El paisaje que dejó huella en Picasso

Cecilia Orueta fotografía los escenarios españoles que marcaron la vida y la obra del pintor, reunidos en un libro con textos de Llamazares, Rivas y Mendoza, entre otros


redacción / la voz

En febrero del 2015 se inauguraron en A Coruña dos exposiciones que compartían como argumento principal la presencia de Picasso en la ciudad, donde vivió entre el otoño de 1891 y la primavera de 1895. En el Museo de Belas Artes, El primer Picasso ponía el foco sobre las obras de aquel artista embrionario. Y, en la casa que lleva su nombre, Las tempestades de la adolescencia, una colección de fotografías de Cecilia Orueta (Madrid, 1963), exploraba la huella que habían dejado en aquel joven los escenarios herculinos. A su modo, aquella muestra también marcaba un inicio.

Aquellas imágenes forman ahora parte de un proyecto más amplio, el libro Los paisajes españoles de Picasso (Nórdica), ya que la autora ha sumado también los de Málaga, Madrid, Horta de San Juan, Barcelona y Gósol. Un trabajo de tres años que arrancó con el descubrimiento por parte de Orueta de la etapa coruñesa de Picasso, «la más desconocida por parte de sus admiradores y por el público en general», según escribe en el prólogo del libro. La autora, restauradora de arte y fotógrafa, advirtió la contradicción entre las escasas referencias a la influencia del paisaje urbano coruñés en Picasso, «pese a haber sido determinante en su vocación de pintor».

Carácter y pincelada

Aquellas primeras visitas coruñesas de Orueta germinarían en un «proyecto más ambicioso» sobre Picasso, el de «rastrear la huella de esos paisajes en su iconografía, en su carácter y hasta en su pincelada». La etapa coruñesa se refleja en retratos de la torre de Hércules, el Atlántico, en paisanos que remiten a los que Picasso pintó o a lugares que frecuentó, como el instituto Da Guarda, pero también la portada del volumen, que atrapa la sombra de una paloma, símbolo ligado a su obra, contra un muro de sillares.

Cada capítulo evoca un período de especial importancia en la vida de Picasso. Málaga, el sol de la infancia reúne imágenes de su pila bautismal junto a otras de los centros educativos donde empezó su escolarización, además de reflejar el ambiente tradicional y taurino de la ciudad. Madrid, la bohemia, se centra en los vagabundeos que el artista dio por la capital, donde no acabó de encontrar su sitio y de donde se marchó, enfermo, para instalarse en el pueblo de Horta de San Juan, en Tarragona. De aquí el libro pasa a Barcelona, que aporta nombres muy vinculados a Picasso, como el restaurante Els Quatre Gats. Gósol, el sueño de los Pirineos cierra el libro con un acercamiento a Cal Tampanada, la fonda donde el pintor y Fernande Olivier se instalaron en 1906.

Cada uno de estos seis capítulos se complementa con otros tantos textos centrados en el período correspondiente. Rafael Inglada se ocupa de Málaga, el «paraíso perdido» de la infancia del pintor. Manuel Rivas se centra en A Coruña, la «ciudad anfibia» que marcaría al Picasso adolescente: «Se levantó el viento en La Coruña y ya nunca descansará», escribió el pintor. El Atlántico, la tradición obrera -y femenina: pescaderas, lavanderas, cigarreras, aguadoras...- y republicana, así como la torre de Hércules, pero, especialmente, el fallecimiento de su hermana pequeña Conchita, víctima de la difteria y enterrada en una fosa común en el cementerio de San Amaro.

Por su parte, Julio Llamazares recrea ese Madrid de cafés bohemios y prostíbulos, donde Picasso acudía al Círculo de Bellas Artes y al Museo del Prado para pintar y ver a los copistas trabajando. De allí, enfermo de escarlatina, recaló en Horta, período sobre el que escribe Eduard Vallès, igual que Eduardo Mendoza le sigue el rastro por la Barcelona de comienzos del siglo XX. Por último, Jèssica Jaques describe el Gósol en el que Picasso se «metamorfoseó». Una más de las transformaciones de un artista de mil caras, cuyo diálogo con sus paisajes ha retratado Cecilia Orueta.

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