En los fogones de la España dieciochesca

Fernando J. Múñez debuta en la novela con «La cocinera de Castamar», una historia de amores imposibles e intrigas


El Escorial / Enviado especial

Una mañana de 1720 Clara Belmonte llega a la gran casa del duque de Castamar donde trabajará al servicio de la cocinera. Lo hace con los ojos vendados, no porque la propiedad del aristócrata sea un secreto -es una de las figuras más conocidas de la España de su tiempo-, sino porque la muchacha padece agorafobia. No es su único problema: Clara ha recibido una educación exquisita y moderna para una mujer de su tiempo, pero la muerte inesperada de su padre la condena a descender en la escala social.

Este es el punto de partida de La cocinera de Castamar (Planeta), el debut novelístico de Fernando J. Múñez (Madrid, 1972). El libro bebe de las grandes narraciones del siglo XIX para componer un fresco social y político sobre el que se retratan las ambiciones clásicas que suelen mover esta clase de historias: codicia, lealtades y traiciones y, sobre todo, amor.

Como si de una Cenicienta se tratase, Clara deberá vencer las dificultades propias de su descenso y posición -una cocinera zafia y malvada, una estricta gobernanta- para hacer brillar sus cualidades, especialmente sus habilidades en la cocina. Su oportunidad le llegará cuando deba preparar un banquete que deslumbrará a todos y llamará la atención del duque, quien no consigue superar la muerte de su joven esposa. «Me interesaba la gastronomía como un lenguaje secreto que comunica a Clara y el duque», explica el escritor, quien consultó numerosos recetarios de época para documentar las recetas incluidas en la novela.

Clara y el duque se elevan de esta forma como los protagonistas de una trama que gira en torno a un amor imposible, arropados por una galería de secundarios que se extiende desde Gabriel, un esclavo negro, a la intrigante viuda acaudalada Sol Montijos -que mandó asesinar a su marido- o el mayordomo Melquíades, que guarda más de un secreto.

Múñez se sitúa en la estela de Dumas o Choderlos de Laclos para entregar un drama que bien podría haberse publicado por entregas en un diario del XIX. El amor imposible que narra La cocinera de Castamar lucha contra convencionalismos y conjuras, pero se beneficia de la pasión y la sensualidad que le imprime el escritor, quien también, como muchas veces ocurre en estos relatos, proyecta la sensibilidad de su propia época: en este caso, una mirada feminista sobre la personalidad de Clara Belmonte y su afán de superación en un mundo que le es adverso, gracias a su formación y franqueza. «Espero que sea una mirada feminista», explica el autor. «Me interesaba ver cómo distintas mujeres se enfrentaron a ese mundo patriarcal que las tenía sometidas, que les asignaba roles como hija, madre y esposa, o bien monja o prostituta», añade.

Múñez se estrena de esta forma con la novela, aunque anteriormente ha dirigido un cortometraje y buena parte de su carrera se ha desempeñado en el mundo de la publicidad. «Pero, para mí, lo primero ha sido siempre la literatura. Antes carecía de tiempo para dedicarle a un libro de estas características», aclara. Teniendo en cuenta este currículo, y la facilidad con la que los personajes y la historia de Castamar se podrían trasladar a la pequeña pantalla, no es sorprendente que se hable de una posible adaptación de la novela como serie, algo que ahora ni el autor ni Planeta quieren confirmar. «Hay interés, pero de momento no se ha concretado nada».

La gastronomía, un lenguaje social

La cocina en la novela de Múñez es mucho más que un oficio para vestir a su protagonista. Lo culinario revela aspectos de los personajes, tanto individuales como de la clase a la que pertenecen. «La cocina estaba muy relacionada con la sociedad de la época, que estaba muy jerarquizada, era piramidal», aclara el escritor, quien conoce bien la cocina gallega. «Mis abuelos maternos eran de la provincia de Ourense -su abuelo era un afilador que se instaló en Madrid- y el pote que preparaba mi abuela lo tengo grabado en la memoria», recuerda. «El pueblo llano tenía a su alcance gachas y legumbres, pero rara vez carne», describe. La realeza, en cambio, disfrutaba de banquetes donde el derroche era habitual. «Empezaban con un consumado de ave, para luego pasar a más ave, servida en espetos o rellenos. Y más tarde llegaban la caza o los asados, pero apenas probaban un trocito de cada uno», explica. Con todo, a pesar de esa estructura social, la comida era de los escasos puntos de conexión, como las recetas que unos cocinaban, otros servían y otros más comían, algo que vertebraba una casa grande como la que inspira a Casamar. Por no olvidar la asociación que se da entre comida y erotismo y sensualidad, una combinación a la que el novelista saca partido.

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