Cannes: «The Dead Don't Die», un Jarmusch tan anquilosado como sus zombis autorales

El director pretende que nos creamos que su obra es una metáfora política o poética de un mundo que declina

Bill Murray posa para los fotógrafos durante la presentación de la cinta
Bill Murray posa para los fotógrafos durante la presentación de la cinta

Cannes / E. Especial

Bienvenidos a Cannes. Con inaccesibles pases fantasma de una película de zombies. Cannes, donde conseguir informar con puntualidad de qué tal le fueron las cosas a los muertitos inaugurales de Jarmusch es misión tan imposible como sobrevivir a la noche de los muertos vivientes, el gran clásico de George Romero al cual Jarmusch dice homenajear en su película.

Huele Cannes a napalm y a cabreo la mañana después de The Dead Don't Die. Ya por fin podemos decir que estamos ante un Jarmusch anquilosado, perezoso, entumecido como sus cadáveres contracturados e isquiotibiales que salen de las tumbas de Centerville, ese pueblito donde ya tarda en ponerse el sol y el reloj se derrite y se congela como si se hubiese convocado a Dalí para el aquelarre.

Jarmusch, que demostró no hace tanto capacidad para el cross over de géneros en su crepuscular y personalísima lectura del cine vampírico de Only Lovers Left Alive, aborda el temario de la fiebre de los zombies en lo que pretende que nos creamos que es una metáfora política o poética de un mundo que declina, moribundo ya antes de que surjan de bajo la tierra los no-vivos. Pero ese subtexto es condenadamente pueril.

Jim Jarmusch
Jim Jarmusch

Que hay apocalipsis zombi, pues échale la culpa al fracking. Metes un personaje -Steve Buscemi- que represente al supremacista votante de Trump y llámale a su perro Rumsfeld. Agita la noche de unos muertos que danzan buscando desesperados señal wi-fi, reclaman un famoso antidepresivo o un vaso de Chardonnay como si fuesen soma. O se sienten fashion victims. Todo suena a refrito de ocurrencias de guion fácil para poder alegar que eres Jarmusch y que lo que estás componiendo es tu alegoría de una sociedad, la nuestra, que es ya túmulo zombimaníaco antes de que la noche nunca llegue. Pero, ahora en serio, la cosa va más de reunión de veteranos cómplices, celebridades venerables. Y ni siquiera en ese terreno es capaz el film de jugar a fondo la baza gamberra o bizarra. Y la acción mutante de la trama se va desinflando en un anticlímax tan desdibujado y borroso que puedes confundir a Selena Gomez con Danny Glover.

Riega la película de (auto) guiños cinéfilos: que si una tumba es la de Samuel Fuller, que Tilda Swinton con katana rebane cabezas en un remix de Kill Bill y de Ghost Dog. O que Adam Sandler luzca una chapita de Star Wars. Qué ocurrente. Qué divino de la muerte. Qué cool e imprevisible ver a Iggy Pop luciendo de novio cadáver o a Tom Waits en rol de eremita que lee Moby Dick y preanuncia el fin del mundo. Y que el sheriff Bill Murray y su escudero Sandler evoquen al Grupo salvaje de Sam Peckinpah antes de caminar hacia la inmolación, lanzando aquel legendario Let’s Go que musitaban Ernest Borgnine y William Holden antes de salir al paso de la muerte orgullosa y mexicana porque se sabían ya seres de otra era. Yo no sé si Jarmusch se está haciendo mayor. Si su tiempo habrá pasado. Desde luego, The Dead Don't Die -a la que no se le niega, noblesse obligue, cierto estilo y algún gag dionisiaco celebrable- lo que indica es desidia, ombliguismo, superficialidad con todo simpática que puede colar si eres un debutante en la Semana de la Crítica. Pero querido Jim, tú te apellidas Jarmusch. Y no es serio tu cementerio.

Quentin Dupieux y el asesino fetichista de la piel de ciervo

En la otra inauguración, la de la Quincena de Realizadores, tuvimos a Quentin Dupieux, un nombre que me suele convocar recuerdos de hirientes y descabelladas obras de autocomplacencia, en donde el humor del absurdo justifica todo y casi siempre los protagonistas son objetos como la rueda de auto homicida de Rubber, la cual para algunos adelantados es película de culto. Dupieux no deja de moverse en el film visto este miércoles, Deerskin, en ese territorio suyo del nonsense. Pero consigo cierta conexión con el pequeño disparate que nos propone. Jean Dujardin es un tipo obsesionado con adquirir una chaqueta de piel de ciervo. Una vez trajeado, la prenda lo posee, lo va enloqueciendo, lo transmuta en un serial-killer. Entiendo que la propuesta pueda exasperar. A mí me divierte con moderación. Mis expectativas ante el director que ascendió a la fama con una película protagonizada por un redondo caucho semoviente debían ser tan bajas que ya me vinieron bien tres o cuatro golpes de humor gore bien asestados y ver a Dujardin y a la soberbia Adèle Haenel tratar de salvar los muebles en medio del despropósito.

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