«Miamor perdido»: que alguien embride a Rovira

Micheller Jenner, lo mejor de lo nuevo de Martínez-Lázaro


Si los dos últimos filmes de Martínez-Lázaro fueron unos muy taquilleros truños -los respectivos apellidos vascos y catalanes-, aquí recupera la senda de la comedia como Dios manda, aunque eso no implique que le haya salido redonda. Lo que en los apellidos era formalmente tosco, aquí se torna más elegante, e incluso se diría que su realización va por delante de un guión descompensado que arranca como un tiro y se desperdicia en un guirigay poco atinado en adelante. Quizá porque aunque entre Michelle Jenner -lo mejor, con diferencia- y Dani Rovira hay buena química, lo cierto es que este último comienza a ser el principal enemigo de sí mismo. La reducción de sus planos a la mitad, habría sentado bien a un asunto que tiene su gracia. Sienta mal al resultado este empacho de Rovira, agravado por la idea de los guionistas de sacarle como monologuista a modo de hilo que va cosiendo las costuras en buena parte de su segunda mitad, justo en donde descarrila hasta despeñarse en pura farsa por grotesca.

Cierto que Martínez-Lázaro se aleja de lo que ya se antoja mal endémico de la comedia española reciente, esa tendencia a rodar cine como si fueran sitcom largas, tanto en la dirección de actores como en la banalidad de los diálogos como en el uso de los planos y la estructura de las escenas. Miamor perdido parece cine, menos mal. Si antes apuntábamos algunos problemas, como una estructura irregular y una sobreexposición de Rovira, sus virtudes radican en un intento de retratar la actualidad sin recurrir al trazo grueso. El miamor del título es el nombre del gato que finalmente se convierte en el quid de la cuestión y que solo entiende valenciano… Secuencias como las iniciales del teatro de vanguardia, o el juego que se traen la pareja sobre si son verdad o interpretan algunas emociones -muy logrado el remate de la montaña rusa-, evitan que la película se salve del lanzallamas. Qué lástima no haber pulido el guión (por momentos juega a Woody Allen) y qué pena no haber embridado mejor al expansivo Rovira, a fin de cuentas un tipo gracioso, sí, pero un actor limitado también.

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