Ángela de la Cruz rompe bastidores en su retrospectiva en el CGAC

Tamara Montero
Tamara Montero SANTIAGO / LA VOZ

CULTURA

SANDRA ALONSO

«Homeless» recorre la evolución del lenguaje de la artista coruñesa, premio nacional de artes plásticas

22 feb 2019 . Actualizado a las 19:11 h.

Aquel día de 1996 el bastidor se rompió, y con él se quebró el decurso de la historia del arte contemporáneo, que comenzó a seguir el rumbo que Ángela de la Cruz (A Coruña, 1965) le imprimía desde Londres. Había vuelto a borrar los límites. Aquel momento histórico se llamó Homeless. «Creo que hoy todos somos un poco nómadas», decía ayer al lado de ese cuadro que siguió siendo pintura pero a la vez se convirtió en escultura. Un lienzo amarillento que grita desde el rincón que no hay casa si no tienes pared. Que funciona como un espejo de las caravanas humanas de los 90. Y de los éxodos actuales. De la huida de la guerra, de la pobreza, del conflicto político y el calentamiento global.

Homeless, aunque esquinada, es la pieza central. La que da título a la exposición que ocupa desde hoy el hall y la planta primera del CGAC y que se ha producido en colaboración con Azkuna Zentroa y con los prestadores de las obras, para los que el director del museo, Santiago Olmo, tuvo un agradecimiento especial: «Los coleccionistas son una parte muy importante del proyecto de un museo».

Es esta una retrospectiva sin orden cronológico en la que los procesos mentales se vuelven táctiles. A través de 25 obras se puede ver cómo se va formando el lenguaje de una artista que está entre las diez mejor consideradas por la crítica, que ha sido Premio Nacional de Artes Plásticas y la única española finalista del Turner Prize. Un lenguaje que transita a la vez por la escultura y la pintura para «expresar o aludir a una idea o a una imagen». Un lenguaje construido con la medidas de su propio cuerpo, con retales de otros cuadros en una continua labor de reciclaje. «Nunca tiro nada», decía con un sonrisa antes unas obras que dialogan con la arquitectura de Siza. Hay, de hecho, una pieza elaborada especialmente para la exposición en la Compostela en la que fue estudiante de Filosofía durante dos años.