«En los noventa había un punto naíf que no veo ahora en los grupos: todos quien petarlo ya»

La Habitación Roja vuelve a Galicia con «Memoria» bajo el brazo, un disco hecho desde una madurez que reflexiona sobre el alzhéimer o el romanticismo pop del diferente. Todo ello con un toque sintético que da un nuevo barniz a su sonido

LA HABITACIÓN ROJA EN UNA IMAGEN PROMOCIONAL
LA HABITACIÓN ROJA EN UNA IMAGEN PROMOCIONAL

Redacción / la voz

Llevan ahí desde los años noventa, cuando en la explosión indie nacional hicieron valer su pop de guitarras, melódico e inspirado en bandas como The Smiths oTeenage Fanclub. Ahora son ya unos veteranos de la causa indie que han logrado mantenerse, pescando público de las nuevas generaciones. Su directo no admite dudas. Se podrá comprobar en sus dos caras este fin de semana. En acústico en Ourense (viernes 25, Café Pop Torgal) y en eléctrico en A Coruña (sábado 26, Inn Club). Hablamos con Jorge Martí, guitarra y cantante de La Habitación Roja

 -Recuerdo una intervención suya en redes sociales. En el muro de un crítico musical se criticaba que grupos ingleses de los noventa retornasen cuando «no tenían nada que decir». Usted intervino, reclamando el derecho a tocar con la edad que sea y, con sorna, decía que si los periodistas musicales no se planteaban si no eran demasiado mayores también. ¿Lo recuerda?

 -Sí, claro. Yo es que pienso que existe un excesivo culto a la juventud, donde se te obliga a ser siempre joven y parecerlo, rechazando lo otro. Yo siempre he pensado que si haces lo que te gusta, lo haces bien y lo haces con honestidad, lo puedes hacer para siempre. Parece como que la gente no tenga derecho a tocar a partir de cierta edad. Pero también que la gente que va cumpliendo años no pueda ir ya a conciertos. El mundo ha cambiado mucho en ese sentido. Nosotros vamos a festivales donde la media de edad es de 35-40 años. Yo tengo 46 años y, cuando tenía 18, si salía una noche por ahí y veía a uno de 46 me quedaría flipado. Hoy no es así. En los garitos roqueros ves una mezcla de gente joven y mayor. Hay profesiones en las que sí se pide eso, esa juventud. La de músico es una de ellas. Pero no creo que los Rolling Stones o grupos así toquen solo por dinero. Es lo que haces, lo que has hecho toda tu vida y lo que quieres seguir haciendo.

 -Nadie le dice a un abogado o un cocinero a los 40 años: «Retírate, que ya no tienes nada que decir». ¿Por qué aquí sí? ¿No tiene la sensación que la de músico no se toma como una profesión en serio?

 -Hoy en día el rock es un clásico. No es como en los sesenta, que era música de jóvenes, pero, aún así, existe esa presión. Creo que hay que saber envejecer. Hombre, si tienes problemas de salud te puedes retirar. La vida en la carretera a veces es dura y, si no estás bien físicamente, te mata. Pero volviendo a lo de antes, sí creo es que la edad te puede hacer perder un poco el pulso de la actualidad y la novedad. Sobre todo si eres un artista que gana mucho dinero, que te acabas apoltronándote y viviendo en una especie de cárcel de cristal. Se pueden notar los años ahí, aunque siempre hay gente que tiene ganas de aprender y mejorar. Pero esto afecta también al periodismo musical. A veces ves esa soberbia en ciertos comentarios y piensas que quizá esa gente ya no se emociona tanto con la música como se emocionaba cuando tenía 20 años. Tienen ese punto de estar de vuelta de todo que hace que no te emociones. Creo que eso es algo que se tiene que preservar, tengas 20, 30 o 40 años.

-En el «indie» de los noventa dar conciertos sólidos no era una exigencia tan grande. Muchos de los grupos de esa época, como Los Planetas, tocan muchísimo mejor ahora que entonces. Es decir, que a lo mejor incluso son mejores en versión madura. ¿Qué piensa?

-Que tendemos siempre a vilipendiar el pasado. Ahora se escriben libros revisando ese momento. Hay una especie de bar histórico, donde se mira con retroactividad. Esto me parece muy injusto. Cada momento es producto de unas circunstancias y un tiempo. Hoy en día, es verdad que la gente toca mucho mejor y está más preparada en muchos aspectos. Pero, al final, la música va de emociones y actitud. Creo que eso es difícil de comprar y en los noventa los grupos lo tenían. Entonces existía eso que ya no palpo tanto en los grupos nuevos. Se confunden las prioridades. En los noventa la prioridad era sacar un disco, hacer una gira y tener temas que te gustasen. Había un punto naíf que no veo ahora. Ahora veo a la gente en otro plan: todos quieren petarlo ya. Está todo mucho más profesionalizado y tocan mejor, obviamente. Pero hay un culto al éxito tremendo.

 -¿A qué se refiere?

 -El otro día nuestro técnico de luces me comentaba su caso. Es un tío con pinta molona, culto y sabe tocar un montón de instrumentos. Pero me decía que ya pasaba de la música porque lo había intentado dos veces con otros proyectos fracasando. El tío tiene 22 años. Es decir, ya le ha dicho adiós a la música con esa edad por no haberle salido bien. Yo con 22 empezaba con La Habitación Roja, fíjate la diferencia.

 -Ahora hay referentes muy claros de éxito en el «indie» y los grupos quieren reproducirlos. En mi ciudad, por ejemplo, hay fundaciones que te ayudan a diseñar un plan de negocio a grupos que apenas tienen repertorio.

-Nosotros siempre hemos priorizado las canciones, pero sí que es cierto que a veces vea a gente que empieza con el grupo y tiene camisetas, redes sociales, web, pero no tiene las canciones todavía. Es algo llamativo.

-Esta evolución de La Habitación Roja se nota en esas canciones y sus emociones. Por ejemplo, en su último disco aparece el alzhéimer, algo impensable en los noventa. Los grupos de entonces empezasteis a hablar de divorcios, de niños pequeños y ahora de las enfermedades de nuestros padres. ¿Hay un público que necesita que se hagan temas de esto y no de subidones de veintañero?  

-Uno escribe sobre lo que ve y de lo que le pasa. Hacer canciones como las que hacía cuando tenía 20 años no tiene sentido. No sería honesto. Las canciones tienen esa necesidad vital de expresarte y quitarte cosas de encima. La vida te va llevando por unos vericuetos que dejan poso en tus canciones. Yo he tenido una experiencia muy fuerte con enfermos de alzhéimer en los últimos años que me ha dejado impresionado. Me salió esa canción sin forzar. A veces la gente te pregunta si vas a incluir en el nuevo disco las cosas que te pasan, pero nunca lo sabes. Las canciones bonitas de verdad surgen de una necesidad y se abren camino. La premeditación a mí nunca me ha interesando tanto. Yo sentí esa necesidad.

 -Además han titulado el disco haciendo mención a ello: «Memoria». ¿Por qué?

 -En el documental 20.000 días en la tierra, Nick Cave decía que lo que más le preocupaba era perder la memoria. Salió de ahí, porque la memoria es como el alma. He visto a personas con demencias severas y alzhéimer. Es muy fuerte. He reflexionado mucho a nivel salud, pero también a nivel musical. Al final, somos lo que somos musicalmente por todas las nuevas vivencias. Cuando escribo una canción está toda mi vida ahí: desde los viajes en vespino de madrugada volviendo de un concierto con tus amigos a lo que veo ahora cuidando a enfermos. No puedo cambiar y hacer cosas de chaval de 20 años. Yo respeto mucho a la gente que ahora se dedica a hacer trap, rap o techno. Tienen referentes y background, tiene sentido. En nuestro caso, no. Son décadas ya viviendo una serie de cosas que quedan marcadas en la memoria.      

 -Nunca han dado grandes bandazos sonoros, pero en este último hay un toque sintético significativo. Parece su «disco New Order». ¿Sentían la necesidad de cambiar?

-Creo que hemos experimentado. Aunque muchos de nuestros referentes sean clásicos, como Go-Betweens o Teenage Fanclub, sí que hemos intentado probar cosas en el estudio. Al final tenemos la desgracia o la virtud de que suena a nosotros y que queda todo un poco difuminado en la personalidad de nuestras canciones y letras. En este disco nos metimos en el estudio con Paco Loco y a él le sorprendió mucho la ilusión que teníamos. Nos decía que parecíamos un grupo novel e hicimos un sonido más lo-fi con personalidad. Creo que tiene un sonido bastante único con cosas que hemos probado en ese momento y que nunca van a volver a pasar, porque no están hechas de manera digital. Al final ha salido algo que yo creo que tiene un punto especial.

 -Me hablaba de la memoria aplicada el pop. ¿En «Nuevos románticos» apelan a ella? 

-Esa canción viene de una vieja historia que me contó mi hermano sobre un amigo común. Le dieron una paliza unos ultraderechistas en Valencia por la zona de copas pija, por ir vestido de new romantic, que era la moda de los primeros ochenta. Le pegaron y lo pasearon por ahí con un cartel diciendo: «Soy un moñas y gilipollas». Luego, leyendo la autobiografía de Morrissey, tiene un pasaje en él que dice «nos prohibieron ser románticos». Se sentía diferente y que no había sitio para él. La canción mira al pasado, pero también al presente porque realmente creo que estamos en momento de regresión a actitudes intolerantes.

-¿En qué lo ve?

-Yo lo veo con mis hijas. Ellas quieren ser diferentes pero tienen miedo a expresarlo. Hay una presión muy grande en las redes sociales. Tú puedes poner un tuit mordaz y atrevido y, al despertar, ver cómo te ha cambiado la vida. Esto hace que se pierda el romanticismo porque la gente no se atreve a decir lo que siente y se muerde la lengua. Eso es muy peligroso. Está pasando en el humor, está pasando en la música y seguro que está pasando en el periodismo. Esto parece un Madrid-Barça continuo. Muchas veces me pregunto si con la hiperconexión estamos más alienados que antes, haciéndonos más cobardes. Nosotros hemos perdido un miembro del grupo, que se ha ido. Se ha ido por WhatsApp. Y me parece increíble. Eso no me parece nada romántico.     

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