Retrato a plumilla de los Muñoz Avia

Rodrigo, el hijo pequeño de la pareja de artistas, cuenta en «La casa de los pintores» la vida y la obra de sus padres, una familia envuelta en cuadros, música y amigos

Muñoz Avia retrata a sus padres en «La casa de los pintores»
Muñoz Avia retrata a sus padres en «La casa de los pintores»

Él fue Premio Nacional de las Artes Plásticas en 1983. De ella decía Cela que era la cronista del «por aquí pasó la vida marcando su amargura». Él apostó por el abstracto desde que, becado en París, conoció el informalismo de pintores como Tàpies. Ella, Amalia Avia (Santa Cruz de la Zarza-Toledo, 1930-Madrid, 2011), era una pintora figurativa y su atracción por los temas viejos [puertas raídas, balcones gastados, comercios cerrados...] hacía que para no caer en el tremendismo bromeara con una frase: «Donde pongo el pincel pongo la pica». En 1991 Lucio Muñoz (Madrid, 1929-1998) pasó a ser artista exclusivo de la galería Marlborough de Nueva York, dos años después de que el Museo Reina Sofía le hiciera una exposición antológica. Ella escribió Amalia Avia. De puertas adentro. Memorias (Taurus). Ahora Rodrigo, el hijo pequeño de los cuatro que tuvo el matrimonio, publica La casa de los pintores (Alfaguara), un dibujo literario, que por los numerosos detalles parece hecho a plumilla, contando la vida de una familia que vivió envuelta en la pintura, la música [Lucio era un gran melómano y su hijo evoca sus apasionados bravos tras algún concierto], la literatura y los amigos. De todo ello habló Rodrigo Muñoz Avia en la Fundación Luis Seoane de A Coruña, dentro del ciclo Pensamentos urxentes. Mirar, pensar, escribir que coordinan Luis Paz y Javier Pintor.

«No es una biografía en el sentido de empezar a contar la vida de mis padres sino que son vivencias mías, mis primeros recuerdos de mi padre y de mi madre pero en lugar de ser un libro autobiográfico el foco está puesto en ellos, con una cosa esencial que vi desde el primer momento y es que los estudios tenían que tener un gran protagonismo», contaba Rodrigo. Dichos estudios formaban parte de la vivienda madrileña «y como niños teníamos acceso constante para juegos, para pasar la tarde allí, para lo que fuera...». Esto último incluía que «mi padre nos llevaba a los cuatro hermanos, de uno en uno, al estudio para preguntarnos nuestra opinión de los cuadros...»

Hay una escena familiar que Rodrigo cuenta así en el libro: «La imagen de la mesa y de los dos sillones donde mis padres se sentaban cara a cara encarna para mi la unión y la comunicación que había entre ellos (...) Los dos confiaban mucho en la opinión del otro, tanto en temas artísticos como personales». En esa mesa, donde compartían desayunos y confidencias, siempre estaba el periódico: «Una mañana sin periódico era casi tan grave como una tarde sin siesta», escribe.

Al evocar a su padre, para Rodrigo Muñoz «el rasgo que más me llega es su obsesión con la creación, su valoración de la creación no solo de la plástica sino de la música, porque era un melómano enfermizo, y de la literatura. Y todo eso nos lo transmitía y hablaba de ello». De todos modos, sus padres no hacían ensayos teóricos sobre su trabajo y mientras su madre sentenciaba «no sé por qué pinto lo que pinto», su padre decía: «La pintura no se puede convertir en un discurso». Recuerda como «en aquel momento el realismo y la abstracción estaban más unidos que ahora» y detalla diferencias al ponerse a pintar: «Mi padre era muy obsesivo con todo el proceso pictórico, mucho más que mi madre. El proceso creativo del cuadro lo entendía casi como una pelea, una batalla que había que ganar».

Entre las batallas ganadas Lucio Muñoz dejó murales como el ábside de la basílica de Aránzazu, en Oñate (Guipúzcoa), y el que preside la Asamblea de Madrid. Este último «es un mito familiar y todo el proceso de ejecución es paralelo a la enfermedad de mi padre que falleció el 24 de marzo de 1998, sin poder ver instalada esta última obra».

El libro incluye cuadros de los dos artistas en lo que es «casi un catálogo», decía Luis Paz destacando el carácter poliédrico de un volumen en el que aparecen artistas amigos como Antonio López que «se pasaba allí muchos días: llegaba por la mañana y a lo mejor se metía con mi padre en el estudio, escribía o le ayudaba en el cuadro. Se llevaban muy bien y se querían mucho; teniendo una manera de pintar tan distinta se respetaban mucho. Y con mi madre igual».

La última gran exposición de Lucio Muñoz, con un taller incluido, en el museo de Fenosa en A Coruña

«Casi seguro que la última gran exposición que hizo en vida fue en el Museo de Unión Fenosa», apuntaba Rodrigo Muñoz sobre la presencia de su padre en Galicia. Fue en abril de 1997 cuando comenzó dicha muestra que llevaba por título Lucio Muñoz, pintor. Además impartió un taller en el mismo museo: «Lo vivía porque apoyaba mucho a los artistas jóvenes, le interesaban mucho y se tomaba muy en serio los talleres», comentaba Rodrigo. En el libro escribe: «Cuando terminó su taller en La Coruña fui con mi madre y mis hermanos a recoger a mi padre, pero ver la habitación de hotel en la que había pasado un mes entero de su vida me produjo una ligera desazón que era injustificada». También había expuesto en la galería Atlántica grabados y obra de gran formato.

Rodrigo Muñoz, del que Javier Pintor destacó sus éxitos en la literatura infantil y juvenil con siete novelas y una obra de teatro, confesó durante su disertación en la Fundación Seoane que había pensado en titular este libro ¿Y tú no pintas?. Y es que, cuenta en el texto, «he respondido a esa pregunta con todas las edades y en todos los lugares, y mis hermanos también». Tras reflexionar sobre las posibles intenciones con que se plantea esa cuestión, argumenta que «solo hay una respuesta buena, y es la que dio un día mi hermano Lucio, con su habitual ironía:

-¿Y tú no pintas?

-Sí que pinto. En realidad muchos de los cuadros de mi padre y de mi madre los he pintado yo».

Esto recordó en la presentación del libro, la primera fuera de Madrid, este licenciado en Filosofía por la Complutense de Madrid y autor de las novelas Cactus (2015), Vidas terrestres (2007) y Psiquiatras, psicólogos y otros enfermos (2005).

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