Arturo Pérez-Reverte: «España es un Estado en demolición»

El escritor reúne en un libro los artículos publicados en «XL Semanal» entre los años 2013 y 2017

Pérez-Reverte lamenta las «oportunidades perdidas» en la historia de España
Pérez-Reverte lamenta las «oportunidades perdidas» en la historia de España

madrid / colpisa

«España es un Estado en demolición», con «un poderoso impulso suicida» y un «grave problema de educación». «Quizá merezca ser demolido, pero hay que saber por qué nos lo estamos cargando y por qué los escombros sepultan a gente que merece mejor suerte». Así lo sostiene Arturo Pérez-Reverte (Cartagena 1951), que ha trazado un fresco pleno de claroscuros en una particular historia de España compuesta por 92 lúcidas y críticas pinceladas. Son algunos de los artículos de la serie Patente de corso que publicó en XL Semanal entre los años 2013 y 2017 y que reúne ahora en Una historia de España (Alfaguara).

«No soy historiador ni un intelectual, soy un tipo que escribe novelas y que, con 67 años, ha vivido, leído y viajado lo suyo y tiene una visión del mundo», advierte. De Viriato al 23F, de los íberos a la burbujeante España surgida de la Transición, revisa Pérez-Reverte una historia «amarga, dolorosa, a menudo oscura y a veces luminosa». Cuenta de forma «subjetiva y parcial» el devenir de un país «cainita y suicida» pero no sin remedio. «Ningún otro país europeo tiene ese poderoso impulso suicida tan nuestro», asegura reconociendo que, con todo, «aún cabe la esperanza». «Soy muy amargo cuando hablo de España, pero nadie que conozca nuestra historia puede ser optimista», señala.

«España es un Estado en demolición -asegura-, pero no deja de ser un país espléndido y formidable, de modo no puedo evitar, a mi pesar, ser algo optimista», insiste. Ha escrito su historia con una mirada que no eligió «que es el resultado de todas esas cosas: la visión ácida, más a menudo amarga que dulce, de quien sabe que ser lúcido en España aparejó siempre mucha amargura, mucha soledad y mucha desesperanza, como dice un personaje de una de mis novelas». Resume el devenir del país como «una sucesión de ocasiones perdidas, de momentos en los que pudimos tocar la normalidad y la honradez, pero en los que perdimos el tren», evocando el Concilio de Trento, la Ilustración, la Primera y la Segunda República o la Guerra Civil.

La educación, su ausencia mejor dicho, es a juicio del escritor y académico, el gran y eterno problema de nuestro país, en el que «la derecha se ha apropiado de una historia que le ha regalado a la izquierda». «La derecha se ha envuelto en las banderas, en el Cid, en Viriato o la Reconquista, y la izquierda ha asumido que todo eso es carcundia, fascismo y caspa», lamenta. Se aleja de esa visión maniquea que bascula entre el orgullo triunfalista de la derecha, el derrotismo de la izquierda y la «aberración histórica de los nacionalismos periféricos». Sabe que su visión «no le gusta a nadie» y que por ello «me llueven hostias por todas partes». «España es un problema de educación y de memoria y la batalla está perdida», lamenta el creador del capitán Alatriste. Constata como la ausencia de ambas «hace que un joven sin formación sea manipulable por el peor populismo». «Los jóvenes no saben quiénes son, porque han desterrado la educación de los colegios, de modo que España es un problema de ignorancia y perdemos el futuro, porque un joven sin cultura y sin memoria es una oveja a merced del lobo».

Esa ignorancia supina, esa dejación, no es un problema actual, sino una carencia atávica a juicio de Pérez-Reverte. «Franco fue una repetición, una recaída en la enfermedad que se llama España», dice este pesimista lúcido. «Nuestra historia es triste, dura, plena de guerras, matanzas y degollinas, pero nadie que no conozca la enfermedad podrá curarla», plantea. «Sin conocer el pasado no tendremos solución. La historia es la luz que nos permite entender el presente», asegura advirtiendo que «blanquear la historia es tan malo como denostarla». Carga así contra «los ministros de todos los colores que han desmantelado la memoria». «Se la han hurtado a unos jóvenes que no saben quiénes fueron sus abuelos y tatarabuelos», lamenta el escritor que promete que «jamás sería ministro de Cultura».

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