«If Beale Street Could Talk»: retrato de una agonía emocional

Cine de autor en su más noble acepción


«IF BEALE STREET COULD TALK»

EE. UU., 2018.

Director: Barry Jenkins.

Intérpretes: KiKi Layne, Stephan James, Regina King, Diego Luna, Pedro Pascal, Teyonah Parris, Colman Domingo, Brian Tyree Henry, Ed Skrein, Michael Beach, Emily Rios.

Drama.

118 minutos.

Cine de autor en su más noble acepción, léase sello personal, coherencia narrativa, cuidado formal y una invitación implícita a que reflexionemos sobre cuanto nos rodea. El blues de Beale Street es el segundo largo de Barry Jenkins, que en el 2008 debutó con Medicine for Melancholy y ocho años después despuntó con Moonlight, Óscar al mejor filme, llevándose la dorada al guion adaptado, el propio Jenkins. Tirando de un modesto presupuesto -apenas doce millones de dólares-, propone un ejercicio como de orfebre, capaz de penetrar en los sentimientos y recreando una atmósfera singular. Cine de autor pleno que le lleva a los próximos Óscar en las categorías de guion adaptado, a lo que suma la certera banda sonora de Nicholas Britel y la actriz secundaria para Regina King, que ya recibió el Globo de Oro como la mujer que lucha para sacar de prisión a su yerno inocente.

Jenkins lleva a imágenes, otra vez sobre guion propio, la gran novela homónima de James Baldwin (1924-1987), publicada en 1974 sobre base real y otro duro alegato contra el racismo en los convulsos Estados Unidos de esos años, una constante en su obra -junto con los tabúes sexuales- con la que el director se identifica plenamente, y bien que se nota. La joven protagonista inicia en Harlem un romance con un joven del barrio, se queda embarazada y a él le acusan de una violación. Ella y su familia comenzarán una dramática carrera para sacarle de la cárcel. Aunque el espectador asume el atropello y puede intuir el desenlace, la película desciende con inteligencia al nivel emocional para diseccionar lo que es una angustia permanente, sostenida sobre diálogos medidos, miradas y silencios, gestos que redondean un filme que no excluye ni la autocrítica ni busca compadecer al pobrecito negrito... En absoluto, aunque sorprenda la resolución de las escenas más íntimas, que podrían parecernos cursis pero que responden a esa atmósfera realista dominante en toda la trama. El contexto histórico se mantiene en los años setenta, pero lo que ocurre en Beale Street y sus matices bien podrían ser de ahora mismo.

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