Santiago Muñoz Machado gana el Premio Nacional de Historia

«Hablamos la misma lengua. Historia política del español en América» (Crítica) se titula el ensayo galardonado


madrid / colpisa

El papel de la lengua española en la construcción de América ha sido crucial. Y por estudiarlo, analizarlo y calibrar como «la lengua del dominador se convirtió en la de los libertadores, la de los nuevos estados independientes», ha recibido el académico, historiador, jurista y catedrático Santiago Muñoz Machado el Premio Nacional de Historia.

Hablamos la misma lengua. Historia política del español en América (Crítica) se titula el ensayo y que refiere ese largo proceso en los tres siglos transcurridos desde la llegada de Colón hasta que el idioma se implantó como la lengua común de los pueblos americanos. Dotado con 20.000 euros, el galardón lo falla cada año el Ministerio de Cultura y Deporte para premiar la mejor obra en el ámbito de historia.

«Es una exposición detenida y sistemática de cómo se implantó y expandió el español en América», resume su autor. «Parte del choque que supuso la llegada de Colón, de cómo no se entendían con los indios, y de qué se hace para que desde esa dificultad de comunicación el español se convirtiera en el idioma general de América», indica Muñoz Machado sobre «el largo proceso que llevó a que el castellano desplazara a las lenguas indias».

Falta de medios adecuados

Explica cómo «la falta de medios adecuados o la interferencia de otros intereses» determinaron que «no se alcanzaran nunca resultados significativos en la política de la Corona de enseñar el castellano a los nativos». También cómo la posición de los misioneros «fue fundamental» porque «prefirieron aprender ellos las lenguas amerindias y utilizarlas como vehículo para la evangelización, considerada la misión prioritaria de España en América». «La lengua no se impuso, se implantó sin el empeño especial de la monarquía española en que fuera así y sin coacciones», precisa. «Durante la larga colonización se respetaron los idiomas locales y los misioneros aprendieron las lenguas aborígenes, de modo que fue un proceso lento y largo de más de tres siglos», argumenta.

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