Festival de Cannes: Oliver Laxe hace crepitar el corazón del bosque en «O que arde»

Es la primera vez que se proyecta en la sección oficial de Cannes un filme en gallego


cannes / e. la voz

En un presente en el cual, más que nunca, la narrativa cinematográfica parece abocada a responder con gratuidad y maniqueísmo a los conflictos, como si el drama y sus concausas fuesen un pimpampum, asistimos este martes a un acto creativo de nobilísimo armisticio alejado de estos garrotazos que exigen a la pantalla devenir cadalso. No nos sorprende que la mirada de Oliver Laxe sobre la tierra quemada de O que arde posea esa limpieza innata que le permite desmochar trampas argumentales propias del cine condescendiente. Y así crece y se enraíza esta película en la estirpe de las obras eminentes cuya estatura moral evita el juicio sumarísimo o populachero.

La figura del incendiario y los fuegos provocados en Galicia parecerían ser carne dramática para la hoguera, en un país donde se han removido o robustecido poderes al calor de la agitación y propaganda. Por eso, O que arde es una película política en su núcleo profundo, por oposición a la inflamación o a la demagogia sobre la que cabalga esta era. Su mirada sobre ese personaje que debería encarnar la irracionalidad del mal -ese hombre que acaba de salir de prisión, condenado por haber quemado el monte, y que vuelve al lugar donde ya se le estigmatizado de modo cuasi coral- es de una pureza incontaminada, al modo pasoliniano si Pasolini hubiese habitado Os Ancares y no Roma y sus arrabales.

Oliver Laxe no busca la empatía con su protagonista, hosco, extirpadas de él las emociones y la comunicación con sus semejantes. Ni trata de facilitarnos explicaciones, más allá de una breve reflexión de su personaje sobre cómo el eucalipto es una especie depredadora, cuyas raíces devoran todo lo demás. Es desde ese subsuelo radical desde el cual O que arde se erige como obra de un coraje colosal, un cortafuegos frente a la posverdad. Porque Oliver Laxe y su guion coescrito con Santiago Fillol no ofrecen certezas, no los busquen ahí. La suya es una obra sobre un territorio y sus fallas ancestrales, filmada con una comprensión de la naturaleza -formidable tratamiento de la luz de Mauro Herce- tan carente de oquedades hacia el preciosismo -acabamos de sufrir aquí al níveo Terrence Malick- nunca infectada como efecto especial sino integrada como elemento motor de esta historia. Y ese bosque cuyo corazón finalmente crepita no vive de la espectacularidad o de la fascinación por el fuego, que es el elefante en medio del salón y del que nadie habla.

Sobre ese tabú que está en la raíz de la tierra, el paisaje después de la batalla de O que arde son una anciana y un caballo viejo y ciego caminando sobre las cenizas de la inocencia en una película que, en su innegociable trato con la verdad, es capaz de explorar vetas de ternura casi inexpugnables en un territorio de hostilidad o encubrimiento de las emociones. Y por eso el filme que propone Oliver Laxe, a partir de su secuencia inicial en un contrapicado de árboles que se vienen abajo, como un dominó de fin de época, es un crepúsculo sin héroes ni titanes. La elegía inafectada por una Galicia que fue y ya no será.

Festival de Cannes: Quentin Tarantino reescribe como fábula la historia más negra del Hollywood Babilonia

josé luis losa

«Érase una vez en Hollywood» es una brillante ucronía en torno a Sharon Tate y un ídolo de barro de la televisión,
encarnado por Leonardo DiCaprio

Tarantino agigantó su leyenda en Cannes, iniciada con Pulp Fiction hace 15 años, con la brillantez apabullante de su festín titulado Érase una vez en Hollywood. En ella, reescribe la historia de aquella edad de oro finiquitada una noche macabra en la casa donde Charles Manson y su secta asesinaron a Sharon Tate y trazaron un parteaguas sangriento que mudó el California Dream de las celebridades para virar la percepción moral de Hollywood hacia el miedo y la paranoia.

Se sustenta el poderosísimo guion que nuclea esta película en una ucronía que sería delito revelar aquí. En ella vemos entrecruzados los caminos de una Tate divinizada, encarnada por Margot Robbie, y dos perdedores -una estrella de televisión acabada y su especialista y hombre para todo, interpretados por Leo DiCaprio y Brad Pitt-. Esas dos líneas se cruzan por primera vez en una secuencia prodigiosa, de lo mejor de toda la filmografía tarantiana -la visita casual de Pitt a un campamento en el desierto donde moran Manson y sus enajenados- y luego se vuelven a divorciar para confluir en una encrucijada que se atreve a licencias que permiten virar hacia el cuento de seres providenciales, en un azar que da pleno sentido al título del filme como historia de hadas o de desastrados loosers devenidos accidentales deus exmachina de un Hollywood donde toda metamorfosis se nos sirve como posible.

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