Cannes: Jessica Hausner consigue generar horror orgánico en su fascinante «Little Joe»

A Pedro Almodóvar le siguen lloviendo palmas en todos los paneles de la crítica


Cannes / E. La Voz

La austriaca Jessica Hausner es una de las directoras europeas que posee, con mayor criterio, un bien definido universo propio, a pesar de que en nuestro país su cine se haya estrenado a cuentagotas. A algunos les pilló con el pie cambiado que la autora de Lourdes o Amour Fou se presentase en la Croisette con una película que explora de un modo casi entomológico las raíces del miedo, la tan notable como perturbadora Little Joe. Conviene recordar que ya Hausner había jugado de manera personal en su primeriza y espléndida Hotel las bazas del terror generado en espacios familiares teñidos de la gélida atmósfera del mal. En Little Joe fabrica una pieza de horror de invernadero, en sentido metafórico y también literal. La monstruosidad -el alien- se cultiva en un laboratorio y bajo tierra, en las macetas donde florecen rojas plantas que te van a devorar las sinapsis de tu cerebro, tu propio ser. Y te transformarán en otro, te comprarán el alma a cambio de una idea de felicidad muy Aldous Huxley, bovina y despersonalizada. Entre esas macetas incuba Jessica Hausner un pánico que rehúye cualquier golpe de efecto y se enraiza a en el uso virtuoso de la iluminación y de la banda sonora, poblada de sonidos que te hielan el cuerpo.

Hay en la tan estimulante Little Joe una relectura muy cinéfila de las bases del gran clásico La invasión de los ladrones de cuerpos. El espíritu de aquellas vainas alimenta esta seminal pieza donde la genética y una flor palpitan más aniquiladoras de la naturaleza humana que el monstruo de la nave Nostromo. Y te sorben el alma suavemente con su canción.

En el día post-Almodóvar asisto a un arrollador entusiasmo colectivo que lleva a publicaciones con paneles de crítica como Le Film Français a otorgarle a Dolor y gloria hasta 11 palmas de oro entre quince opinadores. Todo parece embocado como nunca antes hacia esto: pero los días en Cannes se le van a hacer largos a la ola almodovariana cuando quedan por delante titanes como los hermanos Dardenne, Arnaud Desplechin o Marco Bellocchio, el huracán Tarantino y el gurú del Gurugú Terrence Malick.

Otros protagonismos de la jornada llegaron de fuera de la competición. Bruno Dumont gesta poética del martirologio y la iluminación de la niña santa en su muy bella Juana de Arco en la que brinda una muy rica relectura de la figura de la mitad monje, mitad soldado, de su iluminación, de su juicio y su quema en la pira, sustentada la puesta en escena -que tiene varias incrustaciones de musical- a partir de los textos de Charles Péguy. Esa Juana de Orleáns niña y mártir ya protagonizaba la obra anterior de Dumont. Pero lo que entonces era estruendo pseudo-punk y caprichoso aquí toma formas líricas muy respetables.

Takashi Miike es uno de los autores más prolíficos del cine mundial desde hace al menos dos décadas. Es verdad que su carrera ha ido derivando desde un perfil de creador de mundos de poder suprarreal casi lovecraftiano hacia el del muñidor de cine kamikaze y muchas veces tontiloco, que toca todas las teclas del cine popular japonés, desde el manga hasta los samuráis o los yakuzas. Estos últimos se agolpan en el film que Miike presenta aquí, First Love, que es un looping desopilante de ruido y de furia que - por contraste- pareceríann dejar al cine mafioso y brutal de Takeshi Kitano en conciertos de bachianas.

El danés Nicolas Winding Refn fue bendecido en este festival como golden boy hace casi una década, con Drive. Desde entonces, todo lo que podiía haber ido mal, ha salido peor. Tras sus narcisismos onanistas de Only God Forgives y The Neon Demon, sendos siniestros que estropiciaron su prestigio contra La Croisette, Winding Refn debe de haber saboreado lo efímero de la gloria. Ya frisa los 50 y se ha venido a Cannes refugiado en una serie televisiva de Amazon titulada -no por casualidad- Too Old to Die Young. Por lo visto en los dos capítulos aquí estrenados - envoltorio de thriller policial norteamericano pero la misma carga egomaníaca autodestructiva en su corazón- Winding Refn apunta, en efecto, hacia un envejecimiento prematuro digno de estudio patológico.

El veterano Patricio Guzmán parece hacer en La cordillera de los sueños testamento de lo que ha sido su obra y su vida: la memoria del golpe de estado que cambió la naturaleza de su país, Chile. La ensangrentó, la dejó envilecida y tumefacta a pesar de la recuperación de las libertades. Y ahí se ha quedado.

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