Escándalo en Cannes: el cunnilingus que no cesa y la orgía del perreo

Abdelatif Kechiche presenta Mektoub, my Love: Intermezzo, película de valor hipnótico e inmersivo pero éticamente detestable y con una secuencia de sexo oral realísimo que dura 12 minutos

Actores y director de la polémica película «Mektoub My Love: Intermezzo»
Actores y director de la polémica película «Mektoub My Love: Intermezzo»

Cannes / E. La Voz

A esta 72.ª edición de Cannes, la mejor de los últimos diez años, solo le faltaba el escándalo. Llega, en las maneras de un cunnilingus bien real de 12 minutos (un muy vetusto crítico español contó 24: tanto le debieron de llenar esos minutos, aunque luego protestase) y lo hace casi en el descuento. Porque Abdelatif Kechiche -que fue Palma de Oro con La vida de Adèle- la estuvo ultimando hasta el último día. Pero para lo que es la agit-prop festivalera, este revuelo final le viene como mano de santo.

El cabreo que ha generado Kechiche nace, esencialmente, de la mirada hipermasculinizada de su película, Mektoub, my Love: Intermezzo. Y en su sentido jurásico de lo masculino: el que celebra la utilización del cuerpo de la mujer como objeto de exhibición carnal o casi cárnico. El film es la segunda parte de un Mektoub Parte 1, presentada en Venecia, donde ya existía y fue cuestionada la fijación del director por celebrar el detenimiento continuo en los cuerpos de sus jóvenes que celebran la vida en las playas y en las noches de Sète.

Pero en aquella existía un discurso narrativo, una evocación de los años bárbaros de las hormonas, un cierto canto a la Francia interracial de los 90, donde la mayoría de los protagonistas, de origen magrebí, se entreveraba con otros en un melting pot antes de la irrupción del lepenismo.

Lo visto la noche de ayer en la pantalla de Cannes es una película con dos únicas secuencias: una, a modo de prólogo, de 38 minutos, en una playa, donde la cámara se ceba en los cuerpos de las chicas, en los pliegues de sus bikinis, en cómo se dan crema. Es como un ozorismo de qualité. Y la segunda que se desarrolla al completo en una discoteca durante 2 horas y 55 minutos. No posee línea argumental alguna. Kechiche propone un encadenado de planos donde asistimos al encadenado de planos de las jóvenes de la playa, entregadas al twerking -aquí se le dice perreo, aunque detestemos la palabra- y Kechiche les aplica esa disciplina heteropatriarcal o despótica, del danzad, danzad, malditas. Se sucede la celebración del culo, en primerísimos planos, una y otra vez, arriba y abajo. Tinto Brass debe de estar levantándose de su tumba para reclamarse padre de todo esto. Los breves momentos de diálogo de esta camada del perreo describe unos cerebros de ellos y de ellas tan plano y alienado que casi es mejor que siga bailando. O que detengan la proyección. Los chicos y chicas son todos una panda de amigos del pueblo y hay únicamente una recién llegada a la que acaban de contactar en la playa. Cuando uno de sus colegas se incorpora tarde al twerking, los demás lo ponen en antecedentes: «Te hemos calentado a una buena zorra» (sic).

Y en esa danza de la reiteración hay solo un momento disruptivo. Una de las chicas espera casarse en unas semanas. Y uno de sus amigos le propone una excursión al cuarto de baño, donde le hará «lo que tu marido nunca se va a atrever». Y llegamos a esa fuga: encerrados en la toilette, Kechiche filma el ya famoso cunnilingus de los doce minutos. Es una secuencia de sexo oral realísimo, con mucho spanking, cuyo eco resuena fuera del Palais. Y con la cámara centrada siempre en su obsesiva fijación: el culo de la mujer.

Una vez fuera, continúa el voyeurismo que no cesa. Hay un diálogo de dos de las chicas donde hablan y parecen casi hacer una tesis sobre qué tipo de traseros puntúan mas para ellas. Es un momento de una estupidez tan cerril que casi deviene grouchomarxiano. Prefieres que no hablen. A eso te conduce la manera en que Kechiche te perfila sus mentes.

Tras 210 minutos y 178 planos de femeninos culos, el primero a los 35 segundos de iniciada la proyección, la música cesa. Amanece, que no es poco Y la película la cierra un plano de un despertar en una cama, donde los protagonistas son un chico de la banda. Y un inmenso culo en decúbito supino. Un culo de mujer. El hombre se levanta. La cámara no permite que veamos ni sus pectorales. Como en todo el film de Kechiché. Se nota que tiene unas inmensas ganas de marcharse antes de que ella se despierte. Tal vez por las prisas de contarlo. Como Mario Cabré o Dominguín después de su primera noche con Ava Gardner. La ideología de la cámara de Kechiche es la de la masculinidad de aquella época. Roza el manadismo, no como acto penal, por supuesto, pero sí como apología de una mirada que podría alimentar algo así. Sé que hay algo más en Mektub, my Love: Intermezzo. Debemos de ser totalmente honestos en esto. No se me oculta que desde un punto de vista artístico hay un dispositivo hipnótico e inmersivo que cinematográficamente no es banal. Y que la secuencia del cunnilingus posee una fuerza fílmica y animal virtuosa e intensa. Pero también Leni Riefenstahl lograba hipnotizarte con las imágenes del Führer en Núremberg. Kechiche no es, por supuesto, un nazi ni nada similar. Pero su mirada sobre la mujer no es la del amor o el respeto. Es cinegética. Y su película, en consecuencia, no merece nuestro respeto.

Óliver Laxe, premiado en Cannes

José Luis Losa

El director gallego fue distinguido con el premio del jurado por su largometraje O que arde y suma con sus tres películas premios en la Quincena de la Crítica, la semana de Realizadores y ahora en Un Certain Regard

Óliver Laxe continúa agrandando su espacio de autor esencial del festival de Cannes. Su formidable O que arde obtuvo este viernes el Premio del Jurado de la sección en la cual competía, Un Certain Regard. Basta para alcanzar una idea de la relevancia del premio -y del nivel dentro del panorama autoral en el que Laxe se mueve- con mirar el palmarés de esta sección, la categoría de plata en importancia del Festival de Cannes. O que arde brilla en esa lista de premiados encabezada por la considerada mejor película -la brasileña La vida invisible de Euridice Gusmao- como el segundo título del palmarés. Y por encima de nombres del peso del francés Bruno Dumont, que obtuvo una mención por su Jeanne, del ruso Kantemir Balagov, mejor director por Beanpole, y del catalán Albert Serra, cuya excelente Liberté recibió un también muy celebrable Premio Especial del Jurado y es otra película de bravura y creación de atmósfera a la altura de la Zama de Lucrecia Martel.

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