Loquillo se reivindica en el frío de A Coruña

El barcelones revisó su trayectoria durante dos horas y media, en un concierto donde la emotividad de su repertorio y la gelidez del Coliseo echaron un pulso

Loquillo en el Coliseo de A Coruña
Loquillo en el Coliseo de A Coruña

a coruña

Al octavo tema de su concierto coruñés, Salud y rock and roll, Loquillo hace el gesto de colocarse la mano tras la oreja para incitar al público a cantar. No se escucha nada. Él sonríe de medio lado. Pero queda claro que esa parte suya más actual no funciona tan bien como la legendaria de los ochenta. Cuando, poco después, emerge la guitarra de El rompeolas se genera una ovación. La primera gran ovación de la noche. Los que están sentados con sus abrigos se levantan. Sin quitárselos, eso sí. Cantan el tema, ralentizado y tuneado con lap-steal guitar de arranque y con rugientes guitarras a lo T. Rex obra del carismático guitarrista Igor Paskual cuando se acerca el estribillo. Al término, se escucha por primera vez en la noche “¡Loco, loco, loco!”. Y queda claro a lo que va el personal.  

La noche iba de nostalgia para el público y de autohomenaje para el artista en su 40º aniversario. Pero el frío del Coliseo de A Coruña, que no llegó a las 4.000 personas de público, impidió que allí se generase el fuego real de la gran fiesta deseada. El hormigón atenazaba los corazones. La música les acercaba lumbre y, a veces, conseguía su propósito. Pero costaba. Arrancó el bolo un Rock and Roll Actitud sin el mordiente de otras veces, pero con chorreo de imágenes del cantante proyectándose sobre su cabeza. Todo un ego trip para reinvindicarse como figura clásica y básica del rock español. Primero con su idea del rock como instinto maleable a los vaivenes del mundo. Después, como chico de la calle que se sale adelante El hijo de nadie. Y, más adelante, como el hombre que no se casa con nadie de A tono bravo. Vamos, un aquí estoy yo en toda regla. 

Quedaba claro que Loquillo había diseñado un concierto para retratarse a sí mismo a través de sus canciones. Con esa banda, que él mismo define como la mejor del país y semeja su particular E. Street Band, el repertorio sonaba fluido. Poco a poco, tomaba cuerpo. En Cruzando el paraíso apareció Johnny Hallyday en el recuerdo. Al lado de Loquillo, la cantante Nat Simons. En Memoria de jóvenes airados, surgió una mirada al mundo del baloncesto, incluyendo emotivas imágenes del Loco con la vieja guardia del Barcelona de Epi, Solozábal y compañía. Y en Brillar y brillar, una acertada versión tabernaria del grupo con contrabajo, acordeón, vaivén interpretativo y aroma a whisky. Pena de frío.     

LOQUILLO DURANTE SU CONCIERTO EN A CORUÑA
LOQUILLO DURANTE SU CONCIERTO EN A CORUÑA

Pero, lo dicho: la mayoría del público venía a lo que venía. Únicamente esos viajes sentimentales al pasado, lograban deshacer el gélido ambiente de un Coliseo, donde la gente en la grada no se apeaba el plumífero. El siguiente “¡Loco, Loco, Loco!” de la noche se lo llevó la eterna El ritmo del garaje, poco antes de detener el concierto rumbo a una segunda parte, con cambio de vestimenta y todo. En ese tramo, desfilaron muchos emblemas cortados todos por el sentir rock que comanda la gira. Desde El hombre de negro de Johnny Cash a la revisión del tema de los Nu Niles de El crujir de tus rodillas, pasando por el homenaje a Lone Star con MI calle. También hubo menciones a los viejos tiempos gallegos del Loco, recordando los días de mili en Ferrol, en los que Clángor y Playa Club se convirtieron en sus refugios.

Sin embargo, los karaokes y los corazones apretados llegaban con lo que llegaban. Quiero un camión. Esto no es Hawai. Y -¡uau!- Rock and Roll Star, donde Loquillo dejaba cantar al público y, con cigarro en mano, lo miraba orgulloso, como quien reflexionaba sobre lo que había logrado. Parecía un padre  viendo como sus hijos ya se sabían valer por sí mismos.O algo así. Mención especial se merece lo afilada y fiera que sonó esa La mataré que hoy figura en listas negras y que sobre el escenario emergió poderosa y cortante. Todo para, previa parada en Feo, fuerte y formal, terminar a lomos de Cadillac soliario. Imperturbable fantasía roquera juvenil de quien se fabricó un universo musical y estético que tantos y tantos y años después sigue fascinando. Es más, ha derivado en algo todavía más grande. Casi épico. 

Con ese sabor en los labios, ahí en ese mismo momento, resultaba difícil quejarse. Dos horas y media largas después del arranque, Loquillo había llevado a la audiencia al clímax, mirando desde el escenario a la luz verde a la que apeló en la presentación del tema. Pero ello no quita la sensación tibia que surcó el bolo durante algunos momentos . Lástima que el Coliseo no estuviese más lleno. El público, un poco más apretado. El calor, más elevado. Y que todo eso llegase al escenario. Hubiera sido otra cosa. Mucho mejor, nos tememos.

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