Gallego Jorreto, solidez y sinceridad


En cierta ocasión entrevisté a un ingeniero español muy conocido en la profesión, una autoridad en puentes, y, al preguntarle sobre Santiago Calatrava y sus extravagantes estructuras, sentenció: «Calatrava crea problemas para después resolverlos». Manuel Gallego Jorreto es todo lo contrario, su trabajo parte de la premisa de que una obra debe resolver problemas ya existentes, no crearlos. Bastantes complicaciones tiene ya la arquitectura: dar respuesta a las necesidades de un programa, ajustarse a un presupuesto, satisfacer el gusto estético del cliente (y, a la vez, permitir al autor imprimir su sello personal), lidiar con la normativa urbana, respetar el medio en el que se ubicará el edificio y los materiales propios de la cultura local... Para todo ello encuentra solución Gallego Jorreto en sus proyectos, porque la misión de un arquitecto no es construir, sino proyectar. Es este un verbo que, aplicado a la profesión, no encuentra acomodo en la definición que hace el Diccionario de la RAE. No es solo planificar o dibujar unas líneas en un plano (miles de líneas, miles de horas), que también, sino crear algo «firme, útil y bello» rodeado de unos condicionantes muy estrictos. Hay que tener alma de poeta, pero sin que los versos se impongan a la técnica y la razón.

De la arquitectura de Manuel Gallego me quedo con la piedra. No voy a caer en esa cursilada de «tradición y modernidad», porque la construcción tradicional también fue en su día la más moderna (y lo sigue siendo, por encima de muchas cosas que se hacen en la actualidad). Me refiero a esa capacidad de expresar con algo tan primigenio como el granito el núcleo duro de un país, Galicia. A la forma de cortar la piedra y de disponerla para que ese arte de proyectar del que antes hablaba tenga sentido. La piedra de Manuel Gallego es un homenaje a una tierra de canteros que lo mismo labraban un pórtico de la Gloria que construían una carretera como la Blue Ridge Parkway de EE.UU. Es esa solidez y sinceridad que expresan los muros del Museo de Bellas Artes de A Coruña, donde merecería la pena entrar aunque no hubiera nada expuesto en sus paredes.

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