Thielemann ofrece un concierto de Año Nuevo más profundo que brillante

La Filarmónica de Viena se abre a la mujer, en tiempos del #MeToo, con más presencia femenina que nunca


Nada está dejado al azar en estos tradicionales conciertos navideños de la filarmónica vienesa, que muy pronto celebrarán su 80º aniversario, procurando en cada inicio del año como un deseo de perdurabilidad que no ha de cumplirse, ese deleite producido por la belleza, el único verdaderamente desinteresado y libre, según Kant. Si en el pasado el conjunto austríaco fue tildado de machista, ahora se permite mostrar, incluso en puestos principales, más rostros femeninos que nunca, llegando a ocupar el 20% de la orquesta, algo insólito en una formación que hasta 1997 funcionaba como uno de esos vetustos clubes ingleses. Y el conservador Christian Thielemann (al que estos días se le han recordado sus devaneos con la ultraderecha germana) ha elegido como parte del programa el Elogio de las mujeres de Johann Strauss hijo. Hasta Viena parece haber llegado el #MeToo. Ya era hora.

Sabido es que esta orquesta solo colabora con gente de fiar, y por eso en la cita del 150.º aniversario de la Ópera Estatal de Viena, uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad como pudo apreciarse además en el soberbio documental que pasaron en el intermedio, han llamado a Thielemann, con el que precisamente comenzaron a trabajar juntos y muy a menudo en el foso del teatro de la Ringstrasse, antes de encontrarse en el Musikverein.

Bregado en los teatros de provincias de su natal Alemania, el ascenso de este director a posiciones principales (como la titularidad de la Orquesta de la Staatskapelle o la dirección musical del Festival de Bayreuth y del de Pascua de Salzburgo) se sustenta en el dominio del repertorio germano, específicamente de la ópera, con Wagner y Strauss como señeros caballos de batalla. Aunque muy apreciadas sean también sus contribuciones sinfónicas, sobre todo como máximo exponente actual del magno corpus bruckneriano.

Con esas credenciales había quienes temían un concierto de trazo grueso, un hämchen en lugar de un schniztel. Pero el austero Thielemann ha sabido encontrar un digno equilibrio entre la levedad de las polcas, donde se mostró como hábil jinete a galope tendido, y esa sutil mezcla de dulzura y melancolía que contienen los valses, que con una batuta atenta pueden fácilmente adquirir la talla de poemas sinfónicos. No en vano el más dotado de los Strauss fue admirado por todos los grandes compositores de su época como genial orquestador, en posesión de una infinita capacidad melódica.

El sobrio y formal maestro berlinés no posee quizá el fraseo, el secreto de la cantabilidad, de un Muti, ni la sugestiva transparencia de Jansons, ni la gracia alada o la elegancia gestual de los recordados Kleiber y Maazel, pero en cambio sus lecturas de las obras más enjundiosas desde un punto de vista musical, como la Música de las esferas (con su inicial guiño wagneriano) o la obertura de El barón gitano, sonaron maravillosamente, con notables efectos dinámicos. Algo que quedó completamente de manifiesto en la suntuosidad de El Danubio azul, expuesto con profusión de matices. Lo que se pierde en elasticidad, exuberancia y fantasía se gana con él en hondura expresiva.

Que nadie se alarme. El próximo año, con el joven letón Andris Nelsons, responsable de la Sinfónica de Boston, seguramente volverán las muecas y los saltos, que siempre resultan mucho más atractivos a las cámaras que el duro mentón prusiano de Thielemann.

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