Festival de Cannes: Maradona, el milagro en Nápoles y las peligrosas relaciones con la camorra

Céline Sciamma y los hermanos Dardenne ofrecen cine emotivo y exquisito sobre amor, odio y redención


Cannes / La Voz

En torno a Diego Armando Maradona va habiendo ya una cierta filmografía dramática o documental. En este último terreno, tuvo Maradona la malísima suerte de caer en las garras de Emir Kusturica. No lo aconsejaron bien porque en su faceta de biógrafo, Kusturica es capaz casi de lo imposible: de anular la empatía que desprende urbi et orbe Pepe Mujica. O es posible que al 10 de la albiceleste le complaciera la grotesca hagiografía que le compuso Kusturica en el 2006, con testimonios de los entonces aún vivísimos Fidel Castro y Hugo Chávez, en lo que sonaba a aquelarre del canal Tele Sur.

Asif Kapadia es un documentalista en las antípodas del director serbio. Lo ha demostrado con sus sensacionales registros de la vida y muerte de Ayrton Sena y de Amy Winehouse. Con su Maradona se ha apurado y ha pillado al ecce homo vivo o en ese estado de latencia neuronal  un poco zombimaníaca en la que suele manifestarse el exfutbolista. El documental de Kapadia es material de alto interés. Se centra en el periodo napolitano del jugador y en él se condensa con veracidad de tragedia griega es el ascenso y caída de un semidiós, del olimpo al vapuleo, de la idolatría al linchamiento colectivo. Ese relato que llega a su momentum cuando Argentina elimina a Italia en las semifinales del Mundial transalpino y en un partido disputado ¡en Nápoles!

El filme no es exactamente biografía autorizada, pero sí se percibe como una sabia negociación con Maradona y con su voz. En ese pacto implícito, Kapadia debe haber pactado un trato más o menos benevolente de aspectos como las relaciones del  barrilete cósmico con la Camorra, que se me mencionan y datan, pero sin daños mayores. Y, sobre todo, el borrado de las imágenes donde fue más patética la ruina y el descontrol del juguete roto.

Sin renunciar a la honestidad, el film de Kapadia dibuja el peligroso milagro en Milán maradoniano  como la lucha de un agonista contra el establishment y el fatum. Como si el destino fatal de aquel en quien hoy tratamos de reconocer al futbolista cenital estuviese más en una decisión de la mano de Dios que en las rayas de cocaína que comenzó a consumir en Barcelona. Y lo que nos deja es una imagen ennoblecedora, pero no maniquea ni falsaria de un Maradona que tal vez esconde al Diego como digna criatura también en su castigada faceta humana, por haber robado el fuego a los dioses.

La sección oficial de Cannes habló este lunes francés y excelente cine con Cèline Sciamma y los hermanos Dardenne. Sciamma da su paso decisivo hacia el reconocimiento como cineasta mayor con Portrait de la jeune fille en feu, una historia de amor entre una pintora y la joven a la que retrata por encargo. Ambientada en el siglo XVIII, en la intimidad de una isla casi despoblada, la pasión que Sciamma refleja es cine áureo, estructurado desde un academicismo que le sienta muy bien a la llama que Adéle Haenel y la desconocida Noémie Merlant van encendiendo desde la mirada. El deseo alumbrado en una progresión medida y respirada va haciendo crecer el filme de Sciamma. Y que explote en ese bellísimo y desgarrador plano fijo final, sostenido en Vivaldi y en el rostro de Haenel se eleva hacia las imágenes perdurables de los amores rotos.

Los hermanos Dardenne,  junto a Ken Loach, son los únicos que pueden luchar este año por su tercera Palma de Oro. La diferencia entre ellos, según vimos este lunes, es que el cine de Loach se ha necrosado. Y, por el contrario, los Dardenne continúan en pleno estado de lucidez creativa. En Le Jeunne Ahmed aggiornan uno de sus leit-motiv preferenciales: el argumento del niño que desarrolla su irreprimible rabia frente al mundo, esta vez en una tan sencilla como preclara explicación de la violencia yihadista que se incuba en una generación de jóvenes nacidos y criados en Europa.

Pervive en los Dardene y en Le Jeunne Ahmed esa perseverancia en la honestidad desnuda de efectismo. Que es también la alegoría inquietante de la obseviva capacidad del integrismo para cultivar el  y la sinrazón. Aunque los Dardenne, a años luz del fatalismo esclerótico de Ken Loach, abren espacio a una redención que da cuenta de la viveza que sigue latiendo en su cine.

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