Itxu Díaz: «Escucho a Hombres G y Loquillo y me siento orgulloso de ser del mismo país»

En «Nos vimos en los bares» el periodista coruñés, que fue asesor del ministro Méndez de Vigo, plantea un recorrido sentimental por el pop español que verena y reivindica

ITXU DÍAZ, AUTOR DEL LIBRO  NOS VIMOS EN LOS BARES
ITXU DÍAZ, AUTOR DEL LIBRO "NOS VIMOS EN LOS BARES"

redacción / la voz

Melómano empedernido y adorador del cancionero del pop-rock español, Itxu Díaz (A Coruña, 1981) ha mezclado las canciones de Los Secretos, Joaquín Sabina o Los Limones con su vida. Y su vida con ellas. Lo refleja en Nos vimos en los bares, un libro en primera persona en la que relata su relación con la música y, de paso, la historia de una línea del pop español guiada por lo que él considera grandes canciones.

-Se fija, de manera especial, en el pop-rock español de finales de los ochenta y principios de los noventa. Se trata de una época que no goza de gran prestigio, al contrario que momentos como la Movida. ¿Por qué?

 -Mi sensación es que la marca ochentas es la poderosa. Incluso hoy, cuando organizamos fiestas para pinchar desde Maldita Nerea hasta Siniestro Total, lo anunciamos como fiesta ochentas. La marcha noventas no funciona también. Y la dosmil, ni te digo. Funciona, en parte, porque cuando llegaron los grupos españoles de los noventa rompieron con lo de los ochenta. Les parecía una cosa cutre, anodina y de estudiantes universitarios. Pero la generación del 2000 sí que reivindicaba a sus mayores, los de los ochenta. Ahí hay una diferencia importante. Tú veías a Leiva o Quique González y conectaban con sus mentores. Eso ha contribuido a que se revise todo. Además, cuando alguien hace una versión de Los Secretos, no hacen Me aburro sino A tu lado, que es del 92.

 -Pero en el imaginario colectivo sigue estando la Alaska del 84 y no Los Ronaldos del 88 o Los Enemigos del 89.

 -Ahí hicimos una distinción un poco tonta. Contribuyeron los noventa, que fueron de etiquetaje. Fue la época de lo indie. Yo creo muy poco en las etiquetas musicales y mucho en las canciones. Este libro es una reivindicación de esas canciones.

 -Se percibe en su libro un afán por reivindicar figuras un tanto olvidadas. Por ejemplo, en sus páginas Rafa Sánchez de La Unión lamenta lo poco que se valora la veteranía en España. ¿Está de acuerdo?

 -Ahí hay un punto de inflexión con la muerte de Enrique Urquijo. Por alguna razón, fue algo más allá de la música y resultó todo un estallido social. Yo no recuerdo otra muerte que generase tantos homenajes espontáneos en toda España. Desde entonces, cambió bastante eso. Yo creo que los artistas fuertes de ahora tienen eso que Loquillo decía de Leiva: que es grande porque respeta a su mayores. En el caso de Pereza fue más importante, porque empezaron a rendir homenaje e esos mayores cuando estaban en lo más alto. En un grupo de los noventa, que tuviera el nivel que tiene hoy Leiva, eso era impensable. Y hoy ves a Iván Ferreiro que le hace un homenaje a Golpes Bajos en un momento altísimo de su carrera, no cuando estaba más abajo. Ha cambiado todo mucho. Luego también hay una cuestión institucional, que influye mucho.

-¿A qué se refiere?

-En un país como este todo lo que tiene que ver con el reconocimiento del Estado influye bastante. Tradicionalmente, no hemos tenido un reconocimiento hacia los músicos como hemos tenido hacia los escritores o el mundo del cine. Probablemente, en el caso de la música, porque nunca ha sido un colectivo tan coñazo como el del cine. Son menos industria. Este año, por ejemplo, el Ministerio de Cultura le ha dado la Medalla de Bellas Artes a Hombres G. Hace unos años era impensable. Es importante ese papel del Estado. Han premiado a Loquillo, a Rosendo o a Los Secretos. Ha tardado demasiado en llegar, pero nunca es tarde.

 -Realmente, yo refería más a despreciar a los artistas mayores por inercia. Muchas veces, sin ni siquiera escuchar su disco. Como cuando sacaba un disco Manolo Tena, que nadie había escuchado.

-Eso ocurría en los conciertos. Cuando volvieron los grupos de los ochenta hubo algunos que cometieron la indecencia de hacer temas nuevos. La gente se enfadaba muchísimo con esa postura. Porque la gente quería los temas viejos. Yo eso lo he vivido muchas veces y he visto a gente muy frustrada. Decían que por qué no podían componer canciones nuevas y tenían que estar siempre tocando lo antiguo. Todo se junta.

 -Cuando llegó el «indie» se pretendía acabar con buena parte de lo defiende en su libro: el pop-rock español que triunfaba en los bares. Esa idea caló, poco a poco, en la prensa musical y muchos de aquellos artistas desaparecieron de sus páginas. Un día se lo comenté a Loquillo y me dijo: «Ahí están los que han quedado, solo los que tienen canciones». ¿Cómo lo evalúa usted?

 -Yo he defendido el pop español en general. Cuando estalló el indie y los periodistas empezaron a hablar de grupos que no conocía ni su madre tuve esa sensación de repelús hacia lo que empieza a molar [risas]. Es esa desconfianza del club de fans de John Boyd: «Ese tío no me gusta nada y, si canta de espaldas, menos». Tuve eso, pero con el tiempo vas sabiendo encajar, entender y sacar la paja. Hay grupos indies que se han quedado por el camino y eran muy buenos. Pero están sus canciones ahí. Por ejemplo, Undershakers que me gustan mucho. Ahora me alegro mucho del momento en el que vivimos. Los que eran abanderados de la música indie en España hoy pueden compartir escenario con grupos próximos al rollo pop. No hay esa cosa de separar, que es absurda. El talento del escritor de canciones no está acotado por nada. Cuando ahora Kiko Veneno saca La Higuera lo ves con un productor de trap. Hace lo que le da la gana. Y, salvando las distancias, es muy parecido a lo que ha hecho Leiva con Sabina. Algo que no es tu rollo, que no es tu época y que está genial. Volvieron al principio, el indie son Los Planetas, pero mi indie es Alex Cooper, que lo sigo desde siempre. Para mí una fiesta no es una fiesta si no suenan Los Flechazos.

 -Algo muy coruñés, por cierto. La fama de Los Flechazos en A Coruña, donde en las discotecas eran tan populares como Duncan Dhu o La Unión, es un fenómeno un poco extraño. Sorprendía hasta el propio grupo. ¿A qué cree que se debe?

-Es que en las ciudades pequeñas la línea musical la marca muy poca gente. El poder que tienen los pinchadiscos en las ciudades pequeñas es brutal. Y antes aún más. Yo recuerdo las primeras noches de copas en el Playa Club con Poti, el dj de la discoteca. Era algo complicado de entender, incluso para los que no íbamos a escuchar música latina. Tú venías de cantar Los Rodríguez o M-Clan en los bares y llegabas allí, porque había que ir allí, y lo que sonaba noche tras noche te dejaba cuño. Poti no hacía muchas concesiones a la música en España. Una de ellas era Los Planetas. La otra era Cooper y Los Flechazos. Hay una cuestión de educación del oído que deja huella.

ITXU DÍAZ AUTOR DEL LIBRO «NOS VIMOS EN LOS BARES»
ITXU DÍAZ AUTOR DEL LIBRO «NOS VIMOS EN LOS BARES»

 -Volvamos al «indie». ¿Qué sintió cuando aparecieron Los Planetas y para sus fans parecía que se había marcado un punto y aparte, barriendo con todo lo anterior?

-Me daba mucha pereza. Hay una cosa que echa para atrás, con la que creo que estarás de acuerdo conmigo, que es que hay fans de algunos grupos que son un coñazo. Los de Los Suaves, por ejemplo. Todo el día con la camiseta del gato y el rollo ese. El grupo está bien, pero los fans son unos pesados. O los de Héroes del Silencio, que están todo el día ahí insistiendo en lo buenos que eran. Con el indie a mí me pasaba eso. Venían con su historia y despreciaban todo lo demás.

-Hace algunas reivindicaciones chocantes. A Modestia Aparte los trata como un gran grupo y también defiende a Ella Baila Sola, algo muy poco usual en la crítica nacional. ¿Por qué?

-Hay intención de desetiquetar y resaltar las canciones. Nunca he vibrado con Ella Baila Sola pero, con el paso del tiempo, me di cuenta que en su estilo hay canciones y letras de talento. En Modestia Aparte se junta mi historia personal. Ellos fueron como mis Hombres G, a los que llegué más tarde. Además, en Modestia estaba Portu, que es de lo mejor que hay en España como músico, productor y persona. Es un tío inmenso. Se ha quedado acomodado en la parte industria, porque no tiene la piel del artista de hacerse giras y eso. Modestia Aparte tienen letras geniales y, luego, tienen el cachondeo. Y la voz de Fernando. Yo entiendo que haya gente que no lo vea, pero si escuchas a fondo los discos, escuchas cosas muy diferentes. No muy lejos de lo que son Hombres G, por otra parte.

 -Tampoco es que Hombres G sean un grupo muy respetado por la crítica. Quizá hayan ganado algo de prestigio en los últimos años. 

-Hombre, han hecho cosas muy interesantes. Si quitas la parte folklórica, tienen canciones muy buenas. Cuando volvieron, me quedé alucinado. Después de tantos años, hicieron dos canciones que están entre lo mejor en cada una de sus vertientes: No te escaparás, para el cachondeo, y Lo noto, con una letra magnífica y una producción extraordinaria.

-Recuerda con cariño a Manolo Tena. ¿Quería limpiar su imagen?

-Absolutamente. Lo que hicimos con Manolo Tena fue terrible. Cometió el error de sobrevivir, algo que en España no se puede hacer. Las historias malditas tienen que ser perfectas. O ser Antonio Vega, que era tan magnífico y tan encantador que se le perdonaba todo. Manolo se pasó dos o tres años vagando por los escenarios en estado lamentable. Uno de los bolos más sonados fue aquí, en Galicia. Fue terrorífico. Me parece muy triste que hayan quedado esas crónicas como recuerdo, cuando Manolo fue mucho en la historia musical de este país. En los años posteriores a esa época errática, cayó en el olvido. Pero se tomó su última venganza en el último disco. El primer single se llama Opiniones de un payaso. Lo que dice ahí es que se le ha tomado como un payaso y se han reído de él, pero tras ello está Frío, está la historia de Alarma,  Cucharada y muchas cosas grandes. Cuando murió no se hizo nada y eso que dejó el mejor disco de su carrera. No se le ha reconocido nunca.

 -En el otro polo estaba Antonio Vega. ¿Está de acuerdo con esta verenación absoluta en la que se le perdonaba todo?

-Era un genio. Eso se percibía en un propia figura en el escenario. No he visto nunca con artista eso de que se hiciera al silencio como con él. Es un respeto reverencial a su obra y su vida. Le ayudaba su imagen de fragilidad, cosa que no tenía Manolo Tena. A mí no me parece mal que se le haya perdonado todo. Por supuesto que sí. No nos dio un disco malo y resucitó muchas veces.

-Evita recrearse en el malditismo, algo muy usual en las aproximaciones a figuras como Antonio Vega.

-¡Buff! Juzgar desde fuera, sin estar viviendo la vida de una persona, es bastante imprudente. Y juzgar a un artista sin tener la personalidad artística es una temeridad. Es imposible de entender lo que sufre, lo que siente y cómo lo lleva. Y si tiene éxito, más aún. A mí me interesa al trabajo y las canciones.

 -A Loquillo lo presenta casi como un caballero medieval, un hombre de honor y un artista muy coherente. Choca porque, recientemente, en el libro «Espectros de la movida» el periodista Víctor Lenore lo retrataba como todo lo contrario, como un arribista y un personaje que se arrimó siempre al sol que más calienta. ¿Quería dar otra imagen de él?

 -Yo cuento la verdad. De Loquillo me habían contado de todo, pero lo que conozco de él es que es uno de los tíos más leales que he conocido en este sector. También de los más generosos y, sobre todo, el artista que ha llevado su carrera artística con más inteligencia. Tiene una capacidad brutal de acercarse a la gente de talento. Su banda actual está compuesta por los mejores. No es algo casual. Tú le preguntas cuál es la clave del éxito y él te dice: «Rodearte de gente mejor que tí». Vaya tontería ¿no? Eso lo podía decir cualquiera. Pues es que en su caso es verdad. Ha llevado su carrera con mucha inteligencia, insisto, pero ocurre que es una estrella del rock. ¿Qué quiere la gente que lo critica? ¿Que sea amable? ¿Que se mezcle con los pipas en la furgoneta? No, las estrellas del rock llegan en limusina y, si pueden, le escupen al encargado. Si lo piensas, es todo una tontería. Si piensas en los artistas grandes son todos así. Pero luego están las lealtades y lo que importa. Y eso siempre me lo ha demostrado, sin pedir nunca nada a cambio.

 -¿Es Loquillo para usted la gran figura del rock nacional?

-Sí, aunque decir cosas absolutas de ese modo da un poco de miedo. Pero lo tiene todo: el repertorio, el haber llevado bien su carrera, el talento y la actitud. Aunque también puede que sea injusto, porque ahí está Rosendo. Como estrella del rock y aportación a la cultura, Loquillo no tiene comparación.

-En el libro se destila mucho cariño a los músicos. ¿Le gusta tratar con artistas?

-Podría hacer un libro sobre los trapos sucios y se vendería más. Pero hay dos cosas. Uno tiene que ser fiel a sus principios. Y eso no me lo pide el cuerpo. Y segundo, en España hay una larga tradición en la que el crítico musical es una especie de santo varón que jamás ha cometido un pecado. Luego, están todos estos artistas drogadictos y ególatras de los que solo se salva alguno. Ahí creo que hay mucho de problema propio del tío que lo escribe. Considero la música española como un bien para la sociedad. Lo que aporta es inmenso y no lo valoramos. Yo escucho a los Hombres G y me siento orgulloso de ser del mismo país. Y con Loquillo, igual. Ahora se habla mucho de la cuestión patriótica y nacional. Pues a mí lo que me hace sentirme orgulloso son estas cosas: los grandes discos, los clásicos de nuestra literatura…. No sé, no me identifico con el milagro económico ni con cosas así [risas]. A mí lo que me hace vibrar es un buen disco y una buena canción. Hay que buscar cosas que nos unan. A mí no me gusta estar en la gresca. El principal antídoto contra los desvaríos autoritarios no es tanto la confrontación directa como la unión. Las canciones unen por encima de ideologías.

-En los últimos años caló en algunos artistas pop una intencionalidad política que, en otros momentos, no era tan clara. Ese aspecto no se recoge en la obra. ¿Por qué?

-No me interesan las canciones que mueren en dos o tres años. Son temas que hablan de la coyuntura y el paisaje, pero no reflejan ningún tipo de eternidad. Yo busco esto. Que me cuentes de un señor dictador que no se qué no me interesa nada. En general, la música política siempre me ha parecido un tostón. No me parece mal que haya gente que la haga, solo irrelevante. Me fastidia cuando los grupos me que me gustan se enredan en eso. Por ejemplo, Celtas Cortos, a los que le tengo un cariño tremendo. De hecho, el título de este libro es un pequeño guiño a ellos.

-Habla con desdén de los «hipsters», de la corrección política, de los gurús de Internet... ¿Desencantado con el presente?

-Yo es que no me encuentro muy a gusto en este siglo. Me siento raro, ajeno. Ya hace tiempo que tengo esa sensación. He aprendido desde pequeño a valorar las cosas antiguas y tengo muchos recelos con la modernidad. Normalmente, viene acompañada de una enfermedad. Lo cual no quiere decir que, siguiendo la misma teoría de la defensa de las canciones, haya cosas interesantes. Sí que agradezco a los hipsters que vuelven a poner de moda la limpieza. Hubo épocas horribles en ese sentido.

-¿Se ve escuchando «trap» o reguetón?

-No, a mí el reguetón y el trap me parece algo satánico. No sabría decirte cuál de las dos está más cerca de Satanás y cuál al infierno de Dante. Cualquiera me parece terrible. A lo mejor algún día, bajo los efectos de algún tipo de seta, consigue emocionarme una canción de reguetón. Pero por ahora, a mí solo me despierta el instinto asesino. Mi última época de pincha me pilló con el principio del reguetón y, vamos, por encima de mi cadáver. Cuando alguien me pedía algo así yo le ponía a Rosendo.

-Al respecto de la corrección política, ensalza de manera especial el disco que Loquillo hizo sobre poemas de Luis Alberto Cuenca, «Su nombre era el de todas las mujeres», cuyo single «Political incorrectness» era todo un himno al respecto. ¿Lo hace por eso?

-Me parece un disco maravilloso. Pero no lo digo solo por el single de Political incorrectness, que conste. Me da una pereza brutal la cosa esta de la corrección. Como columnista lo he sufrido, el no poder decir lo que me da la gana. Pero también me da pereza el otro extremo, el que va de incorrecto por la vida. Yo no soy de reivindicar. No me siento de este siglo por esas cosas. No concibo toda esta historia según la cual hay una inquisición laica que está todo el tiempo mirando a ver si te sales de lo que se ha aceptado. En todo: la violencia de género, las armas… Todo esto que está sacando Vox son como cosas de las que no se pueden hablar. ¿Por qué no? Nadie lo sabe. Pero no se puede hablar de ello. En las canciones pasa un poco así. Tener que medir los pasos porque puede venir la inquisición laica detrás cercena el talento. Yo creo en la autoregulación. Y el que no sepa regularse, luego lo meteremos en la cárcel o lo que se tenga que hacer. 

-Usted tuvo un grupo, Los Elegidos. ¿Le ha ayudado haber sido músico para ejercer el periodismo musical?

-Sí, para entender la personalidad el artista. Los sentimientos son los mismos, solo cambia la magnitud. Pero al final es lo mismo. El mismo abismo que sentimos Los Elegidos cuando llenamos un garito lo sienten un gran artista cuando llenan un gran recinto. Aunque, bueno, nuestro no era un grupo de música, era una juerga.

 -Habla de lo emocional, no de lo técnico. Curioso, porque a veces surgen reproches de los músicos a los periodistas precisamente por eso: por desconocer lo que es tocar.

 -Claro. La crítica musical más técnica interesa solo a los músicos, que son un colectivo muy pequeño. A los fans no les tira eso. A mí me importa lo emocional. Puedo distinguir una parte más lograda de una más simple, pero la música fundamentalmente es llegar a alguien y hacerlo vibrar. Y no hay una fórmula matemática ni una técnica para llegar a eso. Yo cuando hago crónicas de conciertos las hago absolutamente emocionales, no sé hacerlo de otra manera. Pero aunque supiera, no me parecería interesante estar recreándome en lo bien que lleva el ritmo el batería [risas].

 -Ha sido asesor del Ministerio de Cultura con el PP en la época de Méndez de Vigo. Lo menciona varias veces en el libro. ¿Ha sido una tacha trabajar para la derecha en este mundo musical, donde a veces eso no se tolera?

 -Yo en el mundo de la música tengo amigos. Casi todos los artistas con los que trato son amigos y eso está por encima de mis planteamientos políticos, que nunca he escondido con ellos. Son célebres mis discusiones en el Toni2 con cabecillas de la música española a las tantas de la mañana sobre un asunto u otro, sobre lo divino y lo humano. Si uno es coherente con lo que piensa, lo expone con tranquilidad y tiene un vínculo de amistad, no ocurre nada. Hay contadísimas excepciones en esto, pero no tengo ningún interés de hablar de ello. Pero sí, hay algunas personas que no son así y fallaron con el tiempo. Yo considero que primero está la amistad, la música, la cultura y el magma emocional. Y, luego, la política. No conozco a nadie que quiera un mundo peor. He conocido a gente escéptica con cambiar el mundo. Yo pienso que una persona hace mínimamente interesante cuando se da cuenta que su misión no es cambiar el planeta. Pero bueno, he conocido a artistas muy comprometidos que piensan que su opción es la mejor para hacer un mundo más justo. Bueno... También he conocido a artistas de derechas que sufren para lograr galas en verano cuando la balanza del reparto ese año cae roja. Y bastantes.

ITXU DÍAZ AUTOR DEL LIBRO,  NOS VIMOS EN LOS BARES .
ITXU DÍAZ AUTOR DEL LIBRO, "NOS VIMOS EN LOS BARES".

-¿Se ha encontrado con artistas de derechas que omiten esa parte para que no interfieran en su vida profesional?

 -Sí, claro. Y lo entiendo. Pero eso creo que va pasando. En ese sentido, creo que ha sido muy importante lo que ha hecho el ministro Méndez de Vigo. No se le reconocerá, porque aquí nunca se reconocen esas cosas. Pero desde el primer momento su planteamiento, y era sincero porque lo vi desde el primer momento, no era hacer partido con la cultura, sino hacer España con la cultura. Es decir, entrar de lleno en el mundo del cine y explicarles que el primero que veía cine español todas las semanas era él: un ministro del PP que, en teoría, tenía que odiar el cine español. Y hacer lo mismo con la música y la literatura. Dar premios, sean o no de tu cuerda. Ese fondo dura por encima de las ideologías y los carnets. Tuvo consecuencias. La primera es que el mundo del cine estuvo absolutamente pacificado durante esa legislatura. Eso no fue casualidad. No vieron un enemigo, vieron un aliado. En el mundo de la música te puedo decir que que se sintieron absolutamente respaldados. Escritores, también. Y el mundo de los museos, que es más neutro, igual. Yo creo que eso es muy importante. ¿Cuál era la clave? Pues que era un hombre al que le gustaba la cultura, como me pasa a mí. Y le gustaba por encima del carnet. A mí nunca me ha gustado pedir carnet ideológico a un artista para ver una peli suya o leer su libro. Eso hay que superarlo.

 -Hay algunas ausencias, o presencias escasas, en el libro que llaman la atención. Primero, Carlos Berlanga. El que para muchos es el mejor compositor del pop español apenas sale en una página. ¿Por qué?  

-La historia de Carlos Berlanga es mucho menos emocionante de lo que te puedas creer. Yo había escrito un capítulo donde salía. El libro lo escribí en mis vacaciones entre Ribadeo y Guitiriz, en bares y paisajes maravillosos. Lo hice en cuadernos a mano. Las tres o cuatro hojas que corresponden a Carlos Berlanga las arranqué y en uno de los traslados se perdieron. No te puedo contar otra cosa. Casi se queda accidentalmente fuera del libro en el último momento, hasta que me di cuenta en el último y lo incluí. Pero es un grandísimo compositor.

-Xoel López sale mencionado en un línea. Siendo usted de A Coruña, parece un olvido imperdonable.

 -¿Solo sale en una línea? Pues no es premeditado, para nada. Le tengo muchísimo cariño. Hay una experiencia de vida con él. Un coruñés jamás ayuda a otro coruñés fuera de A Coruña. Vamos, en el periodismo te lo puedo asegurar. En la música también lo he visto. No sé por qué. Sin embargo, a mí con Xoel López siempre me ha pasado lo contrario. Y siempre que he podido sacarlo en medios de comunicación lo he hecho y con orgullo. A mí me parece impresionante todo lo que ha hecho. Me encanta su música. Hay discos suyos que tengo entre mi pequeña carpeta de discos que me voy a llevar si algún día me tengo que ir a un sitio chungo. Entonces, el hecho de que no salga más es absolutamente fortuito.  

-¿Y Mecano?

-¿No me digas que vamos a terminar la entrevista hablando de Mecano? [risas]

 -¿No le gustan?

-Sí, pero no [risas]. Están bien para una fiesta de los ochenta. Los Cano han hecho composiciones interesantes y Jose María es un intelectual muy interesante, que compone maravillosamente y pinta muy bien. Ana Torroja, pues eso. Nacho, también. Lo que pasa es que, reconociéndoles todo lo que son, yo me he visto menos veces reflejado en las canciones de Mecano. Y, por otra parte, es un grupo que ha vuelto 18 millones de veces. Bueno, no sé… Respecto la trayectoria de quien ha tenido todo y se ha exiliado de ese éxito para empezar de cero. Eso lo han hecho los tres. Pero no sé hasta qué punto el Maquíllate podría excitar mis sentimientos más profundos y emocionarme.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
9 votos
Comentarios

Itxu Díaz: «Escucho a Hombres G y Loquillo y me siento orgulloso de ser del mismo país»