cannes. Su formidable O que arde obtuvo este viernes el Premio del Jurado de la sección en la cual competía, Un Certain Regard. Basta para alcanzar una idea de la relevancia del premio -y del nivel dentro del panorama autoral en el que Laxe se mueve- con mirar el palmarés de esta sección, la categoría de plata en importancia del Festival de Cannes. O que arde brilla en esa lista de premiados encabezada por la considerada mejor película -la brasileña La vida invisible de Euridice Gusmao- como el segundo título del palmarés. Y por encima de nombres del peso del francés Bruno Dumont, que obtuvo una mención por su Jeanne, del ruso Kantemir Balagov, mejor director por Beanpole, y del catalán Albert Serra, cuya excelente Liberté recibió un también muy celebrable Premio Especial del Jurado y es otra película de bravura y creación de atmósfera a la altura de la Zama de Lucrecia Martel.

O que arde supone que Oliver Laxe sea un realizador que con solo tres películas ha acumulado ya reconocimientos en hasta tres secciones diferentes de la programación de Cannes: en la Quincena de los Realizadores, premio Fipresci con Todos vós sodes capitáns, en 2010; en la Semana de la Crítica, mejor película por Mimosas en 2016, y ahora en Un Certain Regard. Le resta solo que su siguiente propuesta debata con otras por la Palma de Oro, algo que atendiendo a su progresión triunfante en la Croisette se ve como bien plausible.

El jurado presidido por la libanesa Nadine Labaki ?oportunista explotadora del cine de la porno miseria en su abominable Cafarnaum- jugaba desde el primer día muy en contra de ese cine esencial en el que milita de modo inclaudicable la mirada de Óliver Laxe. Y también la de Albert Serra. Ambos competían, entre otras 16 películas, como con un brazo atado a la espalda sensible. Porque era muy evidente el perfil de gustos mainstream de ese jurado del que también formaban parte el director belga Lukas Dhont, la actriz francesa Marina Foís, la productora alemana Nurham Sekerci-Porst y el creador argentino Lisandro Alonso, que aparecía y tuvo que ser defensor feroz de propuestas cinematográficas alternativas.

En sus palabras de agradecimiento en la recogida de su premio en la sala Debussy, Óliver Laxe tuvo un recordatorio especial «hacia aquellos que hacen en España un cine esencial».«El cine español”- continuó- está partido en dos», en referencia al ventajismo de las películas de la industria apoyadas por las televisiones privadas. Y Laxe apostó «porque esos compañeros sigan luchando y haciendo cine porque al final venceremos».

No fue el único premio que ayer recogió O que arde. A media tarde, un jurado internacional de especialistas en efectos sonoros había premiado la película como mejor creación sonora del Festival de Cannes. La acogida entusiasta de O que arde por la crítica internacional ?y de modo singular por la francesa- ha abierto, además, caminos para que los escenarios de esa Galicia en la cual Óliver Laxe niega contaminar su mirada del humo populista de la culpa en un tema como el de los incendiarios vaya a tener más viable su venta y distribución en mercados de todo el mundo.

Y viene O que arde ?cine a contracorriente de este tiempo de hogueras contra enemigos necesarios, inventados por el sistema- a refrendar que ese cine esencial que ofrece el director gallego tiene un alcance universal, esté ya contado desde una aldea marroquí, desde el desierto del Atlas o desde el corazón del bosque de las montañas de O Courel. 

 

Este festival cerró este viernes la sección oficial de su 72.ª edición -el de mayor nivel quizás de la última década- con un final de partida mucho menos cerrado de lo que pareció en su primera semana. Este pareció ser -a ratos- el año de la Palma de Oro concedida, ya no como santo súbito sino con beatificación anticipada, a Pedro Almodóvar sin bajarse de la limusina. Y aún continúa el español comandando las apuestas para que Dolor y gloria le dé aquello a lo que Cannes le ha dicho que no hasta en seis ocasiones. Pero en esto de las encuestas casi a pie de urna crítica la foto fija de 24 horas antes dispone de otros finales plausibles e igualmente muy felices.

A mí me parecería más justo que este Cannes coronase hoy a Marco Bellocchio y su formidable Il traditore, que entra ya entre las más grandes obras sobre la Cosa Nostra. Porque a ratos parece una mafia digna de Coppola y en otros momentos es cine político que toma el testigo de Francesco Rossi y sienta a Giulio Andreotti y a todo el sistema en el banquillo. Y tiene dentro a un actor ?el antihéroe arrepentido que construye un sensacional Pierfrancesco Favino- que podría ser también galardonado. Igualmente sería razonable que todo el andamiaje que el coreano Bong Joon Ho dispone en niveles para entusiasmarnos con su divertida y finalmente hiriente denuncia de una Corea del Sur sin ascensores sociales en Parasite tuviese gran premio. Y no les cuento nada del acto de generosidad con el cine que González Iñárritu y su jurado nos legarían ofreciendo a Quentin Tarantino su segunda palma por la descomunal Érase una vez en Hollywood. Hay también otras sutiles y aceradas obras de arte como La Gomera, de Cornelius Porumboiu o el filme sobre el amor imposible entre pintora y modelo en la bellísima Portrait de la Jeune Fille en Feu, de la francesa Céline Sciamma. En todo caso, casi firmaría cualquier balance antes de que -como algún rumor apunta- Terrence Malick y su esquela artística A Hidden Life fuese al final resurrectoria con un triunfo que solo explicaría el gusto de Iñárritu por planos tan ampulosos como los del horror malickiano.

Las dos obras que cerraron ayer la competición poseen valores como para hacerse espacio -casi en la deadline- en el palmarés. El palestino Elia Suleiman ya ganó en Cannes un Premio del Jurado con Intervención Divina, hace 14 años. It Must Be Heaven es un vehículo para que él mismo se presente como embajador del maltratado espíritu colectivo de su pueblo, a través de viajes que lo llevan a constatar que, por mucho que se distancie de su país sin estado y de su tragedia colectiva, el lastre emocional lo lleva consigo a Francia o a los Estados Unidos, donde se encuentra con amigos de la creme intelectual de la creación cinematográfica como el productor Vincent Maravall o el actor Gael García Bernal.

Justine Triet firma en Sibyl una comedia medida en torno a las dificultades que una psicoterapeuta que ha decidido cambiar la sala de consultas por el oficio de la escritura encuentra para librarse de la fascinación que sobre ella ejerce una paciente perturbadora. No descarten que sus actrices, Virginie Efira o Adèle Exarchopoulos sean convidadas mañana a la gala de los premiados porque el humor actoral del dueto es materia exquisita.

Kechiche puso el escándalo

A esta edición solo le faltaba el escándalo. Llega, en las maneras de un cunnilingus bien real de 12 minutos y lo hace casi en el descuento. Porque Abdelatif Kechiche (que fue Palma de Oro con La vida de Adèle) la estuvo ultimando hasta el último día. El cabreo que ha generado nace, esencialmente, de la mirada hipermasculinizada de su película, Mektoub, my Love: Intermezzo. Y en su sentido jurásico de lo masculino: el que celebra el uso del cuerpo de la mujer como objeto de exhibición carnal o casi cárnico. Es un filme con dos únicas secuencias: una de 38 minutos, en una playa, donde la cámara se ceba en los cuerpos de las chicas. Y la segunda, en una discoteca, durante 2 horas y 55 minutos. Kechiche encadena planos de jóvenes perreando. Se sucede la celebración del culo. Y en esa danza solo hay una disrupción: sexo oral realísimo. Hay un dispositivo inmersivo que cinematográficamente no es banal. Pero su mirada sobre la mujer no es la del respeto. Y su película no merece el nuestro.

Oliver Laxe: «O rural vive un holocausto»

JORGE CASANOVA

O cineasta galego presenta en Cannes, un festival no que sempre é moi ben recibido, «O que arde», unha visión da soidade e do rural galego

Oliver Laxe (París, 1982) é un tipo singular. Comunicámonos por WhatsApp para concertar un encontro imposible, porque ao director fáltalle tempo para poñer a punto o seu novo filme antes de levalo a Cannes. Así que, despois dunhas cantas mensaxes, mándame as respostas por correo electrónico. Aínda botando de menos a experiencia de coñecelo, hai que admitir que neste home nada é convencional; nada do que di é previsible. E todo semella verdade.

-Volve a Cannes, onde sempre consegue premio. Que espera esta vez?

-Non espero nada, ter alí o noso filme outro ano máis é máis do agardado, elíxense corenta cada ano... Espero máis en Galicia cando se estree aquí. Espero que guste, que o público atope familiaridade na película. Fíxose con esa intención.

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