«Une Vie Cachèe», nazis y misticismo en la ampulosa esquela de Malick en Cannes

«La Gomera», de Porumboiu, es un gran homenaje al cine de espías setentero


cannes / e. especial

Asistimos en este festival a una defunción artística, el desplome con pinta de definitivo de un cineasta que creó en su día, precisamente en este Cannes que ahora lo entierra, una religión nacida súbita cuando ganó la Palma de Oro con The Tree of Life y generó culto insano, legionario e integrista. El de la secta malickiana. Como la naturaleza se rige por algunas leyes de justicia poética, ocho años después de aquella santificación, en el mismo lugar y a la misma hora, Terrence Malick parece haber pasado a ser historia con su cosmogonía new age que tanto daño ha hecho. Une Vié Cachèe, que así se llama la película o la esquela, quiere contar cómo, en plena Segunda Guerra Mundial, un campesino austríaco se enfrenta al Reich como un Quijote objetor. Contemplo, sin terminar de creérmelo, cómo filma Malick esta deserción épica a modo de ridícula rebelión mística de un tipo contra el orbe totalitario, acunado por una rechinante banda sonora que no firmaría ni el Ron Howard más hortera. Y por un paisajismo muy Heidi (qué importa que estemos hablando del nazismo) en esos Alpes donde Hitler tenía su nido de las águilas. Las voces que hablan de las montañas, de la luz, del agua, de la mujer e hijos que aguardan al héroe encarcelado por el Reich parecen las de un chamán, a mitad de camino entre Patricio Guzmán y el desmelenado Jodorowski.

La planificación ampulosa es más propia de la familia Trapp, de Sonrisas y lágrimas, que de un alegato antinazi. Y el esteticismo vacuo e iluminado de Une Vie Cachèe desnuda hasta qué punto Malick habita en otras órbitas, otras voces, otros ámbitos que no están al alcance de las entendederas de este cronista. Su reino no es de este mundo. Por eso, mejor que su cine, de aquí en adelante, se proyecte en templos de la Iglesia Maradoniana, porque una modesta pantalla no es el receptáculo idóneo para el universo Malick. Rindamos tributo al autor de obras magníficas como Malas tierras, Días del cielo o La delgada línea roja. Y respetemos su espiritual obsolescencia, su residencia en nubes de algodón zen.

De esta engolada solemnidad me liberan el humor y la mordacidad preñadas de inteligencia de ese director descomunal que es el rumano Corneliu Porumboiu. En La Gomera dibuja un divertido homenaje al cine de espías setentero. La idea de que el silbo, el lenguaje antropológico de los guanches de esa isla, pueda ser usado como arma secreta, como la clave que doblega a un mundo orwelliano de cámaras en el ombligo, da una idea del nivel de sarcasmo que habita soterrado en esta trama de operación de saqueo internacional, entre Bucarest y las Canarias. Y La Gomera se eleva como obra de subversión del género de misiones imposibles, conducido por Porumboiu a modo de un Pulp Fiction rumano que silba al viento y se ríe de su sombra.

Serie negra China y el «cruising» atmosférico de Albert Serra

Aún quedaba en la competición otro plato fuerte. Diao Yinan es el gran virtuoso en la creación de una serie negra adaptada a la China del presente y en la cual no pasa por alto las oportunidades para la denuncia social, para introducirnos en laberintos lóbregos, en zonas fanagosas y excluidas, los barrizales donde el crecimiento económico nacional no acusa recibo. Ya gano el Oso de Oro en Berlín hace cinco años con Black Coal. Y en The Wild Goose Lake, presentada ayer, identificamos las señas de identidad de este buceador de bajos fondos. Su historia de lucha suburbial entre dos bandas criminales es poderosísima. Fluye como si detrás de la cámara estuviese Samuel Fuller. Y te va arrastrando a zonas de tenebrosa incomodidad, a medida que la madeja negra como el cieno se va desenvolviendo. Podría Dao Yinan sacar de aquí algún premio por su capacidad para destilar cine de género de alta escuela y, al tiempo, cumplir con brillantez una de las reglas de la serie noir: mostrarte las alcantarillas del sistema, el territorio abisal del cine más político enhebrado en una trama de gangsterismo de pulso arrebatador.

Albert Serra es, junto a Oliver Laxe, uno de los dos hijos de Cannes dentro de nuestro cine independiente. Ha estado Serra en la Quincena, en la sección oficial fuera de concurso y ahora compite, como Laxe, en Un Certain Regard. Lo que el catalán despliega en Liberté es un arriesgadísimo ejercicio de cine de la radicalidad: una exposición de un bosque muy animado a modo de febril tableau vivant del encuentro sexual indiscriminado. Un cruising con elementos deudores del marqués de Sade, pero también de Pierre Louys. O de la Catherine Millet de Mi vida sexual, cuya rememoración del Bois de Bologne y su animado furtivismo sexual de los años setenta puede también adivinarse como influencia de esta orgía perpetua que es Liberté. Se trata de un ejercicio de fuerza creativa elevadísima esa condensación del retablo de coreografías de raíz sadomaso y, por encima del todo, su fijación en la mirada de los otros. En la exposición del cuerpo y sus puertas del infierno o del placer ante una osada decantación de este jardín de las delicias con el que Albert Serra se atreve con otra obra de vértigo en cuanto a riesgo. Y que se respira como experiencia de creación atmosférica de cine mayúscula celebración transgresora.

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