«Silvio (y los otros)», el mejor vendedor de Italia

Eduardo Galán Blanco

CULTURA

El gran Toni Servillo encarna a Silvio Berlusconi en la última de Sorrentino

05 ene 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Los mejores momentos de Silvio (y los otros) no son las secuencias pseudofellinianas, barrocas y delirantes, montajes frenéticos de asociación, acumulación y exceso, tan marca de la casa Sorrentino y que quieren remedar las muy apropiadas y recordadas composiciones de la Roma decadente que saturaban La gran belleza. Las grandes escenas del retrato de Berlusconi que se nos propone aquí son aquellos actos pausados, contenidos y reflexivos. Dos, al menos, son cuadros maestros que confrontan al todopoderoso cavaliere con su declinar. En el primero, el millonario político intenta comprobar si aún es un hipnotizador de serpientes, si retiene las dotes que le hicieron el gran vendedor, como le apodaban sus socios; así que agarra una guía telefónica y llama a un número al azar, intentando colocarle a una señora el sueño de un apartamento que no existe.

El sueño del dinero fácil, del poder, de ser más listo que los demás, de la corrupción que todo lo doblega, se junta con el otro gran mito de la sociedad italiana actual. Persiguiendo la eterna juventud, Berlusconi se cree un seductor de velinas, depredador de jóvenes gacelas en las sabanas de interminables jolgorios multitudinarios. Pero una de las presas, una sabia chica deseada, le dice a la fiera que su aliento huele como el de un anciano.

Ese tipo de apropiada dramaturgia ayuda a superar un exceso de metraje innecesario, cargado con artefactos de edición virtuosa que ofrecen, hasta el hartazgo (y la anestesia también), fiestas interminables de danzante carne joven en tránsito non stop. Solo la secuencia del gimnasio, muy irónica y a lo Busby Berkeley, se salva de la quema entre tanto virtuosismo gratuito.